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El fotógrafo





Solía venir días antes de las fiestas del barrio, cuando las tardes ya se acortan y baja el aire fresco de la sierra de Guadarrama. Montaba sus bártulos a la entrada de la feria: un mural grande en el que se veía el océano azul y unas montañas altas y rojas, muchos sombreros y un caballete de cartón. Todo un poquito teatral.

No me saque usted de alma entera señor fotógrafo. Luego mi mujer en menos de un diostesalvemaría ve lo que soy y lo que no. Se planta uno delante de ese cacharro y nos asusta usted con ese zas como de fuego vivo.

Es muy atrevido que te retraten. ¿Qué andas pensando tú cuando te quejas en el momento en que el fotógrafo esconde la cabeza detrás de esa tela tan rara colgada del trasto ese? ¿Querrá examinarte hasta el pensamiento?

La vida es un retrato: las cosas están puestas donde están y de pronto no se atina a saber lo que son, el meneo de los visillos de las ventanas, los ires y venires de la gente, lo que miras de reojo y lo que no. Después está la cara que pones delante del aparato, cómo y dónde colocas las manos. Te sacan un retrato de alma entera y luego lo revisan los hijos, la mujer, la cuñada, los suegros y hasta el querido de la vecina de enfrente. Venga hombre, retrataos vosotros.

Los vecinos caminan con mucho cuidado por las perspectivas de su paisaje. Saben que pisan la raya del horizonte y de ahí su preocupación por no escurrirse de la superficie de la bola del mundo.

Se lo repito, fotógrafo, sáqueme bien parecido. Después no habrá modo de agarrarme al cristal del horizonte.

Dejas que aprieten delante de ti el botón de la máquina diabólica y aparecen a todo color en el fondo de la cartulina los hombres que besaste en el puente de Segovia. Permitir que te retraten es un peligro: te observan de arriba a abajo los habituales del balcón del fisgoneo.

Lo que más preocupa por estos lugares son los espejos. Porque la tierra es un espejo circular que da vuelta a las cómodas dentro de casa, y fuera, a la luna de los escaparates. Todos cuantos van y vienen se paran para ver el alma y el espejo de los vecinos. Ésta es una galería de personas que son y no son lo que parecen. Sólo tramoya y cristalería: la boticaria, el pintor, el poeta y las antiguas alumnas de las franciscanas de Montpellier.

Así que cuidado con el retratista todos los años de la feria. Aunque no está tan mal eso de hacerse un retrato siempre que salgas igual que eres.

Las lindes

Hay en estas tierras una raya que ni dios se la salta. Él ahí y los demás a este lado, fisgones, en la frialdad y el desamparo del mirar; una raya, dos, siete, incontable cuadrícula la de este lugar. Si te parieron detrás de sus renglones estás ya sujeto a quedarte ahí, o márchate raudo de este lado del mundo. No te muevas siquiera y a callar: por aquí está todo definido y quien se traslade va listo. Nació al otro lado de la línea y ahí debe permanecer per in saecula saeculorum, qué se ha creído. En esta tierra, proa perenne a ningún puerto, mar de pie, el descastarse no tiene perdón .Te apedrearían en silencio, a espaldas del señorito, detrás del culo de la criada y en el parque bajo el frescor de los árboles.

En tierras como esta no ocurren los milagros, o tú, quinceañero de mis párpados, no intentes provocar ninguno que no te reconoce ni tu madre: tú eres lo que tus abuelos pudieron conseguir y no vas ahora a quitarle la cruz en el velatorio a nadie, por guapo que seas, aunque pobre.

Por acá los pobres son solo pobres, prohibido que ganes las oposiciones a veterinario, o tú, jovencita, taconees con toda la música de tu estatura de trigal macizo, niñamor, ahí naciste y ahí te vas a quedar. Entérate bien, la población continúa en sus esquinas.

En lugares como los de aquí todo es propiedad de los de este lado y ni el monaguillo consiente que le trasladen los retablos. Todo te lo consentimos, menos cruzar la linde. Pisar en estos sitios las del vecino no tiene perdón.

Asunto distinto sería que a la raya invisible le apeteciera descorrerse, ocurrió antes, y no molestes tú, coño, que no es lo mismo. Sigue todo igual. No se tambalea el paisaje por eso, las rayas son las rayas.

De ahí que en estas latitudes, tantas vacas tanto vales, que como estés ahora de pomares estarás perdido mañana.

Cuando tiembla el recuerdo





En un rincón del alma me falta tu presencia que el tiempo me robó.
Alberto Cortez



No caben más enseres
más besos ni más mar en estas manos.
El italiano
ya lo ves, mio ragazzo, se me olvida.
La copa en que bebimos era humilde
traída de Madrid hasta el Trastevere.

Mi chico era un médico en Palermo
Vía Maqueda 12
junto a un puesto de helados y sandías.

Nos fuimos
a un concierto de Karajan,
llovía tanto sobre Villa Borghese
que si le doy la vuelta a la memoria
me llega ese tramonto siciliano
de mi chico tan guapo y tan moderno
con pantalones Loys, y en un instante
se adorna mi cabeza con claveles
mi boca con helados,
todo un puesto de flores por los hombros.


No cabe en un poema tanta historia,
tantas ciudades, tantas despedidas.
Me tiemblan los recuerdos del verano
en Orvieto ,en Assisi, l
a lluvia en Monreale,
me voy sintiendo más cansada y añadiendo
más enseres inútiles a esta memoria mía.


Me voy, he de marcharme de nuevo a ningún sitio
pero llevo conmigo tu recuerdo.

Oficio de poeta




Escribir es un acto prometeico y embriagador. La poesía, con mayúsculas, es ese misterio que nos arde en la inmensa soledad de nuestro desierto más profundo.


Habita en las ideas, pero sobrevuela más allá de ellas. Conduce a regiones en las que el hombre se descubre a sí mismo. Es una tierra que se resiste a ser surco baldío. Cuando es poesía-poesía, se nutre y desarrolla en el interior de la persona. Todo lo demás es solo una aproximación balbuciente.

Estrenamos el mundo todas las mañanas, y como la niebla tiene visos de no desaparecer, encendemos cada día nuestras antorchas. Uno se vuelve a mirar atrás, y ve las cosas con una luz y perspectiva completamente nuevas. Un mundo estaba ahí y por fin aflora. Cuánto necesitamos las antorchas, porque siempre que se ilumina bruscamente una palabra casi se empieza a ver la cara del misterio.

En el cuenco de la palabra están torrenciales todas las antiguas lluvias. Quien siente, escarba, se estremece, sufre y lucha por encontrar el pálpito, el latido del alma, el cabo de vela de la palabra, agónica y hasta lujuriosamente, con la vehemente concupiscencia que vivirse pueda, es el poeta. Poetizar es transformar los nombres hasta el sustrato primigenio del ser, desde lo uno hasta lo múltiple. El hombre, esto es lo que debemos buscar en nuestras almas decía Unamuno.

Del verdadero artífice de poesía se ha dicho que su oficio es nombrar las cosas. Dar nombre es engendrar y parir letra a letra el universo que el poeta descubre en torno suyo con los anteojos del alma, y entregar ese hallazgo cotidiano de diamantes o guijarros, vistiendo cada cosa con el traje del poema. Es el destino del auténtico poeta. 

Algún día nos daremos cuenta que lo místico es el futuro del hombre. Si la poesía consiente en dejar de ser celebrativa, ya me diréis qué ocurrirá. Porque probablemente es la única inclinación sobrecogedora que nos queda para adentrarnos en el misterio de ser hombre. No existe tarea más esencialmente humana que la mística. 

La cuestión es no dejarse aturdir. Con unos granitos de poesía nos bastaría para no dejarnos engañar. Los mercaderes de tres al cuarto lo pretenden pero no lo consentiremos.

Mira que te están mirando


A la mujer que por aquí quiere ser diferente le persigue un redondel de ojos por doquier. Ojos pegadizos y lentos, ojos de animal profundo, ojos eternos. A las diferentes las envuelve el personal con su mirada, esparto que quema, o ascua cuya fiebre moja de sequía irremediable. Los ojos de este lado del mundo fijan en el aire, como alfileres, la diferencia. Como si de un ramalazo se tratase, los tantanes del alma se le suben a la retina y les pegan un calambrazo de órdago en los párpados; mujer no te sueltes la melena de pájaros sobre el roquedal de tu torso de playa inacabable que la ciudad se tambalea, se descorren a la vez todos los visillos, se des-pernian las córneas, se despatarran las cejas. El que muevas un poco el velamen de tu barco es un terremoto. Nos vas a echar a voleo los colores de la cara.

Por aquí está mandado no menear la sorpresa. Al contrario, hay que calarse la anguarina hasta el pensamiento, meterte en casa y atrancar la puerta: que nadie tenga que decir nada ni señalarte con el dedo. Le ven a una hablar con el hijo del boticario y ya le ha puesto los cuernos al frasco del bicarbonato, al estante de las aspirinas y al linimento Sloam. Si resguardándote un poco de la lluvia en los soportales de la Plaza Mayor lees a Miguel Hernández, o a la sombra de una coca cola repasas unas frases de María Zambrano, el redondel de ojos te va cercando como una tarde pegajosa, albardas de tinto y tierra, ojos animales, envidia y pura envidia. La cosa es archisabida: el mal primero está en la mirada.

Escuece como un golpe de ortiga el berbiquí de los ojos en la nuca: te vuelves y tienes todos los ojos encima dañándote la desnudez. Prohibido que se te note demasiado la ternura. Dónde vas tú, mujer, tan marcada a fuego, corneada por la diferencia.

Ojos, ojos, todos los ojos sobre ti. Ojos por los cruces de caminos, por las revueltas de las calles. Desde las torres, ojos. Sobre las veletas, en las azoteas, desde el pupitre del maestro, desde el comedor de casa… Mirada total, cejas como dos tardes largas. Y la mujer sola en el paisaje.

La ciudad llenando las calles, dándose codazos para enterarse del nombre de la hereje. Las miradas observan, con descaro, a la disidente porque molesta. La circunferencia completa del paisaje es una órbita inmensa que apenas pestañea. Te clava en la pared y detiene el horizonte.

Niñalondra




A niñalondra se le transparenta el alma por el cristal de los espejos. La porcelana florecida de su cara es igual que un pecado luminoso, y de ella se puede esperar un corazón de niña-mujer como para sacar los colores a cualquiera. Como en esta tierra el verde es abundante, a su cara le dio por ser un paraíso, música desvestida y un mohín en la boca en espera del hombre que la cubra de ternura.

Si la miras te darás cuenta de que su cuerpo de hembra abarcadora se dirige hacia el edén de Proust recordándole a la memoria el tiempo desandado, como si se pusieran entre paréntesis las grietas del pan y el resfriado del viento en las esquinas, y desearan los sueños besarla en los labios con todo el sofocón de la canícula.

Al principio fue la locura. Luego llegó la luz. Hoy es un sol rodando incólume hacia un atardecer que encela al horizonte. Todo se lo debe al horóscopo desabrochado de haber nacido en esta tierra donde las lluvias son interminables. Por eso un rostro como el suyo muestra la boca de colegial que se hubiera soltado, al fin, de la mano de su madre.

Su perfil es como un madrugón de manzana. Todo su rostro un bosque que arde. Pura lírica pues.

He llegado otra vez



Hoy me acerco a hurtadillas con palabras
rescatadas del frío de la ausencia,
porque la vida sigue y no lo ignora
éste mi corazón adolorido.

Tan negros son los sueños que me guían
que se rajó la luz y ya no veo
resbalarse la mar entre mis ojos
y en mi pecho se agolpan
las naves del silencio que el cerebro mantiene

Precisamente no será mi historia
lo que los cuentos dicen.
Siempre guardo el dolor para el ajeno
mientras el llanto
se escapa por las grietas de mi vida.

He llegado otra vez , no preguntadme cómo.
Sopla el viento en mis párpados ¿lo oís?

Dónde, cuándo



Ahora donde cumple el pensamiento
sus misiones postreras, aquí hubo
un torrente de voz.
Vertió la inmensidad de mis palabras
mientras iba
coleccionando sol entre mis labios.

Ahora, cuando el aire
en mis portones bate quejumbroso,
el corazón recuerda aquellos días
míos, como una fruta o como un verso
que huele a mar tranquilo y sabe a tarde.

Porque tuve
una madeja dulce de sonidos
aún por desatar, mas hoy en día
las letras me persiguen
por los rincones, dudan, titubean
y se aguantan el susto.

Dónde, cuándo
ha de cumplir mi vida su postrera
condición de esperanza
si mi palabra huye a agazaparse
detrás de los postigos
de la noche que llega sin remedio.

Eres solo palabra

Tú no estás en ti misma. Tú no eres
la fiel ordenadora de las cosas.

Tú eres de otras horas, de otros días
y se te venir desde otros tiempos. 

Nadie sabe qué mares,
qué surcos, qué alto cielo, te recorren.

¿Cuántas eres en ti, cuántas mujeres
resumes en tus ojos y en tu pluma?

Vas viviendo
en vilo el corazón y de puntillas
toda la tierra en flor que te construye
enigmática y sola. Vas andando
preguntando por ti sin encontrarte.

Nadie sabe
cómo hay que mirarte
cuando subes al cerro de tus ojos.

Tú no eres de ti. Eres solo palabra,
émula fiel del trigo, compañera,
alma entera de mí que te conozco.

Message in a screen


No te pares en Tiffany que sabes no me gusta
desayunar Beluga con champagne y diamantes
ni preciso siquiera que todos mis amantes
me pongan un anillo a su medida justa.

Posiblemente pienses que sigo siendo injusta
con tu ancestral deseo y mis muchos desplantes
al cómplice cariño que llegó mucho antes
que estallara en canales una ciudad vetusta.

Si tú ya me conoces, si sabes que no quiero 
compromisos perpetuos, ni lazos, ni cadenas,
que hace tiempo lavé la flor de mi amargura.

No lograrás que cambie. Por eso nada espero,
que libre soy y libre seré si no cercenas
los límites del aire que envuelve mi cintura.

Levantisca





No tirites por mí, soy la mortaja
capaz de cautivarte en su tristeza
y es que yo soy el celo y la pureza
que oculta en verso abrigará tu caja.

No tirites por mí, soy la navaja
que se clava en tus credos con fiereza.
Soy una rara avis de crudeza,
lejos de ti y para siempre alhaja.

Seguro que será tu subconsciente
el que crea figuras a medida
y una mera ilusión en cada instante.

No encuentro cauce para tanta fuente
si  me piensas poeta seducida.
Soy agua que se va con el levante.


Voz y palabra




Alza la voz más fuerte que la mano,
no la palabra a su equilibrio atada.
Alza la voz, la pura  voz lograda
solamente por ti, sin nada vano.

Trenza del mundo y laberinto humano
en medio de los aires desatada.
Pon la palabra tú, ya enajenada
de propia soledad, tú el meridiano.

Emplaza tú la voz, tu voz tan solo,
nivela su ansiedad con otro polo
y en medio, insobornable y luminosa,

pon la palabra que tu voz presiente,
que traduzca el latido de tu mente
y brotará tu voz de cualquier cosa.


Felinos I Erótica-mente)


Vamos como felinos 
rondando las aceras
nos delata el olor de nuestro celo.
Somos cuerpos vecinos
con artes hechiceras
llamados a gozar del mismo cielo.

Azul es el paisaje
que abraza quien se expone
al punto cenital de mis latidos.
Si emprendes ese viaje
-valor se te supone-
sabrás de laberintos encendidos.

Habrás de imaginar
que el centro de mi plexo
se quema entre la tierra de tus labios
si llegas a encontrar
el confín de mi sexo
oculto en mis felinos astrolabios.

Caótico preludio
de húmedas caricias
a merced de tus manos agitadas.
Andas presto al estudio
del cuerpo que codicias:
transitas por mi piel en oleadas.

Acércate y explora
mi mapa corporal
adéntrate en la cumbre de mis gozos,
allí donde se escora
la marea sensual:
paradoja de risas y sollozos.

Sabrás que por mi piel
han quedado señales
-pedazos de un desierto insatisfecho-.
Muñeca de papel
tus besos minerales
vibrarán al galope de mi pecho.

Permanezco en la arcilla
que esculpe tus pisadas
como fiera que acecha, solitaria,
promiscua pesadilla
de lenguas agostadas
en zumo de una noche imaginaria.

Conviértete en doncel
y súbete a mi sombra,
quebrántame el valor de la cintura,
indomable corcel
que cabalga y me nombra
al rítmico vaivén de su locura.

Sin resiliencia



I


Mi vida, esta fugaz luminiscencia
que ante mis ojos pasa evanescente,
me clava un aguijón incandescente,
me induce a sopesar mi resiliencia.

Pensaba que tenía resistencia
ante los avatares del presente
y sin forzar el alma ni la mente
rendida voy perdiendo la existencia.

Entregada y vencida, mi camino
se encuentra envuelto en una bruma oscura
y solamente veo anocheceres.

Ante el lance final yo me reclino
y os dejo en testamento la locura
de una vida sujeta entre alfileres


II

Miradme aquí, en piedra convertida,
exhausta de silencios y ciclones,
coronada de inútiles razones
a causa de una nueva arremetida.

Observadme en el tiempo detenida
enlazando palabras a jirones,
sombras de soledad, crudas lesiones,
que acunan el sabor a despedida.

Mas no lloréis la ausencia de mi viento
ni toquéis el poema que os escribo
bajo el soplo desnudo de mi acento.

Que en la nada de un verso sigue vivo
-con la sangre y la sal del desaliento-
el reloj del instante decisivo.

Frescura





Tú le das a mi verso la frescura
si me convierto en tierra de secano,
vaso comunicante que aun lejano
cede la lluvia que mis males cura.

Tu fuego pirotécnico de altura
estalla en mis adentros, y en tu mano
un ardor decisivo y cotidiano
reconstruye mi anárquica estructura.

No mires hacia el sur, hazlo a mi norte
porque te guíen sus constelaciones
y así poder atravesar las sombras.

Si adviertes, compañero, mi desnorte
no me dejes llorar por los rincones.
Sólo existo en la luz si tú me nombras.




Coca cola azul (Revival I)





En mi falda escocesa y en mi jersey marino,
en mi melena al viento y en mis ojos cambiantes
según la luz o el día, en el libro estañado
que estudiaba, recuerdas, se acumulaban llamas.
Poblaban el trayecto del autobús. Madrid
se me incendiaba entero sobre el atardecer.

La resbalada seda de mi voz, el mutismo
de cala que se empoza en el mar de mis ojos
verdiazules, entrando en no sé qué velada
transparencia, te alzaban el ánimo y la mente.

Arrodillaba árboles la Castellana, vivos,
como si fuese un rito aguardar mi presencia
o inventariarme un hijo: me daba miedo amar.
Yo sóla me quería, isla anclada en el fuego,
una vestal bebiéndose su coca-cola azul
con pantalón vaquero –quién me rodearía
la cintura sin quemarse la boca-

Secular vas y vienes del siglo veintinueve
mi profesor de olivos por la tarde en mi isla
tan antigua y dorada que ocupa mi tristeza.

Madrid se me hace clásico en el templo de Debod.

Tú me viste entre cientos de turistas en Roma
por la Vía dei Fori Imperiali, mi amigo,
y me descubres hoy debajo de la lluvia
que hace la tarde íntima
en Madrid, un domingo de soledad adulta,
cuando el amor recita de nuevo sus anáforas.

Por el fondo del cuento
Caperucita vengo o voy, no tengo árboles
para llenar mi bolso de selvas recordadas.

Dos mitades





Una mitad de ti me desordena,
la otra es sobre mí un sol llovido
eclipsándome el polvo del olvido
que a tus sueños de loco me encadena.

Una de tus mitades me envenena
si me lanzas tus versos por descuido,
entonces hago honor a mi apellido
y mi sangre real se desenfrena.

Nunca valorarás lo suficiente
cómo salta la cuerda de mis dedos
cuando te lanzas, cuerdo, letra abajo.

Entonces yo me vuelvo transparente
y voy dejando atrás todos mis miedos
lanzándome a escribir con desparpajo.

Jamás seré olvido

He dejado mis surcos abonados
con el fuego interior de mi linaje.
He sabido forjar el andamiaje
de los prodigios que me fueron dados.

Y aunque vientos quemantes y salados
pusieran boca abajo mi paisaje,
con mi pasión, mi fuerza y mi coraje
de mi hábitat  fueron expulsados.

Sentada en la maleza de las horas
soy caricia en la piel de tus quimeras
y la rama de un árbol prohibido.

He de romper las sombras que atesoras
y sofocar tus voces lastimeras
pues seré soledad… mas nunca olvido.


Testamento


Os vuelco la nostalgia como un río
asomado a la lumbre de mis ojos
con las manos
hechas temblor de alas
y estos versos oscuros como ofrenda.

Os vuelco este paisaje de lianas
sobre vuestras pupilas expectantes
hecha huracán mi sangre, y con la soga
de mi sed desatada ante lo incierto.

 Os dejo en testamento  la intemperie
 de los días salobres que he cantado
a la ausencia de ti tan arraigada.

Salgo del tiempo al mar, desvisto el luto
que se encrespó en mi boca
 reencarno
mi amor en las colinas y en el alma
y me dirijo al árbol de la tarde.

Os  dejo en heredad esta ardentía
de mis huesos en par
y un  funeral abrazo de pasiones
por todo lo vivido

Luz y lluvia




El que tenga una luz que no la apague
 y dibuje arcoíris en mis labios,
-lo que será ya ha sido en otros días
y ya desanda el tiempo el calendario-.
Retiradle el  ramaje a mi espesura,
y que borre los símbolos del llanto,
ponedme  los candiles boca arriba
pues se me muere el sol entre estas manos
casi agrietadas ya por la ceguera
de mis ojos de piedra, y de los pasos
que avanzan casi a tientas e iluminan
mi  desierto con lámparas de barro.

Esta llovizna triste apresurada
calándose en los goznes de mis flancos
languidece de frío y  se introduce
entre la greda ardida de mi ánimo
e igual que un borbollón de arcilla rota
de puntillas asciende hasta mis párpados.

Hoy me siento ante el tiempo vulnerable
-perdonad si el discurso tiene cambios-
pero sé que esto es algo pasajero
y volverá mi vida a ser un salmo.

Pero  en  volver a ser la que era antes
decidme… ¿ cuánto tiempo es necesario?






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