Rarezas



Ante los periódicos




Oigo cláxones lejos.
En el parque cercano se oyen pájaros
y  la mañana, mientras, se abre lenta.
Encima de mi mesa los periódicos.
Cada día la duda se hace fuerte
y me pregunta  ¿es esto siempre así?

Busco un poco de calma en las noticias,
en éste mapamundi de los miedos
de la sorpresa fácil y el anuncio
y la desolación se instala en mis arterias.

Si algún día, temprano, a Dios le llegan
inesperadamente los diarios
¿le alcanzará mi duda?

Recién llegada y niña la mañana
sólo estreno conflictos, hambre y guerras
¿Podrá llegarse Dios hasta mi incertidumbre
construirme hoy un día de esperanzas
o sonreír quizás con mis preguntas
al abrir las ventanas del diario?

Estoy sola. Confieso que estoy sola,
Hace un minuto he desayunado y he oído
bajar por la escalera a mi vecino.
Es un tipo moreno
y sus pasos son música que rompen
éste vacío íntimo que llevo. 

Y estoy triste y pienso
y dudo mucho, os juro que lo hago,
junto a los tres periódicos distintos.

Yo sé perfectamente que esta tarde
u otro jueves cualquiera
las tevés y las radios tensarán
el tímido y doliente anochecer
con esta duda en vilo que me muerde.

Las noticias, mi pena, los quioscos,
¿no estremecen a Dios?
¿Tal vez no cruzan
como buques siniestros su mirada?

Se oyen cláxones lejos. Sigo triste
y sin calma, sin pájaros, sin árboles.
Me vuelve la pregunta : ¿ existe la esperanza?

Si no contestas, Dios, es que no existes.


La mirada de Valentín Martín


A mí me parece una bomba de relojería este poema escrito desde la soledad mesurada de un ser humano. Dios y la muerte. O Dios y la vida miserable de tantos de nosotros. No ha habido nadie, ni lo habrá, que no se pregunte por esta incongruencia con vocación de eternidad.

Los jesuitas belgas que dominaban la literatura de los sesenta decían que Dios hablará esta noche, aplazando así siempre su responsabilidad ante el crujir de dientes de un mundo que ya empezaba a desmoronarse. Yo creo que mentían, porque muchos nos hemos pasado media vida esperándole y la otra media en paz con nosotros mismos, cumplida ya la decepción de su eterna ausencia.
Hay catequistas que siguen adorándole y hay viejos decrépitos que hemos aprendido a vivir sin él, aunque la invocación de tu excelente poema nos lo resucite de nuevo.
Isabel: has escrito algo más que un poema, mientras te tomabas el café de la mañana y empezabas a digerir el destino de un día desolado como tantos otros. Dentro de la composición poética –de factura impecable- hay un grito tan humano como necesario. Es el grito de los otros indignados, los que pedimos cuentas, los que no nos conformamos con que Dios cene siempre a la mesa del señor, los que no queremos seguir abrasados por una leyenda, los últimos de la clase, los primeros en el hambre, los heridos por el labio crudo de la estafa.
Verás que así hago mío el poema, que te leo desde dentro y no es un sueño sino la heridora lucidez que nos hermana.
Tres días de ejercicios espirituales no me habrían hecho tanto bien como tú desde el galope de tus versos. Gracias.


La maldición de los bisiestos II



Me pesa el corazón igual que un ancla
me arrastra y me sujeta hacia a lo oscuro
me sangran los oídos  y mis ojos
no tienen la humedad que  necesitan.

Y me pueden las ganas de esconderme
de ese miedo cobarde de escuchar
 palabras que no quiero y que se clavan
como golpes de ortiga por mi pecho.

Me pregunto por qué tanto dolor
si liberé a los cuervos de tus oscuridades
si al río de tu vida lo estuché con mi carne
y te llené los ojos de allegros luminosos…

Y yo que siempre he estado acariciando heridas
restañando palabras
¿por qué no puedo ahora hacerlo con las tuyas
y a la calma llevarte?

Tu calma que alcanzó entre mis brazos
habitación y hondura
de nuevo otro bisiesto la ha deshecho en añicos.

Indago inútilmente en mis mares más íntimos
pobre buzo de mí
y un  grito clama al cielo de mi luna podrida
nuevamente en enero.

Pregunta en la tarde




He dejado mi casa con los libros abiertos
y he salido a la tarde dibujada de azules
a admirar el Cantábrico.

Estoy tan distraída con cada cormorán
-el cielo malva y rosa por la luz del poniente-,
que el verso se resbala por los labios del alma.

Ya no digo palabras,
pero sé que la tarde es hermosa y es mía.
Ya sé que el mar se peina los lomos de entusiasmo
y  que también se hace poesía
con mirar el paisaje.

En tardes como está se sabe la importancia
de tener en las olas un rosario de sendas,
unos versos de yodo mezclados con las algas
y el soportar la espera en el astro más íntimo.

Desteñidas canciones
de remos y de brea me ponen tensa el alma
como un arco de júbilo
y mi verso nervioso empina arboladuras


¿Sentirán las arenas las huellas de mis pies?



Exorcismo







El tiempo entre mis manos se desgasta
y mi voz en silencio es como el río
que desdibuja el cuarzo y la palabra.

He perdido mi cosmos y estoy muerta,
no laten mis arterias en su mantra.

Es un profundo enigma
la presencia que me indica el alba
- misterio inescrutable-
en la selva de lluvia de mis lágrimas.


Trepa su nombre entero por la hiedra.
En mi mundo interior jamás escampa.

Tendré que exorcizarme a la intemperie,
reinventarme de nuevo un calendario
donde quepan los pájaros sin alas
y transformar la greda de mis manos
en desmemoria clara,
el árbol de mis dedos en instante
que abandone recuerdos y me nazca
serena
incontenible
sin nostalgia.

Dolor de luna rota




Llueve sobre mi voz rumor de llanto 
y es el llanto la llama, que silente, 
transforma con su látigo candente
la lluvia de una lágrima en quebranto. 


Llora sobre el amor un frío canto 
que corona de témpanos mi frente;
mi voz es el silencio que va hiriente
por la oscura salina del espanto. 


Se desnortan las sílabas y brota
un íntimo aguacero sin sonido
y en mi rostro un dolor de luna rota. 

Mis ojos son lagunas, hielo ardido

amor que se desangra gota a gota 
en la garganta negra del olvido. 


El cristal de mis ojos



El cristal de mis ojos está herido
por algún viento arcano
y mis frágiles dedos, rama verde,
son árboles en susto.

Mis vacilantes pies, primera greda,
apenas pueden sostener los sueños.

Pequeñez de mujer y bordeándome
riberas imposibles a este ansia
de edificarme sola
desde el umbral de mi desasosiego.

Sed ya no sé de qué milagro último
que me alivie el dolor.
Inalcanzable límite de mí
etéreo e imposible que me obliga
a tensar la mirada -vidrio y miedo-
y el árbol de mis dedos arraigarlo
en tímido ademán, y con las huellas
de mis pasos, tatuarme de mi sangre
todo mi ser sufriente.

Para ser uno mismo




Para ser uno mismo hay que mirar despacio
la extrañeza que causan los radios del futuro
labrarse un nuevo mantra exento de cianuro
y recibir la vida con lúdico prefacio.

Poner el alma al sol que respire el espacio
más allá de las zonas de eterno claroscuro
donde el pasado deja su rastro de siluro
y cerrar con amnesia su triste cartapacio.

Con sed de infinitud reiniciar el sendero
descalzo y peregrino con la mochila al hombro
y el álbum puesto al día de la supervivencia.

Arroparse los párpados en este mes austero
y caminar con calma más allá del asombro
sin hacer del pretérito constante penitencia.


Luces y sombras




Pude romper el alba, anochecida,
arropando los fríos de tu pecho.
Pude abrir el zaguán de tu barbecho
y hacer mía la sangre de tu herida.

Pude marcarle el rumbo a la deriva
de la deprivación siempre al acecho.
Fue muy larga la noche y muy estrecho
el tránsito del aire por tu vida.

Tú que de mi bogar remero fuiste
a mi franca amistad acogedora
abriste el corazón. Y te rendiste.

Y aunque nos conocimos a deshora
de mi hálito en tu ser amaneciste
y tu voz le dio luz a mi dolora.



Sin respuesta






¿Recordarás tal vez mi poesía
cuando el tiempo de tregua al fin termine
y este ser que la crea y la define
navegue entre el vinagre y la agonía?

¿Hallarás el envés del mediodía
en las oscuridades del camino
cuando el Alma con cántico asesino
esté vagando en búsqueda del día?

Hay veces que mi verso se convierte
en anodina voz que nada espera
más que llegue la hora de su muerte.

Etérea y de cristal mi sementera
se agostará conmigo. Voy inerte
hacia otra dimensión y otra quimera.

Aria saturnal (sextetos lira)




Cuando estás junto a mí
me aprietas la cintura
en medio de un océano imposible.
La mística sufí
se olvida en la aventura
de tu salinidad incontenible.

Porque soy la raíz
de un árbol cuyo fruto
necesita tu boca y te da agua
al mínimo desliz
-tú siempre tan astuto-
produces la erupción del Tungurahua.

Provocas en mi sexo
el fosfeno y la noche
y ese dulce apagón de la conciencia
que se clava en mi plexo
en vuelo de alimoche
con música y enorme virulencia.

Un extraño lenguaje
palpita en nuestras bocas
y en las brumas calientes de mi tacto.
Escudriño salvaje
tu cuerpo cuando invocas
parar el tiempo en el momento exacto.


Y te preguntas cuándo
me cortaré las venas
de las seis de la tarde y sin caricias
para llegar volando
al toque de mis quenas
y gozar del jardín de las delicias.

Y es que eres igual
que una orquesta sonámbula
dulce loco que toca concentrado
un aria saturnal
que reta a mi noctámbula
al insomnio pegada a tu costado.

Seguidillas



En mi pecho se ocultan
constelaciones
y el arpa que quisieras
fuera a tu acorde.
Soy arrecife
de corales que juegan
al escondite.

Voy calando en tus venas
desconocidas
sembrándole palabras
a tu rutina
mientras mi instinto
caballo desbocado
finge que finjo.

No me duele la vida
si el desconcierto
que nutre tus raíces
exuda miedo.
Dejo mi rastro
para alumbrar tus ansias
como regalo.

De antigüedad de lunas
vengo llegando
y penetran mis brasas
hasta tu cuarto.
Soy inquietante
sólo estela de humo
inalcanzable.

Si las penas desbordan
hoy tus bolsillos
agárrate muy fuerte
ven a mi asilo.
Soy una xana
que aunque vive en incendio
es pura calma.

La Xana es uno de los personajes más conocidos de la mitología asturiana y leonesa.

Feed back

Tú le das a mi verso la frescura
si me convierto en tierra de secano,
vaso comunicante que aun lejano
cede  la lluvia que mis males cura.

Tu fuego pirotécnico de altura
estalla en mis adentros, y en tu mano
un ardor decisivo y cotidiano
reconstruye mi anárquica estructura.

No mires hacia el sur, hazlo a mi norte
porque te guíen sus constelaciones
y así poder atravesar las sombras.

Si adviertes compañero mi desnorte
no me dejes llorar por los rincones.
Sólo existo en la luz si tú me nombras.




De la persecución de las palabras- IV





Presta atención a los rodales por donde yo piso; mas no olvides, algún día te enterarás, que como dijo un poeta, adonde tienes que ir es a ti sola. Ojalá no tengas que ir nunca al hondón oscuro de la noche.

Lo tuyo no es la noche.

Carmina amatoria


Cuando voy a Madrid, arrecian las murallas
de mi memoria. El tren casi me parte
el flequillo de fuente de Cibeles
y el jersey de colores que llevaba
la noche de Aranjuez cuando dormían
los pájaros azules de Sorolla.

Resuena en mi interior
el Carmina Burana, estoy marcada
por una zarza ardiente y no encuentro mi sitio. 
Qué destierro.

Está en su ser el tiempo. Me pregunto
qué fija profecía me disloca
los huesos, las campanas y el cajón
donde guardaba todos mis poemas,
aquél estudiantado de los años setenta
corriendo por delante de los "grises",
llevar al mar mis libros
pasear por la tarde en el crepúsculo
o aguantar tantos pájaros ahí dentro.

Acurruco los ojos en mis manos
apoyando mi historia, ya se oyen
los gritos mientras trillo cobre duro.
Ay qué universo el mío, 
sobre la mesa
un lago se desborda de mi vaso.

Lo mío son los ríos, son las aguas
tumultuosas, rápidas, los cántaros
arreciando penúltimas orillas
hacia la luz, la mar, este diluvio
en mi Madrid tan sóla. Me han dejado
sin nadie cuántos días. Aún no llegas
pero sé que me esperas
con los labios en flor para besármelos.

Duda




Viva o muerta, no sé si esta es mi vida
que aquí se agota o que después perdura,
si sueño o sinrazón, falacia pura,
o la estación para una despedida.

Me angustia estar jugando la partida
contra el tiempo, apostando a la aventura
en la ruleta gris de la incordura
sin beneficio en la ocasión perdida.

Yo no alcanzo a vivir de otra manera
con la sombra alumbrando mi presente
hundiéndome en el suelo donde piso.

Si la vida es infierno permanente
al otro lado de la gran espera
sólo puede existir el paraíso.

Lebasi

Isabel, pesadumbre y vientos claros,
nieve apretada en fuego contenida,
secreto de la piedra envejecida
y dadora de vida sin reparos.


Lleva el pecho cargado de ramajes,
el cuerpo leso y el mirar vencido.
A tantas sombras ha sobrevivido
que se encuentra marcada con tatuajes.

Lejos de ella la noche bebe muerte
y el agua se despeña entre sus lomas.
En sus rotos espejos hay palomas,
lagos, piedras azules... y agua fuerte.

Es semilla y es tierra que aún espera
un corazón de niña primavera.


2005

Crepuscular




Por estas calles al mar
barrio de los marineros
voy llevando entre las redes
y la tarde mi silencio.


Es Cantábrica la tarde
y mis ojos madrileños
van añorando, añorando
-¡voces de viejos conciertos!-
yo no sé qué vecindades
ni qué lejanos allegros.

Los árboles de ésta tierra
mástiles verdes al viento
tal vez vean la tristeza
de este poniente tan lejos...

Destello oscuro


Desde mi pelo baja suavemente
me acaricia despacio la mirada
se detiene en mi boca como un pájaro
y cincela su luz entre mis pliegues.

Pone un collar festivo por mi cuello
y aprieta dulcemente su puñado
de nieve luminosa que coloca
por las suaves colinas de mis senos.

Extiende todo un campo entre mis manos
posando su perfume por los dedos.
Como el aire atraviesa mis jardines,
árbol, árbol y árbol, tan andados,

para cuidar mi boca y mis silencios.

Mis piernas como notas musicales
las recorre sin pausa, lentamente,
y en mis pequeños pies, junto a la tierra,
-en la hierba que en vilo me mantiene-
por el claro intersticio de mis huellas
pone la muerte amor para que viva.



Autores de la imagen: Aleksey and Marina 
                                                               

Liturgia



Yo no sé si me he muerto todavía,
si el recordar nos tumba la memoria
como a ese cadáver que lloramos
o tiene mi partida nacimiento.

Estoy amortajando mi inocencia,
esa escueta verdad tan transcurrida
de la vida pasada: nada es cierto.
Sólo un grito invernal que no prospera.

Ocurrió que me amaron. Tardé tanto.
Tardaron muchos siglos en traerme
su cesto de alegría, sus salobres
naranjas de ceniza. Resbalaron.

Cayeron prontamente derrotadas
las caricias al suelo. Yo no iba
destinada a vivir. Y espero ahora
metiéndome en un cuadro de difuntos.

Mas una catedral va por mis ojos,
una letra miniada me apuntala
y quien sabe si queda el restañarme
otra vez como un niño en pergamino.

¿Todo está ya allá en su sitio?
¿O han cambiado el salón, y los papeles
pintados los cambiaron de lugar
y no saben mis ojos regresarse?

(Irse de un sitio a otro es inscribirte
a aguardar que tu entierro te guarezca
y los cipreses lleguen)

¿Pero fui yo quien todos abrazaron?
No me acuerdo de nada en este duelo
sino de su tristeza cuando iban
quedándose sin mí.

Yo les hablé de luz con estos ojos
que han de pudrir la tierra.
Si volviera sabrían que no miento.

Vuelvo a dónde nací. Torno a mi propia
desnortada raíz,  a las dos manos
cruzadas en el pecho del paisaje
mientras rezan en corro mis parientes.

No mentí como van por ahí –los oigo-
diciendo unos a otros. Simplemente
ordené mis jirones 
-oficio de difuntos mi liturgia-

La vida es sólo eso, ya es sabido.
Venir de un lado a otro, y corregirte
un verso, una palabra, aquel abrazo.
Notar que nada tienes sino nada.



De cegueras




Cuánto añico en tus ojos, cuánta pena
en el turbio silencio de tu fosa.
El tiempo se hace cruel y hay una losa
que al pasado de luto te encadena.

Tu crepúsculo gris me desordena.
Eres piedra creyéndote una rosa
y porque en ti la luz jamás se posa
exiges claridad en tu condena.

Testigo presencial fui de la herida
a la que voluntaria te has anclado
y gangrena tu alma muerta en vida.

Cenizas del amor, amor cegado,
y yo que siempre fui muy decidida
he clavado mi olvido en tu costado.
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