Rarezas



Imperativo




Llévame hasta tus brazos
árdeme como hoguera bajo el sol
la leña de mis labios con los tuyos
los árboles del bosque
mis parcelas de amor.

Quiéreme
como si fueras un desnudo río
 un torrente de cántaros quebrándose en mis huesos
toda la lluvia, toda, entre los ojos.

Ven como un vendaval
como el cierzo que cruza por el páramo
y derriba refugios, quiebra ramas 
y deja extenuadas las riberas.

Bésame
con el sol que taladra mis sentidos
el sol de mediodía por la noche
el sol de los crepúsculos abierto
sobre el sol de tus manos.

Ámame
en las oscuras nieblas de mis fuegos.

Negra ciudad



  
Vengo de la ciudad y me he perdido 
por la autopista de los desarraigos, 
el alma incinerada, el sentimiento 
ennegrecido por hollines varios. 
Pequeño el corazón grande la pena 
con un puntal fallido en mis andamios 
y en lesa oscuridad otro mar negro 
que ha venido a llevarse todo el ánimo. 

Aunque se hayan parado los semáforos 
y nos frenen lacónicos discursos
en las ciudades de imposible tráfago 
alguno queda aún como nosotros 
capaces de entender que entre los álamos 
se oculta el roble azul de la esperanza. 

Aquí estoy yo ¿me ves? 
Toma mi mano.




No le des tantas vueltas.





Si pudiera escribirme en diagonal 
-sólo a mí se me ocurren estas cosas- 
lograría escribir ese poema 
que llevo tantos años esperando. 

Si pudiera escribir saltando esquinas 
entre los recovecos de mi alma 
y esquivar los jirones de recuerdos 
tal vez fuera capaz de reescribirme 
sin decirme a diario cuatro veces: 

No le des tantas vueltas Isabel
quizás lo de tu muerte tenga arreglo 
lo de tu vida nunca.




Fuga y contrafuga.




Sólo te dije "ven"
e interrumpió la lluvia el aguacero
después de haber compuesto sinfonías
en sol bemol mayor para dos bocas.

El mundo se detuvo
al eco de la fuga y contrafuga
-contrapunto de solos una tarde
en que el silencio se vistió de música-.

Hoy ha vuelto a llover
y sé que volverás a por los mapas
que a ritmo de crepúsculo
enterré con cuidado entre mis médanos.

El laberinto de la palabra



Qué fugaz es mi voz, cómo vacía 
lo que los dedos juntan y no existe 
más que un breve retazo y un resquicio 
de emoción y un enigma que se vuelve 
de nuevo hacia sí mismo.

No me siento capaz de conocer 
qué esconde mi palabra aunque se vuelque 
en múltiples disfraces, se despoje 
del deseo solar y los recuerdos 
en un jarro de humo se me viertan 
rompiéndose en mis manos. 

Voy escanciando versos 
respirando emociones y palabras 
por componerme, sí, por encontrarme,
sin tener que esculpir con tinta china
y tanta eternidad en la mirada 
el brocal del ocaso que se esfuma. 

Por eso vengo y voy por mis silencios 
con mis propias luciérnagas y sombras
cincelando poemas en el aire.


Paisaje astur






Bajo la caravana de las nubes
tensaba el mar su lámina dorada.
La tierra era un edén, desde la cumbre
pintaba el sol el lienzo de Caravia
con tonos de manzana, sepias, rosas,
muros radiantes en la Colegiata.
Cuánta calma sentí aquella tarde
cerca del mar y en nuestros ojos, cuánta
alegría siguiendo acantilados
y caminos cercados por las zarzas.
Pozos de sombra en los maizales, ruinas
mordidas por la sal, la llamarada
en los Picos de Europa de la nieve.
Tenía Llanes de palmera el alma.
Luego cuando la tarde iba pasando
por cada valle, las gaviotas altas
azotaban la espuma por los diques,
sonaban las argollas de las barcas.
Admirando el paisaje nos quedamos
solos con las campánulas moradas.


Otoñecida


No me quieras querer a puñetazos
sino de forma plácida y serena,
yo soy el eslabón de la cadena
que te impide andar a batacazos.

Recoge de la mar esos pedazos
que hay de mí esparcidos por la arena
y resuélveme el puzzle que gangrena
la pasión de vivir a fogonazos.

Si de luz eres tú, yo soy de sombras
incapaz de querer de tanta herida
como dejó el amor sobre mi piel.

Mas si salvajemente tú me nombras
soy capaz de elevarme, otoñecida,
como una flor de carne en el papel.

_________________

Ardicia


Te sueño con el tiempo repartido
entre la sed y el hambre de la ardicia.
Soy amateur, me falta la pericia
para ganarle al miedo y al olvido.

Acércame  tu cuerpo de bandido
con algún simulacro de caricia;
quiero sentir que el corazón inicia
el más duro combate sostenido.

Prepara mi llegada
con la fiebre dispuesta para el goce
en los pliegues salinos de mi pozo.

Contágiame tu gozo,
porque fingiendo, nadie es más amada
que yo, la Cenicienta, al dar las doce.

Ante los periódicos




Oigo cláxones lejos.
En el parque cercano se oyen pájaros
y  la mañana, mientras, se abre lenta.
Encima de mi mesa los periódicos.
Cada día la duda se hace fuerte
y me pregunta  ¿es esto siempre así?

Busco un poco de calma en las noticias,
en éste mapamundi de los miedos
de la sorpresa fácil y el anuncio
y la desolación se instala en mis arterias.

Si algún día, temprano, a Dios le llegan
inesperadamente los diarios
¿le alcanzará mi duda?

Recién llegada y niña la mañana
sólo estreno conflictos, hambre y guerras
¿Podrá llegarse Dios hasta mi incertidumbre
construirme hoy un día de esperanzas
o sonreír quizás con mis preguntas
al abrir las ventanas del diario?

Estoy sola. Confieso que estoy sola,
Hace un minuto he desayunado y he oído
bajar por la escalera a mi vecino.
Es un tipo moreno
y sus pasos son música que rompen
éste vacío íntimo que llevo. 

Y estoy triste y pienso
y dudo mucho, os juro que lo hago,
junto a los tres periódicos distintos.

Yo sé perfectamente que esta tarde
u otro jueves cualquiera
las tevés y las radios tensarán
el tímido y doliente anochecer
con esta duda en vilo que me muerde.

Las noticias, mi pena, los quioscos,
¿no estremecen a Dios?
¿Tal vez no cruzan
como buques siniestros su mirada?

Se oyen cláxones lejos. Sigo triste
y sin calma, sin pájaros, sin árboles.
Me vuelve la pregunta : ¿ existe la esperanza?

Si no contestas, Dios, es que no existes.


La mirada de Valentín Martín


A mí me parece una bomba de relojería este poema escrito desde la soledad mesurada de un ser humano. Dios y la muerte. O Dios y la vida miserable de tantos de nosotros. No ha habido nadie, ni lo habrá, que no se pregunte por esta incongruencia con vocación de eternidad.

Los jesuitas belgas que dominaban la literatura de los sesenta decían que Dios hablará esta noche, aplazando así siempre su responsabilidad ante el crujir de dientes de un mundo que ya empezaba a desmoronarse. Yo creo que mentían, porque muchos nos hemos pasado media vida esperándole y la otra media en paz con nosotros mismos, cumplida ya la decepción de su eterna ausencia.
Hay catequistas que siguen adorándole y hay viejos decrépitos que hemos aprendido a vivir sin él, aunque la invocación de tu excelente poema nos lo resucite de nuevo.
Isabel: has escrito algo más que un poema, mientras te tomabas el café de la mañana y empezabas a digerir el destino de un día desolado como tantos otros. Dentro de la composición poética –de factura impecable- hay un grito tan humano como necesario. Es el grito de los otros indignados, los que pedimos cuentas, los que no nos conformamos con que Dios cene siempre a la mesa del señor, los que no queremos seguir abrasados por una leyenda, los últimos de la clase, los primeros en el hambre, los heridos por el labio crudo de la estafa.
Verás que así hago mío el poema, que te leo desde dentro y no es un sueño sino la heridora lucidez que nos hermana.
Tres días de ejercicios espirituales no me habrían hecho tanto bien como tú desde el galope de tus versos. Gracias.


La maldición de los bisiestos II



Me pesa el corazón igual que un ancla
me arrastra y me sujeta hacia a lo oscuro
me sangran los oídos  y mis ojos
no tienen la humedad que  necesitan.

Y me pueden las ganas de esconderme
de ese miedo cobarde de escuchar
 palabras que no quiero y que se clavan
como golpes de ortiga por mi pecho.

Me pregunto por qué tanto dolor
si liberé a los cuervos de tus oscuridades
si al río de tu vida lo estuché con mi carne
y te llené los ojos de allegros luminosos…

Y yo que siempre he estado acariciando heridas
restañando palabras
¿por qué no puedo ahora hacerlo con las tuyas
y a la calma llevarte?

Tu calma que alcanzara entre mis brazos
habitación y hondura
de nuevo otro bisiesto la ha deshecho en añicos.

Indago inútilmente en mis mares más íntimos
pobre buzo de mí
y un  grito clama al cielo de mi luna podrida
nuevamente en enero.

Pregunta en la tarde




He dejado mi casa con los libros abiertos
y he salido a la tarde dibujada de azules
a admirar el Cantábrico.

Estoy tan distraída con cada cormorán
-el cielo malva y rosa por la luz del poniente-,
que el verso se resbala por los labios del alma.

Ya no digo palabras,
pero sé que la tarde es hermosa y es mía.
Ya sé que el mar se peina los lomos de entusiasmo
y  que también se hace poesía
con mirar el paisaje.

En tardes como está se sabe la importancia
de tener en las olas un rosario de sendas,
unos versos de yodo mezclados con las algas
y el soportar la espera en el astro más íntimo.

Desteñidas canciones
de remos y de brea me ponen tensa el alma
como un arco de júbilo
y mi verso nervioso empina arboladuras


¿Sentirán las arenas las huellas de mis pies?



Exorcismo







El tiempo entre mis manos se desgasta
y mi voz en silencio es como el río
que desdibuja el cuarzo y la palabra.

He perdido mi cosmos y estoy muerta,
no laten mis arterias en su mantra.

Es un profundo enigma
la presencia que me indica el alba
- misterio inescrutable-
en la selva de lluvia de mis lágrimas.


Trepa su nombre entero por la hiedra.
En mi mundo interior jamás escampa.

Tendré que exorcizarme a la intemperie,
reinventarme de nuevo un calendario
donde quepan los pájaros sin alas
y transformar la greda de mis manos
en desmemoria clara,
el árbol de mis dedos en instante
que abandone recuerdos y me nazca
serena
incontenible
sin nostalgia.

Dolor de luna rota




Llueve sobre mi voz rumor de llanto 
y es el llanto la llama, que silente, 
transforma con su látigo candente
la lluvia de una lágrima en quebranto. 


Llora sobre el amor un frío canto 
que corona de témpanos mi frente;
mi voz es el silencio que va hiriente
por la oscura salina del espanto. 


Se desnortan las sílabas y brota
un íntimo aguacero sin sonido
y en mi rostro un dolor de luna rota. 

Mis ojos son lagunas, hielo ardido

amor que se desangra gota a gota 
en la garganta negra del olvido. 


El cristal de mis ojos



El cristal de mis ojos está herido
por algún viento arcano
y mis frágiles dedos, rama verde,
son árboles en susto.

Mis vacilantes pies, primera greda,
apenas pueden sostener los sueños.

Pequeñez de mujer y bordeándome
riberas imposibles a este ansia
de edificarme sola
desde el umbral de mi desasosiego.

Sed ya no sé de qué milagro último
que me alivie el dolor.
Inalcanzable límite de mí
etéreo e imposible que me obliga
a tensar la mirada -vidrio y miedo-
y el árbol de mis dedos arraigarlo
en tímido ademán, y con las huellas
de mis pasos, tatuarme de mi sangre
todo mi ser sufriente.

Para ser uno mismo




Para ser uno mismo hay que mirar despacio
la extrañeza que causan los radios del futuro
labrarse un nuevo mantra exento de cianuro
y recibir la vida con lúdico prefacio.

Poner el alma al sol que respire el espacio
más allá de las zonas de eterno claroscuro
donde el pasado deja su rastro de siluro
y cerrar con amnesia su triste cartapacio.

Con sed de infinitud reiniciar el sendero
descalzo y peregrino con la mochila al hombro
y el álbum puesto al día de la supervivencia.

Arroparse los párpados en este mes austero
y caminar con calma más allá del asombro
sin hacer del pretérito constante penitencia.


Luces y sombras




Pude romper el alba, anochecida,
arropando los fríos de tu pecho.
Pude abrir el zaguán de tu barbecho
y hacer mía la sangre de tu herida.

Pude marcarle el rumbo a la deriva
de la deprivación siempre al acecho.
Fue muy larga la noche y muy estrecho
el tránsito del aire por tu vida.

Tú que de mi bogar remero fuiste
a mi franca amistad acogedora
abriste el corazón. Y te rendiste.

Y aunque nos conocimos a deshora
de mi hálito en tu ser amaneciste
y tu voz le dio luz a mi dolora.



Sin respuesta






¿Recordarás tal vez mi poesía
cuando el tiempo de tregua al fin termine
y este ser que la crea y la define
navegue entre el vinagre y la agonía?

¿Hallarás el envés del mediodía
en las oscuridades del camino
cuando el Alma con cántico asesino
esté vagando en búsqueda del día?

Hay veces que mi verso se convierte
en anodina voz que nada espera
más que llegue la hora de su muerte.

Etérea y de cristal mi sementera
se agostará conmigo. Voy inerte
hacia otra dimensión y otra quimera.

Aria saturnal (sextetos lira)




Cuando estás junto a mí
me aprietas la cintura
en medio de un océano imposible.
La mística sufí
se olvida en la aventura
de tu salinidad incontenible.

Porque soy la raíz
de un árbol cuyo fruto
necesita tu boca y te da agua
al mínimo desliz
-tú siempre tan astuto-
produces la erupción del Tungurahua.

Provocas en mi sexo
el fosfeno y la noche
y ese dulce apagón de la conciencia
que se clava en mi plexo
en vuelo de alimoche
con música y enorme virulencia.

Un extraño lenguaje
palpita en nuestras bocas
y en las brumas calientes de mi tacto.
Escudriño salvaje
tu cuerpo cuando invocas
parar el tiempo en el momento exacto.


Y te preguntas cuándo
me cortaré las venas
de las seis de la tarde y sin caricias
para llegar volando
al toque de mis quenas
y gozar del jardín de las delicias.

Y es que eres igual
que una orquesta sonámbula
dulce loco que toca concentrado
un aria saturnal
que reta a mi noctámbula
al insomnio pegada a tu costado.

Seguidillas



En mi pecho se ocultan
constelaciones
y el arpa que quisieras
fuera a tu acorde.
Soy arrecife
de corales que juegan
al escondite.

Voy calando en tus venas
desconocidas
sembrándole palabras
a tu rutina
mientras mi instinto
caballo desbocado
finge que finjo.

No me duele la vida
si el desconcierto
que nutre tus raíces
exuda miedo.
Dejo mi rastro
para alumbrar tus ansias
como regalo.

De antigüedad de lunas
vengo llegando
y penetran mis brasas
hasta tu cuarto.
Soy inquietante
sólo estela de humo
inalcanzable.

Si las penas desbordan
hoy tus bolsillos
agárrate muy fuerte
ven a mi asilo.
Soy una xana
que aunque vive en incendio
es pura calma.

La Xana es uno de los personajes más conocidos de la mitología asturiana y leonesa.

Feed back

Tú le das a mi verso la frescura
si me convierto en tierra de secano,
vaso comunicante que aun lejano
cede  la lluvia que mis males cura.

Tu fuego pirotécnico de altura
estalla en mis adentros, y en tu mano
un ardor decisivo y cotidiano
reconstruye mi anárquica estructura.

No mires hacia el sur, hazlo a mi norte
porque te guíen sus constelaciones
y así poder atravesar las sombras.

Si adviertes compañero mi desnorte
no me dejes llorar por los rincones.
Sólo existo en la luz si tú me nombras.




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