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La mirada de Valentín Martín


La poética de Isabel Reyes

Si hay una poesía definitiva, esa es la de Isabel Reyes. La contextura de su fresco clasicismo la acerca a veces a la perfección y, otras, roza la entidad de una bogadura que jamás decae ni en la forma ni en el mensaje. Estamos ante una hermosa península literaria que emerge sola y dignísima y que se une a la ciudad de los humanos con la gravitación irrebatible de su hermandad y su compromiso.

Yo creo que Isabel Reyes escribe siempre a favor de conciencia, nunca construye algo en lo que no crea del todo. Tal vez por eso, cada vez que entrega un poema apacienta versos como quien estrena traje del domingo. Y todo parece nuevo y, a la vez, fuera del tiempo, cuando su poesía va con la intemporalidad del mundo y la frescura del siglo.


Es casi legendaria la fecundidad de esta poeta: entre el amor y la muerte cabe una amplísima divulgación sentimental que abarca los principales palos, pero quizás sea en el soneto donde Isabel se muestra más rauda y a gusto consigo misma. Lo mismo que existe la chica de la perla –y ya es inmortal- existe la mujer del soneto. Y de esto no resulta un pecado de reduccionismo, puesto que es Isabel una poeta esencial que goza de una admirable profusión expresiva y formal, nada remisa ante la aventura literaria.

A veces su voz parece un clamor de desesperanza y quizás sea entonces más profunda, cuando deroga cualquier intento de detonación feliz y la oscuridad se tiende a su lado por compañera. Es cuando el mundo -el suyo y el nuestro- se hace chiquito e infiel; abruman entonces las ruinas de lo que fue y ya nunca será, el fugitivo viento de una apacibilidad en franca retirada. Qué duro es vivir contra corriente y qué bien sienta verlo escrito así, con esa poderosa plenitud.


De la convulsión diaria no la salva ni ese espacio tan amado que llamamos mar y que no es más que un icono que jamás termina y que mide, en cierto modo, su capacidad para la esperanza, como un oráculo a cuya pureza no acaba de renunciar, o una esquina tras la cual podría habitar un poquito de la felicidad perdida.

Hay en la poesía de Isabel Reyes también un acercamiento a la fatalidad humana, a esa melancolía que trasciende los campos y los años y de la que se salva uno con pocas cosas que ella reclama con la codicia de quien sabe de verdad lo que quiere y necesita.


Es entonces cuando la vida transcurre lenta y por el centro, bordeando los perfiles y temblando quedamente en las arterias. Una manera esa de aceptarse, de pasar sin genuflexiones ni alardes, pero con la determinación de quien sabe que quizás llegue tarde a todas partes ya. Y no hay rendición, sino una clara propuesta de volver a intentarlo la próxima mañana. Porque pocos han dibujado las evocaciones con la exquisitez de la música de fondo de Isabel Reyes.


Después de lo dicho hasta ahora, podría parecer que la poesía de Isabel Reyes monopoliza la penumbra. Y no. Su largo recorrido acoge también una mirada dulce sobre la vida, incluso sobre la buena vida. Y es que nos salvamos del desencanto con las incursiones de los sueños y por qué no, del más puro hedonismo. Porque lo suyo –y lo de todos- es ese vaivén imparable entre el cielo y el infierno.

Es verdad que Isabel salta de la soledad más sola a la libertad con una contundencia tan elocuente que resulta imposible de extinguir, pero también se para en su tiempo de ángel de sal y carnalidad gustosa. La lujuria que propone está enjalbegada siempre de una luz femenina que promete al hombre el paraíso sin perder el paso de su dignísimo destino.

Y en todos los sitios donde se aposenta y habita, la poesía de Isabel Reyes no promete más de lo que puede dar, de ahí su íntima consistencia que se manifiesta en este acecho público con que la esperamos y nos la bebemos sin atisbo alguno de decepción.

De acuerdo consigo misma, va innumerable del alba al ocaso reinventándose para seguir viviendo y dictando una lección tan humana en esta amalgama de versos durante años, algunos de púrpura juvenil y otros de pelo blanco, pero siempre con olor a ave alta de ojos largos.
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