Por amr al arte
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Felinos I Erótica-mente)


Vamos como felinos 
rondando las aceras
nos delata el olor de nuestro celo.
Somos cuerpos vecinos
con artes hechiceras
llamados a gozar del mismo cielo.

Azul es el paisaje
que abraza quien se expone
al punto cenital de mis latidos.
Si emprendes ese viaje
-valor se te supone-
sabrás de laberintos encendidos.

Habrás de imaginar
que el centro de mi plexo
se quema entre la tierra de tus labios
si llegas a encontrar
el confín de mi sexo
oculto en mis felinos astrolabios.

Caótico preludio
de húmedas caricias
a merced de tus manos agitadas.
Andas presto al estudio
del cuerpo que codicias:
transitas por mi piel en oleadas.

Acércate y explora
mi mapa corporal
adéntrate en la cumbre de mis gozos,
allí donde se escora
la marea sensual:
paradoja de risas y sollozos.

Sabrás que por mi piel
han quedado señales
-pedazos de un desierto insatisfecho-.
Muñeca de papel
tus besos minerales
vibrarán al galope de mi pecho.

Permanezco en la arcilla
que esculpe tus pisadas
como fiera que acecha, solitaria,
promiscua pesadilla
de lenguas agostadas
en zumo de una noche imaginaria.

Conviértete en doncel
y súbete a mi sombra,
quebrántame el valor de la cintura,
indomable corcel
que cabalga y me nombra
al rítmico vaivén de su locura.

Sin resiliencia



I


Mi vida, esta fugaz luminiscencia
que ante mis ojos pasa evanescente,
me clava un aguijón incandescente,
me induce a sopesar mi resiliencia.

Pensaba que tenía resistencia
ante los avatares del presente
y sin forzar el alma ni la mente
rendida voy perdiendo la existencia.

Entregada y vencida, mi camino
se encuentra envuelto en una bruma oscura
y solamente veo anocheceres.

Ante el lance final yo me reclino
y os dejo en testamento la locura
de una vida sujeta entre alfileres


II

Miradme aquí, en piedra convertida,
exhausta de silencios y ciclones,
coronada de inútiles razones
a causa de una nueva arremetida.

Observadme en el tiempo detenida
enlazando palabras a jirones,
sombras de soledad, crudas lesiones,
que acunan el sabor a despedida.

Mas no lloréis la ausencia de mi viento
ni toquéis el poema que os escribo
bajo el soplo desnudo de mi acento.

Que en la nada de un verso sigue vivo
-con la sangre y la sal del desaliento-
el reloj del instante decisivo.

Frescura





Tú le das a mi verso la frescura
si me convierto en tierra de secano,
vaso comunicante que aun lejano
cede la lluvia que mis males cura.

Tu fuego pirotécnico de altura
estalla en mis adentros, y en tu mano
un ardor decisivo y cotidiano
reconstruye mi anárquica estructura.

No mires hacia el sur, hazlo a mi norte
porque te guíen sus constelaciones
y así poder atravesar las sombras.

Si adviertes, compañero, mi desnorte
no me dejes llorar por los rincones.
Sólo existo en la luz si tú me nombras.




Coca cola azul (Revival I)





En mi falda escocesa y en mi jersey marino,
en mi melena al viento y en mis ojos cambiantes
según la luz o el día, en el libro estañado
que estudiaba, recuerdas, se acumulaban llamas.
Poblaban el trayecto del autobús. Madrid
se me incendiaba entero sobre el atardecer.

La resbalada seda de mi voz, el mutismo
de cala que se empoza en el mar de mis ojos
verdiazules, entrando en no sé qué velada
transparencia, te alzaban el ánimo y la mente.

Arrodillaba árboles la Castellana, vivos,
como si fuese un rito aguardar mi presencia
o inventariarme un hijo: me daba miedo amar.
Yo sóla me quería, isla anclada en el fuego,
una vestal bebiéndose su coca-cola azul
con pantalón vaquero –quién me rodearía
la cintura sin quemarse la boca-

Secular vas y vienes del siglo veintinueve
mi profesor de olivos por la tarde en mi isla
tan antigua y dorada que ocupa mi tristeza.

Madrid se me hace clásico en el templo de Debod.

Tú me viste entre cientos de turistas en Roma
por la Vía dei Fori Imperiali, mi amigo,
y me descubres hoy debajo de la lluvia
que hace la tarde íntima
en Madrid, un domingo de soledad adulta,
cuando el amor recita de nuevo sus anáforas.

Por el fondo del cuento
Caperucita vengo o voy, no tengo árboles
para llenar mi bolso de selvas recordadas.

Dos mitades





Una mitad de ti me desordena,
la otra es sobre mí un sol llovido
eclipsándome el polvo del olvido
que a tus sueños de loco me encadena.

Una de tus mitades me envenena
si me lanzas tus versos por descuido,
entonces hago honor a mi apellido
y mi sangre real se desenfrena.

Nunca valorarás lo suficiente
cómo salta la cuerda de mis dedos
cuando te lanzas, cuerdo, letra abajo.

Entonces yo me vuelvo transparente
y voy dejando atrás todos mis miedos
lanzándome a escribir con desparpajo.

Jamás seré olvido

He dejado mis surcos abonados
con el fuego interior de mi linaje.
He sabido forjar el andamiaje
de los prodigios que me fueron dados.

Y aunque vientos quemantes y salados
pusieran boca abajo mi paisaje,
con mi pasión, mi fuerza y mi coraje
de mi hábitat  fueron expulsados.

Sentada en la maleza de las horas
soy caricia en la piel de tus quimeras
y la rama de un árbol prohibido.

He de romper las sombras que atesoras
y sofocar tus voces lastimeras
pues seré soledad… mas nunca olvido.


Testamento


Os vuelco la nostalgia como un río
asomado a la lumbre de mis ojos
con las manos
hechas temblor de alas
y estos versos oscuros como ofrenda.

Os vuelco este paisaje de lianas
sobre vuestras pupilas expectantes
hecha huracán mi sangre, y con la soga
de mi sed desatada ante lo incierto.

 Os dejo en testamento  la intemperie
 de los días salobres que he cantado
a la ausencia de ti tan arraigada.

Salgo del tiempo al mar, desvisto el luto
que se encrespó en mi boca
 reencarno
mi amor en las colinas y en el alma
y me dirijo al árbol de la tarde.

Os  dejo en heredad esta ardentía
de mis huesos en par
y un  funeral abrazo de pasiones
por todo lo vivido

Luz y lluvia




El que tenga una luz que no la apague
 y dibuje arcoíris en mis labios,
-lo que será ya ha sido en otros días
y ya desanda el tiempo el calendario-.
Retiradle el  ramaje a mi espesura,
y que borre los símbolos del llanto,
ponedme  los candiles boca arriba
pues se me muere el sol entre estas manos
casi agrietadas ya por la ceguera
de mis ojos de piedra, y de los pasos
que avanzan casi a tientas e iluminan
mi  desierto con lámparas de barro.

Esta llovizna triste apresurada
calándose en los goznes de mis flancos
languidece de frío y  se introduce
entre la greda ardida de mi ánimo
e igual que un borbollón de arcilla rota
de puntillas asciende hasta mis párpados.

Hoy me siento ante el tiempo vulnerable
-perdonad si el discurso tiene cambios-
pero sé que esto es algo pasajero
y volverá mi vida a ser un salmo.

Pero  en  volver a ser la que era antes
decidme… ¿ cuánto tiempo es necesario?






Supongo que de mí no quede nada





Supongo que de mí no quede nada
más que alguna ceniza, acaso el viento,
y un inventario de resentimiento
de antiguo vendaval y agua pasada.

La memoria, quizás descabalada,
se recubra de azules un momento
y recuerde tenaz el movimiento
de una mujer que siempre estuvo atada.

Hoy por hoy, sobrevivo sin careta
en un mundo que rompe el entramado
quimérico, irreal, desvanecido.

¿Perdurarán mis huellas de poeta
en la sangre del verbo derramado?
Entera me jugué. Y me he perdido.

De Dolores a Consuelo

Le sobran muchos motivos
a mis poemas siniestros
para ser letras amargas
y con tintes cenicientos
que ya apuntaban maneras
desde el mismo nacimiento
cuando me parió mi madre
y me marcaron a fuego
en la mente una consigna
“irás muriendo de a poco
en un futuro imperfecto”


No me sobran las razones
para contar por completo
la realidad de mi vida
teñida de gris y negro
las muchas muertes vividas
la intemperie de mis huesos
porque el pudor no me deja
enseñarme por entero.

Poeta soy de nostalgias
de autorretratos en negro
y escribo con tinta china
lo que me muerde en los dedos
con la sangre siempre a punto
de esconderme en mi desierto.

Soy dual, lo sé, y escribo
lo que me quema por dentro
de la luz que guarda el alma
en múltiples recovecos
de la pena de mis ojos
de sueños y de desvelos
 de las hiedras de la angustia
que se crecen en silencio
y aunque rezume tristeza
¿es acaso un sacrilegio?

Taciturna y solitaria
soy mujer de cuerpo entero
carne de espiga y abrazo
y me basta con saberlo.

Debí llamarme Dolores
pero me dicen Consuelo.

Escuchar el silencio



Escuchar el silencio solo espero
desde el espacio tenue en el que miro
el paisaje inquietante en el que expiro
y que tiene mi grito prisionero.

Habito en la tiniebla en la que muero
y es tan negro el abismo en el que giro
que más lo siento cuanto más respiro
y más respiro cuanto más lo quiero.

Transparente quietud que siempre muda
se siente. No susurra ni delira
el misterio infernal donde se halla

tan escondida su verdad desnuda,
que más se calla cuanto más suspira
y más suspira cuanto más se calla. 

Versoadicta

El poema no escrito es una herida
infligida en el alma, cuando muda,
siente el dogal que su garganta anuda
y asfixia la palabra no nacida.

Muere en el aire la emoción perdida
-imán para el dolor, no cabe duda-,
mas si el verso se libra y nos escuda
llevará nuestra voz a la salida.

Pasión jamás saciada en el exceso
que hasta otro universo nos conduce
si captamos su música suprema.

La ebriedad de su fuego nos seduce
y yo que versoadicta me confieso
fumo del opio implícito al poema.

Ejerciendo el oficio de sanar



Triste eclipse de luz, umbra inclemente,
hoguera ardida que al relente abrasas,
nocturno en Mi que ante mis ojos pasas
con tu verso alunado, suavemente.

El otoño en mi vida de repente
te renombra ciprés y me traspasas
la íntima tristeza con que arrasas
el hueco que en mi ser no da simiente.

Pronto tu nombre pedirá clemencia
pues la orfandad nacida de tu pecho
no encuentra cauce para tanta ausencia.

Apelmazada sombra, aún hay trecho
para gozar del don de la existencia:
voy a sanar tu corazón maltrecho.

Traedme




No me traigáis baúles ni los barcos
del puerto del Pireo ni tampoco
los bosques de Bolonia y acercadme
como un mundo dorado el universo.

Traedme el mar, un pliego de arboledas
y sostened mis manos cuando llueve
en el fondo del alma, y la memoria
no consigue evadirse de sus anclas.

Sostened en las manos el milagro
donde se mira el sol y decidiros
a prender candelabros en mis ojos.

No me habléis de pasiones si olvidé
el color de la luz. Y perdonad
si no doy tanto amor como recibo.

Re-nacer




Esta vez no me arrasa la tristeza
ni muero poco a poco en cada mata.
Soy la ternura que la mar desata
y una mujer de luz, pura entereza.

Cómo admiro la vida cuando empieza
irrumpiendo en sublime catarata,
lo duro que hay en mí se desbarata
y el alma de alegría se enjaeza.

Otoño está en mi boca y de repente
encuentro lo que tengo merecido
al ver el despertar de mi simiente.

Soy el tronco de un árbol encendido
por la antorcha que lleva mi apellido
y tú la claridad de mi poniente.

Arrebato


Soy la salinidad de la marea
que mueve lo profundo de tu acento,
el feedback necesario, el alimento
que a tu ser, cuando ausente, zarandea.

Mi boca, que a tu lado canturrea,
escribe por impulso de tu aliento;
si a tu lado me hierve el pensamiento
el otoño entre ambos azulea.

Acércame tu mano
no me dejes caer en las rutinas
porque sin ti seré paja sin grano

Porque tú me iluminas
acabo este poema y me revivo.
Ya estás. Ya soy. Te siento. Escribes. Vivo.

Supongo que de mí no quede nada


Supongo que de mí no quede nada
más que alguna ceniza, acaso el viento,
y un inventario de resentimiento
de antiguo vendaval y agua pasada.

La memoria, quizás descabalada,
se recubra de azules un momento
y recuerde tenaz el movimiento
de una mujer que siempre estuvo atada.

Hoy por hoy, sobrevivo sin careta
en un mundo que rompe el entramado
quimérico, irreal, desvanecido.

¿Perdurarán mis huellas de poeta
en la sangre del verbo derramado?
Entera me jugué. Y me he perdido.

Flor de arcilla





He dejado mis surcos abonados
con el fuego interior de mi linaje.
He sabido forjar el andamiaje
de los prodigios que me fueron dados.

Y aunque vientos quemantes y salados
pusieran boca abajo mi paisaje,
con mi pasión, mi fuerza y mi coraje
de mis adentros fueron expulsados.

Sentada en la maleza de las horas
soy caricia en la piel de tus quimeras
y la rama de un árbol prohibido.

He de romper las sombras que atesoras
y sofocar tus voces lastimeras
pues seré soledad… mas nunca olvido.

Abrázame

Préstame el viejo candil de los desvanes solitarios para poder subir la escalera de caracol que lleva a la azotea. Deseo contemplar la flor del agua antes de que llegue la noche de San Juan. Quiero ver despacio el mar y verme a mí misma temblando de emoción.

Abrázame cuando deje la luz tras de mi espalda y el universo se me escape de las manos. Qué es el abrazo, dime, sino un poco de miedo. Palpa cada uno de mis huesos y así podrás reconocerme en otra vida.

Permíteme que te pronuncie y sienta que está toda la tierra venteando.

Nombrarte es como cuando acaban de llover en la selva  tormentas de aguaceros.


No dejes que se quiebre ese misterio.

Tiempo onírico





te sueña el tiempo muerte
parques junta con niños y palomas
y  colores que opacan mis cristales.

Te sueña el agua besos
como escamas de peces inasibles

te sueña el aire aurora

sueña el tiempo tu impávida figura
clavándome los garfios de tu nombre
en las lunas menguantes de mis ojos
frente al cuarzo imposible de tu mente
tan rodeada siempre de tristeza

si acaso yo pudiera
descortezar tu ser de la ceniza
indescifrable y clara como un luto
tal vez oyeras
esta voz de mujer de yedra antigua
incapaz de encontrar algún camino
que te lleve al brocal de la alegría
despojándote
de la gris soledad en que te envuelves

hoy subo a la atalaya en que confluyen
sufrimiento y presagio
y mis manos no pueden
rescatar a  tus ojos del silencio
ni romper la negrura que te cubre

solamente los sueños
me salvan cada día

saciándome la sed de reencontrarte.
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