Rarezas



Escuchar el silencio



Escuchar el silencio solo espero
desde el espacio tenue en el que miro
el paisaje inquietante en el que expiro
y que tiene mi grito prisionero.

Habito en la tiniebla en la que muero
y es tan negro el abismo en el que giro
que más lo siento cuanto más respiro
y más respiro cuanto más lo quiero.

Transparente quietud que siempre muda
se siente. No susurra ni delira
el misterio infernal donde se halla

tan escondida su verdad desnuda,
que más se calla cuanto más suspira
y más suspira cuanto más se calla. 

Versoadicta

El poema no escrito es una herida
infligida en el alma, cuando muda,
siente el dogal que su garganta anuda
y asfixia la palabra no nacida.

Muere en el aire la emoción perdida
-imán para el dolor, no cabe duda-,
mas si el verso se libra y nos escuda
llevará nuestra voz a la salida.

Pasión jamás saciada en el exceso
que hasta otro universo nos conduce
si captamos su música suprema.

La ebriedad de su fuego nos seduce
y yo que versoadicta me confieso
fumo del opio implícito al poema.

Ejerciendo el oficio de sanar



Triste eclipse de luz, umbra inclemente,
hoguera ardida que al relente abrasas,
nocturno en Mi que ante mis ojos pasas
con tu verso alunado, suavemente.

El otoño en mi vida de repente
te renombra ciprés y me traspasas
la íntima tristeza con que arrasas
el hueco que en mi ser no da simiente.

Pronto tu nombre pedirá clemencia
pues la orfandad nacida de tu pecho
no encuentra cauce para tanta ausencia.

Apelmazada sombra, aún hay trecho
para gozar del don de la existencia:
voy a sanar tu corazón maltrecho.

Traedme




No me traigáis baúles ni los barcos
del puerto del Pireo ni tampoco
los bosques de Bolonia y acercadme
como un mundo dorado el universo.

Traedme el mar, un pliego de arboledas
y sostened mis manos cuando llueve
en el fondo del alma, y la memoria
no consigue evadirse de sus anclas.

Sostened en las manos el milagro
donde se mira el sol y decidiros
a prender candelabros en mis ojos.

No me habléis de pasiones si olvidé
el color de la luz. Y perdonad
si no doy tanto amor como recibo.

Re-nacer




Esta vez no me arrasa la tristeza
ni muero poco a poco en cada mata.
Soy la ternura que la mar desata
y una mujer de luz, pura entereza.

Cómo admiro la vida cuando empieza
irrumpiendo en sublime catarata,
lo duro que hay en mí se desbarata
y el alma de alegría se enjaeza.

Otoño está en mi boca y de repente
encuentro lo que tengo merecido
al ver el despertar de mi simiente.

Soy el tronco de un árbol encendido
por la antorcha que lleva mi apellido
y tú la claridad de mi poniente.

Arrebato


Soy la salinidad de la marea
que mueve lo profundo de tu acento,
el feedback necesario, el alimento
que a tu ser, cuando ausente, zarandea.

Mi boca, que a tu lado canturrea,
escribe por impulso de tu aliento;
si a tu lado me hierve el pensamiento
el otoño entre ambos azulea.

Acércame tu mano
no me dejes caer en las rutinas
porque sin ti seré paja sin grano

Porque tú me iluminas
acabo este poema y me revivo.
Ya estás. Ya soy. Te siento. Escribes. Vivo.

Supongo que de mí no quede nada


Supongo que de mí no quede nada
más que alguna ceniza, acaso el viento,
y un inventario de resentimiento
de antiguo vendaval y agua pasada.

La memoria, quizás descabalada,
se recubra de azules un momento
y recuerde tenaz el movimiento
de una mujer que siempre estuvo atada.

Hoy por hoy, sobrevivo sin careta
en un mundo que rompe el entramado
quimérico, irreal, desvanecido.

¿Perdurarán mis huellas de poeta
en la sangre del verbo derramado?
Entera me jugué. Y me he perdido.

Flor de arcilla





He dejado mis surcos abonados
con el fuego interior de mi linaje.
He sabido forjar el andamiaje
de los prodigios que me fueron dados.

Y aunque vientos quemantes y salados
pusieran boca abajo mi paisaje,
con mi pasión, mi fuerza y mi coraje
de mis adentros fueron expulsados.

Sentada en la maleza de las horas
soy caricia en la piel de tus quimeras
y la rama de un árbol prohibido.

He de romper las sombras que atesoras
y sofocar tus voces lastimeras
pues seré soledad… mas nunca olvido.

Abrázame

Préstame el viejo candil de los desvanes solitarios para poder subir la escalera de caracol que lleva a la azotea. Deseo contemplar la flor del agua antes de que llegue la noche de San Juan. Quiero ver despacio el mar y verme a mí misma temblando de emoción.

Abrázame cuando deje la luz tras de mi espalda y el universo se me escape de las manos. Qué es el abrazo, dime, sino un poco de miedo. Palpa cada uno de mis huesos y así podrás reconocerme en otra vida.

Permíteme que te pronuncie y sienta que está toda la tierra venteando.

Nombrarte es como cuando acaban de llover en la selva  tormentas de aguaceros.


No dejes que se quiebre ese misterio.

Tiempo onírico





te sueña el tiempo muerte
parques junta con niños y palomas
y  colores que opacan mis cristales.

Te sueña el agua besos
como escamas de peces inasibles

te sueña el aire aurora

sueña el tiempo tu impávida figura
clavándome los garfios de tu nombre
en las lunas menguantes de mis ojos
frente al cuarzo imposible de tu mente
tan rodeada siempre de tristeza

si acaso yo pudiera
descortezar tu ser de la ceniza
indescifrable y clara como un luto
tal vez oyeras
esta voz de mujer de yedra antigua
incapaz de encontrar algún camino
que te lleve al brocal de la alegría
despojándote
de la gris soledad en que te envuelves

hoy subo a la atalaya en que confluyen
sufrimiento y presagio
y mis manos no pueden
rescatar a  tus ojos del silencio
ni romper la negrura que te cubre

solamente los sueños
me salvan cada día

saciándome la sed de reencontrarte.

Imperativo




Llévame hasta tus brazos
árdeme como hoguera bajo el sol
la leña de mis labios con los tuyos
los árboles del bosque
mis parcelas de amor.

Quiéreme
como si fueras un desnudo río
 un torrente de cántaros quebrándose en mis huesos
toda la lluvia, toda, entre los ojos.

Ven como un vendaval
como el cierzo que cruza por el páramo
y derriba refugios, quiebra ramas 
y deja extenuadas las riberas.

Bésame
con el sol que taladra mis sentidos
el sol de mediodía por la noche
el sol de los crepúsculos abierto
sobre el sol de tus manos.

Ámame
en las oscuras nieblas de mis fuegos.

Negra ciudad



  
Vengo de la ciudad y me he perdido 
por la autopista de los desarraigos, 
el alma incinerada, el sentimiento 
ennegrecido por hollines varios. 
Pequeño el corazón grande la pena 
con un puntal fallido en mis andamios 
y en lesa oscuridad otro mar negro 
que ha venido a llevarse todo el ánimo. 

Aunque se hayan parado los semáforos 
y nos frenen lacónicos discursos
en las ciudades de imposible tráfago 
alguno queda aún como nosotros 
capaces de entender que entre los álamos 
se oculta el roble azul de la esperanza. 

Aquí estoy yo ¿me ves? 
Toma mi mano.




No le des tantas vueltas.





Si pudiera escribirme en diagonal 
-sólo a mí se me ocurren estas cosas- 
lograría escribir ese poema 
que llevo tantos años esperando. 

Si pudiera escribir saltando esquinas 
entre los recovecos de mi alma 
y esquivar los jirones de recuerdos 
tal vez fuera capaz de reescribirme 
sin decirme a diario cuatro veces: 

No le des tantas vueltas Isabel
quizás lo de tu muerte tenga arreglo 
lo de tu vida nunca.




Fuga y contrafuga.




Sólo te dije "ven"
e interrumpió la lluvia el aguacero
después de haber compuesto sinfonías
en sol bemol mayor para dos bocas.

El mundo se detuvo
al eco de la fuga y contrafuga
-contrapunto de solos una tarde
en que el silencio se vistió de música-.

Hoy ha vuelto a llover
y sé que volverás a por los mapas
que a ritmo de crepúsculo
enterré con cuidado entre mis médanos.

El laberinto de la palabra



Qué fugaz es mi voz, cómo vacía 
lo que los dedos juntan y no existe 
más que un breve retazo y un resquicio 
de emoción y un enigma que se vuelve 
de nuevo hacia sí mismo.

No me siento capaz de conocer 
qué esconde mi palabra aunque se vuelque 
en múltiples disfraces, se despoje 
del deseo solar y los recuerdos 
en un jarro de humo se me viertan 
rompiéndose en mis manos. 

Voy escanciando versos 
respirando emociones y palabras 
por componerme, sí, por encontrarme,
sin tener que esculpir con tinta china
y tanta eternidad en la mirada 
el brocal del ocaso que se esfuma. 

Por eso vengo y voy por mis silencios 
con mis propias luciérnagas y sombras
cincelando poemas en el aire.


Paisaje astur






Bajo la caravana de las nubes
tensaba el mar su lámina dorada.
La tierra era un edén, desde la cumbre
pintaba el sol el lienzo de Caravia
con tonos de manzana, sepias, rosas,
muros radiantes en la Colegiata.
Cuánta calma sentí aquella tarde
cerca del mar y en nuestros ojos, cuánta
alegría siguiendo acantilados
y caminos cercados por las zarzas.
Pozos de sombra en los maizales, ruinas
mordidas por la sal, la llamarada
en los Picos de Europa de la nieve.
Tenía Llanes de palmera el alma.
Luego cuando la tarde iba pasando
por cada valle, las gaviotas altas
azotaban la espuma por los diques,
sonaban las argollas de las barcas.
Admirando el paisaje nos quedamos
solos con las campánulas moradas.


Otoñecida


No me quieras querer a puñetazos
sino de forma plácida y serena,
yo soy el eslabón de la cadena
que te impide andar a batacazos.

Recoge de la mar esos pedazos
que hay de mí esparcidos por la arena
y resuélveme el puzzle que gangrena
la pasión de vivir a fogonazos.

Si de luz eres tú, yo soy de sombras
incapaz de querer de tanta herida
como dejó el amor sobre mi piel.

Mas si salvajemente tú me nombras
soy capaz de elevarme, otoñecida,
como una flor de carne en el papel.

_________________

Ardicia


Te sueño con el tiempo repartido
entre la sed y el hambre de la ardicia.
Soy amateur, me falta la pericia
para ganarle al miedo y al olvido.

Acércame  tu cuerpo de bandido
con algún simulacro de caricia;
quiero sentir que el corazón inicia
el más duro combate sostenido.

Prepara mi llegada
con la fiebre dispuesta para el goce
en los pliegues salinos de mi pozo.

Contágiame tu gozo,
porque fingiendo, nadie es más amada
que yo, la Cenicienta, al dar las doce.

Ante los periódicos




Oigo cláxones lejos.
En el parque cercano se oyen pájaros
y  la mañana, mientras, se abre lenta.
Encima de mi mesa los periódicos.
Cada día la duda se hace fuerte
y me pregunta  ¿es esto siempre así?

Busco un poco de calma en las noticias,
en éste mapamundi de los miedos
de la sorpresa fácil y el anuncio
y la desolación se instala en mis arterias.

Si algún día, temprano, a Dios le llegan
inesperadamente los diarios
¿le alcanzará mi duda?

Recién llegada y niña la mañana
sólo estreno conflictos, hambre y guerras
¿Podrá llegarse Dios hasta mi incertidumbre
construirme hoy un día de esperanzas
o sonreír quizás con mis preguntas
al abrir las ventanas del diario?

Estoy sola. Confieso que estoy sola,
Hace un minuto he desayunado y he oído
bajar por la escalera a mi vecino.
Es un tipo moreno
y sus pasos son música que rompen
éste vacío íntimo que llevo. 

Y estoy triste y pienso
y dudo mucho, os juro que lo hago,
junto a los tres periódicos distintos.

Yo sé perfectamente que esta tarde
u otro jueves cualquiera
las tevés y las radios tensarán
el tímido y doliente anochecer
con esta duda en vilo que me muerde.

Las noticias, mi pena, los quioscos,
¿no estremecen a Dios?
¿Tal vez no cruzan
como buques siniestros su mirada?

Se oyen cláxones lejos. Sigo triste
y sin calma, sin pájaros, sin árboles.
Me vuelve la pregunta : ¿ existe la esperanza?

Si no contestas, Dios, es que no existes.


La mirada de Valentín Martín


A mí me parece una bomba de relojería este poema escrito desde la soledad mesurada de un ser humano. Dios y la muerte. O Dios y la vida miserable de tantos de nosotros. No ha habido nadie, ni lo habrá, que no se pregunte por esta incongruencia con vocación de eternidad.

Los jesuitas belgas que dominaban la literatura de los sesenta decían que Dios hablará esta noche, aplazando así siempre su responsabilidad ante el crujir de dientes de un mundo que ya empezaba a desmoronarse. Yo creo que mentían, porque muchos nos hemos pasado media vida esperándole y la otra media en paz con nosotros mismos, cumplida ya la decepción de su eterna ausencia.
Hay catequistas que siguen adorándole y hay viejos decrépitos que hemos aprendido a vivir sin él, aunque la invocación de tu excelente poema nos lo resucite de nuevo.
Isabel: has escrito algo más que un poema, mientras te tomabas el café de la mañana y empezabas a digerir el destino de un día desolado como tantos otros. Dentro de la composición poética –de factura impecable- hay un grito tan humano como necesario. Es el grito de los otros indignados, los que pedimos cuentas, los que no nos conformamos con que Dios cene siempre a la mesa del señor, los que no queremos seguir abrasados por una leyenda, los últimos de la clase, los primeros en el hambre, los heridos por el labio crudo de la estafa.
Verás que así hago mío el poema, que te leo desde dentro y no es un sueño sino la heridora lucidez que nos hermana.
Tres días de ejercicios espirituales no me habrían hecho tanto bien como tú desde el galope de tus versos. Gracias.


La maldición de los bisiestos II



Me pesa el corazón igual que un ancla
me arrastra y me sujeta hacia a lo oscuro
me sangran los oídos  y mis ojos
no tienen la humedad que  necesitan.

Y me pueden las ganas de esconderme
de ese miedo cobarde de escuchar
 palabras que no quiero y que se clavan
como golpes de ortiga por mi pecho.

Me pregunto por qué tanto dolor
si liberé a los cuervos de tus oscuridades
si al río de tu vida lo estuché con mi carne
y te llené los ojos de allegros luminosos…

Y yo que siempre he estado acariciando heridas
restañando palabras
¿por qué no puedo ahora hacerlo con las tuyas
y a la calma llevarte?

Tu calma que alcanzara entre mis brazos
habitación y hondura
de nuevo otro bisiesto la ha deshecho en añicos.

Indago inútilmente en mis mares más íntimos
pobre buzo de mí
y un  grito clama al cielo de mi luna podrida
nuevamente en enero.
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