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Elegía a la tierra

No fue primero el hombre,
ni la luz, ni la hierba ni los pájaros.
No fue primero Dios, ni fue su música,
fueron solo los cardos.

Fueron las alambradas vegetales
del calambre sediento del verano
hiriendo crudamente la mañana
que empujaba la tierra hacia lo alto.

No fue primero el agua
ni empezó aquí la aurora, ni la mano
que acarició la tierra siempre verde.
Comenzaron los áridos
alaridos de tobas germinales...
Es mentira que acaso
el canto cristalino de los vientos
madurara los trigos que sembramos.

Aquí empezó la herida de la piedra
las pedernales venas de los barros
violentamente rotos en el centro
de su nacer temprano.

No fue aquí la pacífica mañana
bien poblada de almendros y manzanos.
No un surtidor de rosas y azucenas
ni fue la prevenida presencia del milagro
sino la furia múltiple del tiempo
en la huella morada de los cardos.

Fueron las abismales embestidas
del agua estrangulada de los cántaros
sin caderas aún y sin caminos
para andar los chiquillos hasta el manso
cuidado de la sed.
Primero fue la lucha de los átomos
antes que el alarido de los vientos
y el susto de los pájaros.

Antes que la belleza del tramonto
que los trigos en flor y que los carros
-canción de vendimiar por los caminos-
volviendo del trabajo.
Antes que los amantes se besaran
en la hierba crecida junto a mayo
fueron las lejanías arteriales,
la procesión silente de los álamos.
Y el corazón terrible de los seres
doliendo boca abajo.
No fue primero el nombre ni los trinos
extendidos y azules de los pájaros.
Fue la sed de la tierra
el trabajo difícil de las horas
y la arcilla llamándonos.

Antes aún que el vientre de las aguas
quedase por el aire fecundado,
fueron las voces obsesivas, fueron
los gritos insistentes del puñado
de greda aquí caído
que convocaba al hombre para alzarlo.

Dios miraba en silencio que la vida
iba naciendo aquí, iba intentando
subir hasta su nombre de rodillas
terriblemente en vano...

..Luego por fin fue el hombre, en una tensa
ascensión de la arcilla hasta sus párpados.
Llegó a este sitio un hombre una mañana
súbitamente diáfano
con la mirada llena de migajas
de piedra todavía, barro humano,
dueño de la congoja y de la anchura
del sol recién alzado.
Llegó la innumerable primavera
que empezaba a nacer en este campo.

Hasta su entraña herida de antemano,
hasta su mismo corazón de tierra
subieron los vocablos de las cosas
que ahora los poetas no cantamos.
Como otro terrón más, como otra piedra
como un pequeño trozo de cansancio.
Como una inmensa lágrima, lo mismo
que una esperanza inútil, como un árbol
herido en la garganta por los pájaros
el hombre primitivo de la tierra
fue puesto en este sitio para amarlo,
el corazón y el alma como un surco
arado y dolorido muchos años.

Mientras suena el Magnificat
sonrie el creador. Estoy llorando.
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