Por amr al arte
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Tiempo onírico



te sueña el tiempo muerte
parques junta con niños y palomas
y colores que opacan mis cristales

te sueña el agua besos
como escamas de peces inasibles

te sueña el aire aurora

sueña el tiempo tu impávida figura
clavada en mis pupilas
frente al cuarzo imposible de tu mente
tan rodeada siempre de tristeza.


si yo pudiera acaso
descortezar tu ser de la ceniza
indescifrable y clara como un luto
tal vez oyeras
esta voz de mujer de yedra antigua
incapaz de encontrar algún camino
que te lleve al brocal de la alegría
despojándote
de la gris soledad en que te envuelves

hoy subo a la atalaya en que confluyen
sufrimiento y presagio
y mis manos no pueden
rescatar a tus ojos del silencio
ni romper la negrura que te cubre

únicamente el sueño
me auxilia cada día
y me calma la sed de reencontrarte

Mi niña Ana


A una sueca de pega
rubia ceniza
le azulean dos mares
sobre la risa
y anda esparciendo
almendritas de nata
su flor de almendro.

A esta española, sueca
de pacotilla
le nacen primaveras
en las mejillas
y este verano
para su abuela ha sido
agua de Mayo.

Morgana de Palacios

Autoexorcismo


El tiempo entre mis manos se desgasta
y mi voz en silencio es como el río
que desdibuja el cuarzo y la palabra.

He perdido mi cosmos y estoy muerta,
no laten mis arterias con su mantra.

Es un profundo enigma
esa presencia que me indica el alba
- misterio inescrutable-
en la selva de lluvia de mis lágrimas.

Trepa su nombre entero por la hiedra.
En mi mundo interior jamás escampa.

Tendré que exorcizarme en la intemperie
donde quepan los pájaros sin alas
y transformar la greda de mis manos
en desmemoria clara,
el árbol de mis dedos en instante
que abandone recuerdos y me nazca

serena
incontenible
sin nostalgia.

El viento no entiende de metáforas

Hay días en que la flor de tristeza brota tras los cristales de mi hábitat íntimo.

Mi alma cae al suelo y ni me molesto en recogerla.

Indago en mi interior el porqué de la melancolía que me abate. Pero no me esfuerzo en contestar.

Una ráfaga de viento cantábrico me despierta de este mórbido letargo.

Trae promesas que nadie volverá a hacerme porque el reloj del tiempo es implacable.

Roza los párpados, el cuello y comparte conmigo sonrisas cómplices y palabras que, a veces, se transforman en cuchillos.

Le cuento de los pájaros libres.
Lo que vuela no nació para ser comprendido.

-Con todo eres igual-, me susurra.

Y es que el viento no entiende de metáforas.

Paisaje astur





Bajo la caravana de las nubes
tensaba el mar su lámina plateada.
La tierra era un edén, desde la cumbre
pintaba el sol el lienzo de Caravia
con tonos de manzana, sepias, rosas,
muros dorados en la Colegiata.

Cuánta calma sentí aquella tarde
cerca del mar y en nuestros ojos, cuánta
alegría siguiendo acantilados
y caminos cercados por las zarzas.
Pozos de sombra en los maizales, ruinas
mordidas por la sal, la llamarada
en los Picos de Europa de la nieve.
Tenía Llanes de palmera el alma.

Luego cuando la tarde iba pasando
por cada valle, las gaviotas altas
azotaban la espuma por los diques,
sonaban las argollas de las barcas.

Admirando el paisaje nos quedamos
solos con las campánulas moradas. 

Transición




Cien veces más sería tu exorcista
si cien veces naciera 
a pesar del cansancio y el dolor
de un corro de mujeres abrazando
el fuego con sus ojos, las cenizas
cercadas por un viento de misterio
aún sin descifrar
y el salmo 23 temblando entre los labios.

Los ojos se me clavan en la hoguera
y se detiene todo. Se aleja tu figura
después de tanto tiempo
-porque ha llovido mucho desde entonces
y tienes mucha menos intemperie-.

Soy barquera por fin para llevarte
hacia otra dimensión desconocida
mientras toda la mar está envolviéndote
yo misma mar también para el adiós
en medio de las olas.

Huele a bosques en paz y a helechos nuevos
pero sucede
que me encuentro varada en ese instante
de despedida íntima que trae
la lluvia transparente entre los párpados.




Sensibilidad y armonía son los dos troncos que sostienen esta construcción poética que raya la perfección formal y la quietud temblorosa de dentro.
Te estás despidiendo, Isabel, y lo haces desde un acopio de serenidad que jamás alcanzaré en toda mi vida.
Si el poema –bellísimo- es un desahogo, se trata de un desahogo largamente acariciado, muy pensado, aquí no hay arrebatos sino una paz inmensa.
Me seduce siempre tu manera de escribir poesía. Valente decía que el acto poético le ofrecía una vía de acceso, insustituible, a la realidad. Tú vistes la realidad de poesía, que viene a ser lo mismo, y lo haces - me parece- desde un firme compromiso estético. De ahí que en ti el ritmo sea algo tan natural como el cainismo en este país nuestro.
En ti fermenta siempre la decencia poética. Y la otra, claro.

Te he leído y ya me sirve de algo esta tarde tan pálida, víspera de otoño. Gracias.


Valentín Martín

Fuego fatuo II

Recubierta de vaho la luz de mi memoria
observa la debacle de mis alteridades
y con voz inconexa me miente las verdades
sobre el espejo oculto del cauce de mi historia.

Llevo inscrita en mi carne la cruz de la victoria
por mis propios silencios y bipolaridades
y mi ser se diluye en las ferocidades
del alter que me espía a golpe de fesoria.

¿Será mi vida acaso producto de un mal sueño
sobre el mar de la duda, y fiera me regala
ficción de eternidad en frascos de beleño?

Y si existe el futuro, ¿por qué en mi ser se instala
el temor de no ser nada más que el diseño
de algún ser superior que el final me señala?

Fuego fatuo I

Yo no sé si seré –si acaso he sido-
un temblor, una ráfaga de viento,
ni siquiera si soy parte del cuento
en que me colocaron por descuido.

Me escribo, dudo, soy el alarido
alzándose en el tiempo de descuento
y me muerde el fatal convencimiento
que el tiempo de la tregua está perdido.

La mujer irreal que en el naufragio
de su ser es consciente que la vida
no firmará armisticio con la muerte.

Un fuego fatuo soy, un mal presagio
de clara oscuridad, de luz herida,
que en soledad sus soledades vierte.

Paisaje lunar

La luz que hay en tus ojos no se asombra
de las oscuridades de los míos:
dos cráteres lunares, dos vacíos
y una escarcha infernal que no te nombra.

Mi gélida mirada desescombra
tus andamios de aire, tus desvíos,
y mis labios glaciales son dos ríos
huyendo del pantano de tu sombra.

Desierta de memoria voy desnuda
con mis manos de viento y piedra leve
lanzándote a los mares de la duda.

Roquedal peregrino en tu relieve,
deshielo del amor y carne muda:
si lava fuera ayer, hoy soy de nieve.

Sólo con la palabra


Mi corazón transcurre mediterráneas playas
cada vez que te nombro.
Aún sigue lloviendo, como cuando estuvimos
tanto tiempo mirándonos en silencio. Volvemos
cada cual a lo suyo.

 Cotidiana me ocupo de las cosas,
subo las compras, juego con mis hijas…
y en algún sitio encuentro tu boca dibujada.

Subimos y bajamos, es difícil la cumbre.
Sigues siendo un camino.
Pon tus pies en mis huellas. Necesito evocarte.

Estamos convencidos los dos de que es posible
acariciar un ramo de rocío
y el frágil estupor de tocarnos los ojos
sólo con la palabra.

Dolor de luna rota

Llueve sobre mi voz rumor de llanto
y es el llanto la llama, que silente,
transforma con su látigo candente
la lluvia de una lágrima en quebranto.

Llora sobre el amor un frío canto
que corona de témpanos mi frente;
mi voz es el silencio que va hiriente
por la oscura salina del espanto.

Se desnortan las sílabas y brota
un íntimo aguacero sin sonido
y en mi rostro dolor de luna rota.

Mis ojos son lagunas, hielo ardido,
amor que se desangra gota a gota
en la garganta negra del olvido.


(Video de Santos Aira)

Memoriando

Hoy te mostré mi desnudez, el suelo
 de un viaje soñado y fugitivo;
magnética atracción de mar lascivo
en tu mirada concluyendo el vuelo.

En mi cuerpo, tus ojos sin consuelo,
mi clima reposado y sensitivo,
tu inquieta espera en el rincón furtivo,
la luz sobre mi rostro, paja y hielo. 

Mi desnudez: tus nervios simulando,
hechos manos ansiosas y explorando
cada secreto de mi carne a solas.

Mi desnudez: tu corazón sin ira,
hecho tacto que avanza y se retira
como el vaivén inútil de las olas.

Mar de fondo


Estoy casi en relieve,
paso desde la paz a la penumbra,
vadeo un largo río y sus tinieblas
para llegar al mar.

Y no lo he visto aún, y me da miedo,
como si me faltasen los conjuros
para acunar sus aguas.

Allá está Varanasi
y el alma huele a leña,
comentan los amigos, mientras lían
un cigarro con lenta parsimonia
y yo
tan sola
subo los escalones del futuro.

Sería conveniente que pusiera
un poquito de luz antes de irme
y en ella los horóscopos, las cartas
abiertas al misterio.
 Pero no sé las señas
de ese lugar distinto que me abre
de par en par el día.

La ropa abarrotando los cajones
 y yo desnuda,
ni siquiera me sirve el jersey de colores
ni el pantalón vaquero.

En el museo Thyssen-Bornemisza
admiro a Antonio López.
Mientras pasan las eras por mis ojos agraces
la soledad me aplasta con sus mieses.

Han de traerme el mar hasta los ojos.

En Madrid, esta noche, soy playa en el recuerdo
y tú cruzas la arena y me distraigo,
me haces señas, me llamas, huele a yodo
a pinos y a salina,
a charlas por la orilla del asfalto.

De Dolores a Consuelo


Le sobran muchos motivos
a mis poemas siniestros
para ser letras amargas
y con tintes cenicientos
pues ya apuntaba maneras
desde el mismo nacimiento
cuando me parió mi madre
y me marcaron a fuego
en la mente una consigna
"fatalista sin remedio
irás muriendo de a poco
en un futuro imperfecto”

No me sobran las razones
para mostrar por completo
la realidad de mi vida
teñida de gris intenso
las muchas muertes vividas
la intemperie de mis huesos
porque el pudor no me deja
enseñar el lado izquierdo.

Poeta soy de nostalgias
de autorretratos en negro
y escribo con tinta china
lo que me muerde en los dedos
con la sangre siempre a punto
de lanzarme a mi desierto.

Soy dual, lo sé, y escribo
lo que me quema por dentro
de la luz que guarda el alma
en múltiples recovecos
de la pena de mis ojos
de sueños y de desvelos
de las hiedras de la angustia
que se crecen en silencio
y aunque rezume tristeza
¿es acaso un sacrilegio?

Taciturna y solitaria
soy mujer de cuerpo entero
carne de espiga y abrazo
y me basta con saberlo.

Debí llamarme Dolores
pero me dicen Consuelo.

Intentos de fuga


Si miro en mi interior me siento presa
en la cárcel recóndita del miedo
que antropófaga muerde con denuedo
y las lindes del alma me atraviesa.

Qué sarcástico es salir ilesa
del intento de fuga de este enredo,
cuando a la vida yo le importo un bledo
en esa finitud que tanto pesa.

La escalera de viento de la huida
que soportaba toda mi estructura,
se esfumó, y por mucho que me afano,
presiento del final la mordedura.

Hoy me pregunto dónde está la vida...
¡Y está sobre la palma de mi mano!

31 de enero





Envés de la cordura, cuánta lágrima
se vierte por mi cara.
Cómo escuece el dolor entre los ojos,
cardo ahogado en la luna del silencio
la vida hecha ceniza destruyéndome.

Se derraman los años como el agua
y no tengo en los dedos la compuerta
contra ningún naufragio imprevisible
y las voces
no taponan la herida del mañana.

Mañana el sol no sale y, yo, atónita
mi breve arquitectura ante el asombro,
contemplo, dolorida, la oquedad
que debiera rozar con estas manos.

Envés del corazón, el otro número
del signo del zodiaco, la otra cara
que tiene el treinta y uno de este invierno,
escueto enero helado de la muerte
que me empieza a sufrir frente a la piedra,
sobre el mar nunca visto todavía
ardiendo la distancia de mis ojos
al tempero salobre, siempre huérfana
la océana nostalgia con verjas y con nieve.

Y mi cuerpo se queja
de aguantar tanta ausencia en sus espaldas.

Message in a screen


No te pares en Tiffany que sabes no me gusta
desayunar Beluga con champagne y diamantes
ni preciso siquiera que todos mis amantes
me pongan un anillo a su medida justa.

Posiblemente pienses que sigo siendo injusta
con tu ancestral deseo y mis muchos desplantes
al cómplice cariño que llegó mucho antes
que estallara en canales una ciudad vetusta.

Si tú ya me conoces, si sabes que no quiero
compromisos perpetuos, ni lazos, ni cadenas,
que hace tiempo lavé la flor de mi amargura.

No lograrás que cambie. Por eso nada espero,
que libre soy y libre seré si no cercenas
los límites del aire que envuelve mi cintura.

Elegía a la tierra

No fue primero el hombre,
ni la luz, ni la hierba ni los pájaros.
No fue primero Dios, ni fue su música,
fueron solo los cardos.

Fueron las alambradas vegetales
del calambre sediento del verano
hiriendo crudamente la mañana
que empujaba la tierra hacia lo alto.

No fue primero el agua
ni empezó aquí la aurora, ni la mano
que acarició la tierra siempre verde.
Comenzaron los áridos
alaridos de tobas germinales...
Es mentira que acaso
el canto cristalino de los vientos
madurara los trigos que sembramos.

Aquí empezó la herida de la piedra
las pedernales venas de los barros
violentamente rotos en el centro
de su nacer temprano.

No fue aquí la pacífica mañana
bien poblada de almendros y manzanos.
No un surtidor de rosas y azucenas
ni fue la prevenida presencia del milagro
sino la furia múltiple del tiempo
en la huella morada de los cardos.

Fueron las abismales embestidas
del agua estrangulada de los cántaros
sin caderas aún y sin caminos
para andar los chiquillos hasta el manso
cuidado de la sed.
Primero fue la lucha de los átomos
antes que el alarido de los vientos
y el susto de los pájaros.

Antes que la belleza del tramonto
que los trigos en flor y que los carros
-canción de vendimiar por los caminos-
volviendo del trabajo.
Antes que los amantes se besaran
en la hierba crecida junto a mayo
fueron las lejanías arteriales,
la procesión silente de los álamos.
Y el corazón terrible de los seres
doliendo boca abajo.
No fue primero el nombre ni los trinos
extendidos y azules de los pájaros.
Fue la sed de la tierra
el trabajo difícil de las horas
y la arcilla llamándonos.

Antes aún que el vientre de las aguas
quedase por el aire fecundado,
fueron las voces obsesivas, fueron
los gritos insistentes del puñado
de greda aquí caído
que convocaba al hombre para alzarlo.

Dios miraba en silencio que la vida
iba naciendo aquí, iba intentando
subir hasta su nombre de rodillas
terriblemente en vano...

..Luego por fin fue el hombre, en una tensa
ascensión de la arcilla hasta sus párpados.
Llegó a este sitio un hombre una mañana
súbitamente diáfano
con la mirada llena de migajas
de piedra todavía, barro humano,
dueño de la congoja y de la anchura
del sol recién alzado.
Llegó la innumerable primavera
que empezaba a nacer en este campo.

Hasta su entraña herida de antemano,
hasta su mismo corazón de tierra
subieron los vocablos de las cosas
que ahora los poetas no cantamos.
Como otro terrón más, como otra piedra
como un pequeño trozo de cansancio.
Como una inmensa lágrima, lo mismo
que una esperanza inútil, como un árbol
herido en la garganta por los pájaros
el hombre primitivo de la tierra
fue puesto en este sitio para amarlo,
el corazón y el alma como un surco
arado y dolorido muchos años.

Mientras suena el Magnificat
sonrie el creador. Estoy llorando.

Vengo a mí



Soy la niña real, nacida pobre
cuando crujía el frío
al rescoldo del mar, ternura adentro.

Me dejaron en niña de llanura
y  han crecido en mi sangre los árboles más hondos.

Traía el mar sonoro en precipicios
de sol en la mirada, y en las manos
un mundo por hacer siglos arriba.

Vendimiaron mis sueños y en espuertas
de dolor los llevaron al empotro
y voy sin mosto ya donde mi grama.

Al paso de los años pretendieron
callarme el corazón y acostumbrarme
a no escuchar campanas en los ojos.

Y no lo consiguieron.
Niña sola quedé, niña que crece
por mi espina insondable cada día.

Vengo a mí cada tarde, y la llanura
se me empoza en el mar por el poniente
de unas manos que son terca escollera.

Madurará mi selva una mañana,
niña desnuda soy, pero esa aurora
me crecerá hasta el sol que me extirparon.

Pájaros de barro


Arranca mis palabras una a una.

Rómpelas contra el viento, no me valen.
Son sílabas inútiles,
tienen sombra en sus huesos, tienen ecos
vacíos en su alma. No se pueden
besar ni ver
temblantes
luminosas.

Una a una
desbarátalas, sóplalas muy lejos
de mis manos, despacio.
Son pájaros de barro que no cantan
no vuelan, no salpican, no se posan
en los hombros de nadie.

Mis palabras no dicen, no preguntan,
se enredan en mi pelo con sus dedos
y me rompen en dos lo que yo canto.

Con los ojos nos basta para amarnos.

Esa otra



La mujer que regresa hacía mí misma,
la que sigue la pista de mi rastro
no descansa de día ni de noche.

La mujer que me busca
atraviesa colinas y bosques intrincados
persigue lo que huele a desaliento
y a través de la nieve dibuja sus pisadas
dejando en cada paso un ácido abrasivo.

La mujer que me busca y me rastrea
como un perro el destino verdadero
va siguiendo las huellas de mis surcos
en yermos episodios sin sentido.

La mujer que me sigue está tan cerca
que apenas puede verme.

Manos y sueños



Esas manos de sal han vendimiado
el alto campanario de mi cuerpo
la selva inexpugnable
de mi pelo de vasta transparencia 
después de mucha pena y mucho exilio 
con el sabor de julio en las palabras. 

Han andado sedientas los caminos 
por llegar a posarse en mis caderas
igual que un meteoro que presiente 
tormentas de verano. 
Alcanzada la meta 
de mi boca oferente disfrazada de luna 
en tu boca de hombre desangrada. 

Han hallado el sosiego 
en el sabor de uva que madura en las vides 
de tu nombre y el mío en conjunción perfecta 
como se acopla el sol al universo.

Y ya me ves 
-en comunicación soy un fracaso- 
no sé cómo decirte que te sueño 
y sólo en sueños 
soy capaz de alcanzar lo inalcanzable.


Tómame


Tómame entre tus brazos
árdeme como hoguera bajo el sol
quema ya mis gavillas
la leña de mis labios con los tuyos.


Bésame
que tu boca taladre mis sentidos
y seas mediodía en esta noche
sobre el sol de mis labios.


Penétrame
como el cierzo que cruza por el páramo
y deja extenuadas mis riberas.


Riégame
como si fueras un desnudo río
un torrente de cántaros quebrándose en mi carne
toda la lluvia, toda, entre mi fuego.


Y quédate enredado una vez más
en la humedad caliente de mi sexo.
Como un árbol de agua 
de sombra vas cubriéndome los párpados
mientras llega tu semen a mi boca.

Desalojas el aire de mis pechos
hincas tu rama
entre la luz tupida de mis labios
y mi lengua es zaguán en movimiento
que aprieta tu corteza hasta el ahogo.

Se desbordan tus fuentes y me quiebras
como se quiebra un cántaro vacío
a fuerza de beberse.

Nos morimos los dos
y me sorprendo
de seguir esperando que me mates.

La música



Cada vez que ocurre es un milagro.

Suenan las primeras notas del concierto y un nudo me oprime la garganta.

Dejo de ser yo misma para formar parte de un todo sublime.

Me pregunto por qué no es parte de mi vida cotidiana en lugar de ser un momento excepcional.

Debe ser que la música es el verdadero movimiento de mi mundo.

De Morgana de Palacios




Qué bien cuando amaneces anegada de lluvia
y te das y te expandes en genuina gloria
en cuanto surco encuentras como líquida gubia,
labradora silente de enérgica memoria.

Qué bien cuando anocheces y apaciguas las penas
con esa mano abierta al dorso de la vida,
que acaricia la cara de la muerte y apenas
goza el tiempo salvaje del tacto de la herida.

Mujer, cuando le escupes al paso de los años,
cuando escoges dulzura para enfrentar los daños
y pones zancadillas al sol del infortunio.

Eres la madre acuática de formas generosas,
derramada en cascada de siderales rosas
por la luz esplendente de un alma en plenilunio.

Morticia


Tiene que ser -mirándote- la muerte
una mujer muy bella y muy distante.
La voz, susurro cálido, y los ojos,
vendimia azul y verde y agua inmensa.

Tiene que ser la muerte parecida
a la hierba que en vilo te mantiene.
Contemplarte mujer es admirarla
en tapias de creciente enredadera.


La muerte crece en tí, llega radiante
de frutas misteriosas y de enigmas
maduros de fragancia. Se enamora
de la vida en tus ojos, es alegre
igual que una tristeza clara y dulce.


Tiene que ser la muerte como eres:
compendio de milagros y sorpresa.

Hombre al fondo






Él siempre estaba allí donde llovían
los gritos en silencio,
allí, al fondo,
escribiendo un diario en paredes vacías.

Extraviado en su luz 
desgranó, poco a poco,
un lenguaje distinto y carente de signos,
ausente de sonidos:
él mismo, él, la única escritura.

Y se dejó llevar inerte
para entender, al fín,
qué ocurre al otro lado,
mientras la vida,
(la mía)
sigue cantando invierno. 

Por dentro, 
lloraba el hombre.
Insondable la noche de lo ignoto.

Corazón S.L.



Tengo en el centro de este poco cuerpo
una empresa de sueños y de lunas.

Su nombre: Corazón.
En cuatro naves,
con un ritmo de ochenta por minuto
almacena distancias, sinsabores,
viejas fotos y besos olvidados.

Recoge por la calle lo que encuentra:
sonrisas, niños, pájaros, mendigos,
cartas de adiós y bienvenidas nuevas.
Contabiliza esfuerzo, arrojo, y sangre.
Compra mañanas, vende amaneceres
e intenta remontar la bancarrota
que le causó la estafa de algunos proveedores.

En este mi negocio llevo años
y no siempre me cuadran los balances,
pero no pienso cerrar, aunque me estrelle.

Me cerrará la Vida si decide
que no le sirve ya mi mercancía.

Poem-A

Amigo, amado: aníllame, 

azucárame, azuléame, 
álzame entre lunas y amatistas. 

Amante, amigo: arremolíname, 
anúdate a mi estela, anégame. 
Azúfrate en las salinas de mi sexo. 

Aurórame, amor, 
ahuyenta de mi alma el verso acibarado. 
Álbame, amánsame. 
Ánclate en la ansiedad de mi costado.

La vida arrinconada





Mi terraza es una enfermiza primavera cuajada de invierno. Reducido espacio de madera y cristal.

Una silla delante del PC como un verano muerto y esquelético. Una cinta de andar esperando la herrumbre del olvido. Maceteros abiertos al Cantábrico como eriales rectangulares. Y piedras, cosas olvidadas y una librería incoherente. 


Han pasado muchas noches sobre todo ello y hay todavía un frío muerto como un pájaro gris caído de lo inhóspito del mundo. Cruzan los cristales unas líneas dudosas que empequeñecen el paisaje y miden el vacío dando una nueva dimensión al firmamento.



Mi terraza es la vida arrinconada, el hueco de un verano, el hueco de mí misma. Y estoy aquí detrás de los cristales, pero tampoco estoy, el pensamiento va por otras vías ahora que el verdor ha huido de las jardineras soplado por una boca oscura.



Un reducto de letras y de muerte por el que me muevo hablando sola. La soledad como un naufragio.

Es mi ataúd abierto festoneando de polvo el fracaso de mi vida.

Carne de cañón



Soy carne de cañón, soy el relámpago
que ilumina los mares de tu sombra,
una playa en el sol de tu paisaje
la mujer sin pudor que te devora.
Mi cuerpo es un dulcísimo arrecife
imán para la lluvia de tu boca.

Candela viva soy, tú la madera
que el centro del instinto me desborda
y alfarero de mí subes y bajas
sin rumbo por mis rutas acuosas.

Arrasas con tu fuerza vendaval
los ríos de la sed que me trastornan
y me vierto en afluente interminable
si tus labios de música me tocan.

Todo mi ser abierto ante tu magia
se vuelca en tu perfil que se desnorta
y el mundo ya no existe para ambos
cuando entras en mí como una tromba.

Queda el cielo en volandas, tú exhausto
encima de mi pecho.

Ah, tu boca…

Felinos




Vamos como felinos 
rondando las aceras
nos delata el olor de nuestro celo.
Somos cuerpos vecinos
con artes hechiceras
llamados a gozar del mismo cielo.

Azul es el paisaje
que abraza quien se expone
al punto cenital de mis latidos.
Si emprendes ese viaje
-valor se te supone-
sabrás de laberintos encendidos.

Habrás de imaginar
que el centro de mi plexo
se quema entre la tierra de tus labios
si llegas a encontrar
el confín de mi sexo
oculto en mis felinos astrolabios.

Caótico preludio
de húmedas caricias
a merced de tus manos agitadas.
Andas presto al estudio
del cuerpo que codicias:
transitas por mi piel en oleadas.

Acércate y explora
mi mapa corporal
adéntrate en la cumbre de mis gozos,
allí donde se escora
la marea sensual:
paradoja de risas y sollozos.

Sabrás que por mi piel
han quedado señales
-pedazos de un desierto insatisfecho-.
Muñeca de papel
tus besos minerales
vibrarán al galope de mi pecho.

Permanezco en la arcilla
que esculpe tus pisadas
como fiera que acecha, solitaria,
promíscua pesadilla
de lenguas agostadas
en zumo de una noche imaginaria.

Conviértete en doncel
y súbete a mi sombra,
quebrántame el valor de la cintura,
indomable corcel
que cabalga y me nombra
al rítmico vaivén de su locura.

II

Me muero si te pienso
reptil entre mis brazos
subiendo por mi piel a cualquier parte.
Todo el mundo en suspenso
y yo rota en pedazos
por el sólo deseo de encontrarte.

Cuando estás junto a mí 
me aprietas la cintura 
en medio de un océano imposible. 
La mística sufí 
se olvida en la aventura 
de tu salinidad incontenible. 

Porque soy la raíz 
de un árbol cuyo fruto 
necesita tu boca y te da agua 
al mínimo desliz 
-tú siempre tan astuto- 
produces la erupción del Tungurahua. 

Provocas en mi sexo 
el fosfeno y la noche 
y ese dulce apagón de la conciencia. 
Te clavas en mi plexo 
cual vuelo de alimoche 
y música de enorme virulencia. 

Y es que eres igual 
que una orquesta sonámbula 
dulce loco que toca concentrado 
un aria saturnal 
que reta a mi noctámbula 
al insomnio, pegada a tu costado.

Por seguidillas




En páginas de aire
y entre tormentas
escribo con el páncreas
versos de arena
porque los dioses
que miran a otro lado
me desconocen.

Con tu lengua de brasa
mi boca enciendes
y el cansancio y tristeza
desaparecen.
Tapizaremos
de besos nuestras bocas:
ven que te espero.

No caben más guirnaldas
entre mis venas
ni más miel en mis pechos
cuando te acercas.
Pones en órbita
mi sonrisa, y tus labios
me descolocan.


Inunda mis escombros
con tus caricias
que al calor de tu cuerpo
me siento viva
y si te ahogas
no podrás auxiliarme
en mis derrotas.

Lacrimario



Soy un lacrimario de vidrio a punto de estallar. Me llegan continuos mensajes de SOS que no aprecian la fragilidad del recipiente y tengo que tragarme mis propias lágrimas por recoger las ajenas.

A ratos me odio por ser tan sensata  y no me explico esta manía de mantener mi extravagante exigencia en ocultar el dolor y la angustia intentando salir indemne del caos y esconder mis pedazos debajo de la alfombra.

Mi tiránica insistencia en lo racional me hunde en una sensación de desvalimiento, convencida como estoy de que mis catástrofes pasan inadvertidas como las guerras en África.

Pero ya estoy harta de volver mi cólera hacia dentro. Voy a perder las formas.


He tirado el teléfono al contenedor de basura.

Autorretrato




Hacia qué soledades va viniendo
mi yo mediterráneo
invadido de luz, tal vez ahora
que cumplo madurez y escepticismo.

Rodeada de opacas cristaleras
no sé si me entristece por el rostro
el mar que se dobló como un pañuelo
de inútil despedida o la paloma.

Ignoro si llamaron una tarde
las olas a mis manos. Fui la niña
que sigo siendo hoy cuando mis ojos
recuerdan que quedé vaciada en piedra.

Contemplo en el espejo de los años
un sonoro horizonte melancólico
detenido de súbito; diría
que tropezó el reloj en el azogue.

Miro hacia atrás, qué efímera y veloz
cruzó la transparencia en la mañana.
Quizás pasó la luz y ya no vuelvan
a anidar en mi lienzo los colores.

Decidme qué hago aquí, feliz al cabo,
detenida en la orilla de mí misma,
desbordando el perfil de la pintura,
aún adolescente la mirada.

No es éste mi retrato, no me encuentro
entera y niña en él tal como fuera
el corazón soñando suavemente
infancia adentro y sola en mis pinceles.

Me voy perdiendo en telas y crepúsculos
hasta el ayer amigo, compañero
de tiempo resbalado por ventanas,
hoy tapia desconchada, cal continua.

Pero mis ojos fuerzan tercamente
el marco, lo dislocan como un hueso
y llaman fuerte, tocan en mi puerta
vencejos a bandadas.

Aquí he de detener lenta la lluvia
dejarla suspendida sobre el aire
en la pura paleta del misterio:
Mujer que nada más está encontrándose. 

Mecanismo de defensa





La inseguridad me asalta cuando intento escribir persiguiendo recuerdos porque mi memoria es un limbo donde lo crucial se convierte en lodo.

Solo puedo asir los incompletos, los que van palideciendo a cada instante y escribir unas líneas con la desesperación de una mujer que va chupándose la médula de los huesos.

Antes mis recuerdos eran nítidos y quise escribir sobre ellos. Pensaba que una vez que brotara la primera frase fluirían las restantes, pero jamás lo hicieron. Todo era demasiado claro y no supe cómo moldearlo. O no quise.

Sigo sin poder verter en el receptáculo de mi texto más que recuerdos y pensamientos imperfectos.

Debe ser mi mecanismo de defensa.

Sombras





Llega en círculos de sombras a cazar pesadillas por mis pliegues.

Puedo sentir sus bocanadas en mi nuca y un extraño murmullo se adentra en mis oídos.

Se derraman glaciales en mis pechos y siento su negrura en las rendijas de mis sábanas. Busca mi cuerpo a tientas.

Gélido despertar de escalofrío.

Oculto mis respiraciones. Pensará que estoy muerta y emprenderá el camino de la huida.

Espero que el sudor no me delate.

Estoy poniendo en jaque a mis fantasmas.

Liturgia





Yo no sé si me he muerto todavía,
si el recordar nos tumba la memoria
como a ese cadáver que lloramos
o tiene mi partida nacimiento.

Aquí estoy amortajando mi inocencia,
esa escueta verdad tan transcurrida
de la vida pasada: nada es cierto.
Sólo un grito invernal que no prospera.

Ocurrió que me amaron. Tardé tanto.
Tardaron muchos siglos en traerme
su cesto de alegría, sus salobres
naranjas de ceniza. Resbalaron.

Cayeron prontamente derrotadas
las caricias al suelo. Yo no iba
destinada a vivir. Y espero ahora
metiéndome en un cuadro de difuntos.

Mas una catedral va por mis ojos,
una letra miniada me apuntala
y quien sabe si queda el restañarme
otra vez como un niño en pergamino.

¿Todo está ya allá en su sitio?
¿O han cambiado el salón, y los papeles
pintados los cambiaron de lugar
y no saben mis ojos regresarse?

(Irse de un sitio a otro es inscribirte
a aguardar que tu entierro te guarezca
y los cipreses lleguen)

¿Pero fui yo quien todos abrazaron?
No me acuerdo de nada en este duelo
sino de su tristeza cuando iban
quedándose sin mí.

Yo les hablé de luz con estos ojos
que han de pudrir la tierra.
Si volviera sabrían que no miento.

Vuelvo a dónde nací. Torno a mi propia
desnortada raíz,  a las dos manos
cruzadas en el pecho del paisaje
mientras rezan en corro mis parientes.

No mentí como van por ahí –los oigo-
diciendo unos a otros. Simplemente
ordené mis jirones 
-oficio de difuntos mi liturgia-

La vida es sólo eso, ya es sabido.
Venir de un lado a otro, y corregirte
un verso, una palabra, aquel abrazo.
Notar que nada tienes sino nada.


Bosnia-Herzegovina



Foto de Gervasio Sánchez, fotoperiodista y compañero de fatigas en Bosnia



En Bosnia Herzegovina la primavera es una broma. 
La noche se ha cerrado y es nieve lo que cubre el escaso paisaje a través de las ventanas sin cristales. 
Nuestra vista no alcanza a ver más que la nieve.

El fuego cruzado rompe el silencio. 
-¿Qué pasa, Enver? – le pregunto. 
-No debes preocuparte, están celebrando una boda.
 Yo dejo que me mienta.

Un disparo, diez segundos. Veinte más y otro disparo. Yo busco protección entre sus brazos.  Desconozco si tiene el mismo miedo que yo tengo.

Mi temor de mujer- porque ya no soy médico en el momento del miedo urgente y agrio-,  es un apenas en los brazos de un hombre. Pero al miedo no le importan los detalles.

He aprendido del miedo a tener miedo. Del disparo, la muerte. De la explosión, los restos mutilados. 
Y ahora estoy  a su lado, protegida en su pecho, mientras nos acribillan los que matan.

Me tumba entonces con la brusquedad que da la urgencia.
La piel sabe cuando sí, con quien sí, cómo sí, pero desconoce el impulso que la guía. 
Nos besamos hasta el cansancio de las bocas.

Y estas cosas olvidan su porqué.

Entre sus brazos que tiemblan con las balas, me sostiene a mí que también tiemblo. No hay nada que decir. 

Cuando el combate arrecia, el minuto en que se piensa o no se piensa, pasa a ser el último minuto. 
El miedo es un testigo que no habla. 

Pero un hombre y una mujer son dos sobrevivientes sobre el suelo.

Cuando todo cesa, me susurra: Doctoriza, hemos parado la guerra.
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