Por amr al arte
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Mirada


Voy a atrapar el viento entre los dedos. 
Voy a ir a la lluvia, hasta su altura.
Voy a plantar los bosques de la tarde.

-La lluvia, el bosque, el viento, tu mirada-

Voy a ir a tu isla muy despacio.
A  acariciar el mar antes que emigre
y a colgarte jardines de las manos.

-Isla, jardines, mar y tu mirada-

Voy a poner mis manos en tu cuerpo,
tus manos en el mío como luna.
Noche cerrada y sola, azul menguante.

-Cuerpo, luna, la noche y tu mirada-

Mirada: lluvia, viento, bosque, isla,
jazmines, luna, mar, cuerpo... la noche.

Solitudes


Parte metereológico del tiempo que hace hoy  "aquí dentro": Lluvia y más lluvia, viento, frío

Lugar sin nadie



Ay este lugar sin nadie,
este lugar sin horas
detenido
en su espejo de sal. Por sus junturas
resbala el sol su lento territorio
hasta el último silo de memoria.
Decidme quién podría
elevarlo de nuevo como un árbol,
como un río de amor que va apagándose.


De qué sirve
la alegría, la luz o el privilegio
del corazón que sube hacia el futuro,
si las manos no pueden alcanzar
aquéllos tiempos, éstos que han pasado
raudos como el amor y alzar la música
en el viento sereno de la tarde.

Cómo resuena
el universo íntimo de pie,
toda la anchura
de los tiempos pretéritos.

Mujer sola
ahora mismo sin horas,
sin más luces
que una pavesa apenas del recuerdo.

A la espera


Se espera la palabra con las alas
de la emoción abiertas, se contiene
apenas el respiro antes que acuda
el susto a levantar sus entramados.

Con qué vana ilusión, con cuánta fuerza
va resbalando el tedio su agonía
marchitando la luz, cuando no existe
nada más que un reflejo sobre el polvo.

Pero aguardar, qué triste,
qué inútil ceremonia que se eleva
a su efímero cáliz,
qué solana intocable, hecha humo
reducirá mis manos a tristeza.

Sólo el recuerdo vive y la esperanza
de que enseguida gima el miedo
y se derrame
la muerte entre los ojos.

Inventario de sombras




Por esperarte
paso lista a los ruidos
que reptan por el pórtico de casa,
con tanta noche encima de mis hombros
que no sé si es que llegas
o soy yo quien se va.

Inventario de sombras y silencios.

Doy vuelta a los escorzos del deseo
rebusco en las imágenes
y cruzas tú
si la noche se vuelve del revés.

Estoy casi dispuesta
para ir de mi luz hasta tu sombra.

Pregunta en la tarde



He dejado mi casa con los libros abiertos
y he salido a la tarde dibujada de azules
a admirar el Cantábrico.

Estoy tan distraída con cada gaviota
-el cielo malva y rosa por la luz del poniente-,
que el verso se resbala por los labios del alma.

Ya no digo palabras,
pero sé que la tarde es hermosa y es mía.
Ya sé que el mar se peina los lomos de entusiasmo
y  que también se hace poesía
con mirar el paisaje.

En tardes como esta se sabe la importancia
de tener en las olas un rosario de sendas,
unos versos de yodo mezclados con las algas
y el soportar la espera en el astro más íntimo.

Desteñidas canciones
de remos y de brea me ponen tensa el alma
como un arco de júbilo
y mi verso nervioso empina arboladuras

¿sentirán las arenas las huellas de mis pies…?

De desahucios



Transito por la calle de la Muerte
pisándole a la vida los talones,
me dejo en las aceras los jirones
del alma que al nacer me dio la suerte.
El cierzo que en los ojos se me vierte
me ciega la razón y la mirada
y mi sangre, que brota alborotada,
dibuja en el papel letras de adviento.


De aguatinta es el flash de este momento
entre silencio y sombra. Deshauciada.

Súplica





Traedme los colores del crepúsculo,
las gotas de la mar, un haz de trigo
que devuelva la música a mis versos.
¿Acaso no me veis aquí plantada
como un árbol de llanto en medio de una acequia?

Encontrada y perdida,
todo un campo de minas por mi sangre
a la espera que estalle algún milagro
que encienda el pebetero de mi boca.

Traedme todo el tiempo
que tengo almacenado en mis desvanes,
el tiempo de creer
que puedo desandarme en la memoria.

Traedme
lo dulce de las lágrimas, el hambre por la lucha,
las tardes de domingo,
la alegría
de no sentir las horas,
la risa de los niños,
la palabra.

Hasta el odio traedme.

A ver si así es posible
que en los surcos que guardo tan adentro
un verso pueda abrirme las ventanas
y ver que sigo viva todavía.


La mirada de Valentín Martín

Es en la noche cuando los niños sueñan con el lobo y los solitarios se hacen más chicos porque el silencio les desmerece y la sombra de los desamores crece y se agiganta hasta fundir la escasa fe en el futuro que a uno le queda y es en la noche cuando los que han perdido toda esperanza suelen elegir el camino para irse del todo, la noche. La mujer del poema está en la noche, porque para una poeta que vive de su poesía el secarral es la noche, cuando se apagan todas las palabras, incluso los murmullos y los rastros de las lenguas que un día hablaron y dijeron está hermosa la mar o saben a gloria tus besos. Desde ese secarral llega el grito imperativo, no de súplica sino más bien de compañerismo exigente y humano, la orden de hermano a hermano, la voz de quien no quiere morir de inanición, el nombre de la que sigue queriendo tener nombre, la resistente a ser menos que un minuto desvaído, la que quiere vivir con rosas en el pelo todavía, la que quiere vivir.
Esta voz que se alza hoy ante mí me llena de una fe en el ser humano como pocas veces he sentido, cómo se me remueve la intimidad de marzo, qué bien le sienta a mi estructura de hombre a secas, cuánto vale la belleza cuando se tiene tanta hambre y el gramo escasea mucho más que el olvido, a quién debo darle las gracias por seguir tan vulnerable como un pájaro libre, qué ganas de pronunciarte I-sa-bel como se paladea el vino antiguo de misa o las sombras de las encinas en estíos jóvenes, poco valgo o te traigo un ramito de madrugadas con luz de bienvenidas para que acabe la noche y el secarral se vuelva de espaldas. Pronunciar I-sa-bel y ya está, surge la poesía como despiertan los volcanes y nos dicen que la tierra sigue viva. Porque viva estás, no has conseguido dormir tu voz, nadie te ha robado todo, sólo era el tiempo que se había quedado quieto, el riesgo de la nada ya no existe.
El poema es una vivencia, un itinerario hacia adentro donde habita la salvación, el culto personal por la poesía y la palabra, un ritmo nada dulzón sino exacto, la apología de la intemperie, la vivencia suave del fluir del verso, el resultado de una pasión, la extremaunción de la angustia, la exteriorización del frío, la plenitud de la mujer. El poema es mucho, pero sobre todo la obsesión de vivirse en los demás de nuevo, como un renacimiento imprescindible donde la propia personalidad se entrega sin reservas y con motivos.
Los nuestros: la inmensa alegría de saberte otra vez.







Un mar entre tus manos


Vas a poner las manos bien abiertas.
Vas a hacerlo
obediente y feliz,
los ojos bien cerrados,  casi oyendo
un milagro llegar.


Vas a poner las manos como un campo
exento de ansiedad. No me preguntes
y escucha al corazón de quien te escribe.


Las manos extendidas solamente.
Porque yo estoy segura que en su cuenco
puede caber el mar y te lo vuelco.

Piedra



Piedra para el descanso, piedra,
para andar el camino y apoyarte,
para traerte el mar y luego abrirlo
como un verde abanico derramando
perfume alrededor.

Para crecerte, piedra; piedra, piedra,
mujer, para tu casa, las ventanas
de tu honda ternura; para el campo
de tus manos, tus pies, para ese mundo
aún desconocido,
donde cantan los miedos que te  cercan.

Es hermoso ser piedra. Nadie sabe
como  siento tu peso sobre el alma
toda raíz de piedra para alzarte.

Señora del cristal


Tú le quitas soberbia al horizonte
Señora del cristal y de las sales;
vences potente los acantilados
que miran con envidia tu bahía.

Con la palabra a cuestas, como un fardo,
así tu corazón, el nunca enfermo,
penetra en otras sendas, arribada
de quién sabe qué fiel melancolía.

En nupcias con tu alma
el tiempo del otoño se embriaga de tu nombre
alumbrando los rumbos
de aquellos que encontraron en tu gozo
el júbilo que inunda
la cárcava del pecho cuando siente
tu  voz innumerable, tu encontrada
primicia de alegría y voz amante.

Y tu huella en los otros
graba la claridad de tu misterio
que te busca sumiso en la palabra
abriéndose a los puntos cardinales.

Señora del cristal
el acre advenimiento de la niebla
no oculta tus perfiles aunque quiera
tejerte un atavío sin costura.

Carne de cristal


La palabra no dicha siempre queda 
en un misterio en medio de la duda
y por esa razón me vuelvo muda
ante el anhelo que a tu mente enreda.
Mi carne es de cristal, de adobe y greda
azulejada por la negra herida
que me infligió el estoque de la vida
en el plexo solar. Es imposible 
ser el remo de un náufrago invisible
que sueña una quimera consumida.

Sin perspectiva


Con el paso del tiempo se pierde perspectiva
como quien agua en unas redes lleva
las sombras nos abrazan y el azul no se eleva
mientras a tientas vamos con mirada furtiva.
Los ecos del pasado a la deriva
resuenan en los sauces y en la flor de avellano;
los posos de tristeza con filo cirujano
van tiñendo de negro presentes madrugadas.
Las músicas de ayer tornasoladas
hoy no suenan igual. Son un canto lejano.

De miedos y transparencias



Cuánta lluvia en tus ojos, cuánto miedo
en tus manos de tierra.
Cuánto cuenco tan frágil.
Pero el alma
qué fuerte y alta está, qué transparente.

Voy cuidando tu lluvia
como a una porcelana, como a un niño
que se hubiera perdido y encontrado.

De tormentas

Mis labios preconizan la tormenta
que sucede en el fondo de tus ojos
ahítos de atrapar los trampantojos
que te oferta la vida en compraventa.
Mi fuego es para ti la dulce absenta
y la rosa de pólvora en la roca
de tus manos de sal, que te provoca
un íntimo tsunami sin sonido
calmante del dolor de lo vivido.

Toma mi mano, ven. Guardo mi boca.

Dubitativa


¿Quién soy yo? ¿Dónde estoy?
¿Qué se  hizo del día
y los charcos del sol en las aceras?

Todo está terminando antes de hora.
Oigo de qué manera van quebrando los cántaros
tanta sed, tanta sed, tanta pena.
Un poquito de agua
bastaría en mis labios para aclarar la lluvia
que me tiembla en la boca.

¿Cómo voy a poder alzar mi mundo ?

Solamente el desánimo centra todo mi otoño.

Sin palabras




No me es fácil hablar. Nadie me deja
el silencio dispuesto y la palabra.
Me parece que estoy en otra orilla
de mí misma y no llego ni a escucharme.

Y sin embargo quiero contra todo
hablar a media voz, lo necesito,
mientras crece mi sombra y le pregunto
cuando escribe a mi lado, sin respuesta.

Sin palabras me encuentro, desolada,
falta de mi exigencia, de mis dedos,
y mis ojos no atisban el camino.

Elevo mi oración, me pongo en contra
de las miles de voces que entrecruzan

su ruido en mi silencio desgarrado

Gólgota



Como el recuerdo llaga en el estío
y al soplo del dolor, dolor respira,
tu viento abrasador tan sólo aspira
a desecar el cauce de mi río.

En mi boca tu voz y el desvarío
de un delirio dulcísimo que gira
en torno al corazón, vuelta de espira
a una nube quimérica en baldío.

Pasa las hojas pronto el calendario
y vierte en torno aromas de negrura
al soplo germinal de tus amores.

Hojas que dañan con su lumbre impura
y ponen nueva cruz en el calvario:
Gólgota singular de mis errores.

Cascada







La puerta se ha cerrado y comienza a bajar por la escalera. A veces los cauces secos pueden convertirse en cataratas. La escalera es uno de ellos. Un cauce con peldaños en el que ella es la cascada.

Descender es una forma de escalar hacia la libertad. Sin temor ni remordimiento haciéndole guiños a un sol cada vez más implacable.

Evoca los muros de piedra que amurallaron su corazón y se le acelera el pulso como en los tiempos en que las rosas formaron parte del paisaje de su mesa.

Ha olvidado la prisa. Antes, cuando el futuro parecía un largo camino, era como una dictadura: “vas a llegar tarde, apresúrate” Todo se disfrazaba de ella, todo atenazaba. Y el tiempo un ogro dispuesto a devorarlo todo. “No hay que jugar con el tiempo, lo que se debe hacer es dominarlo” le decían.

Ahora es lo que intenta : suprimirlo, borrar de un plumazo lo perdido.

Las decisiones importantes son capaces de vencer las leyes más firmes de la propia naturaleza -se repite-. Y pone un nuevo rumbo a sus latidos.

Tu nombre



Digo tú, digo amor
y estoy diciendo en voz baja tu nombre. 


Deletreo tu cuerpo
cuando pronuncio amor y entre mis muslos
se quema mi ansiedad
y el pozo de mi sed queda vacío.

Digo amor, digo tú,
y dejaría ahora que irrumpieras
hasta este cuerpo herido que he llevado
a horcajadas contigo en la memoria.

Dejaría
que pusieras tus labios en los míos
de pan  hecho en la lumbre
que estalla en resplandor entre mis dientes.

Ámame por lo claro y sin más luces,
que tu nombre y el mío entrelazados
encontrarán la música adecuada.

El pasado no importa 
y el cuchillo
de oscuridad que fuera
trozo a trozo cortando al bies la luz
se tornará estilete entre mi carne
hambreando la tuya.

Ámame interminable y suavemente
mientras los otros nombres
emigran a sus sombras o no existen.

Digo tú  y tu presencia
me quema como un fuego interminable,
el que guardo y que espera junto al frío
que me quema en los labios.

Despedida



En ese instante sólo se te tiznó la voz.


Tu voz, que el viento convertía en hielo,
con la que me surcabas como a la tierra yerma
y me hacías granar espigas rojas.

El tono del silencio
fue la daga brillante con la que aquélla tarde
supiste penetrarme y desangrarme.

Tu ausencia asonantaba
y yo me disolvía en la nada de tu adiós.


Así nos despedimos.

(2002)

Tatuados de ceniza



Súplica






Traedme los colores del crepúsculo,
las gotas de la mar, un haz de trigo
que devuelva la música a mis versos.
¿Acaso no me veis aquí plantada
como un árbol de llanto en medio de una acequia?

Encontrada y perdida,
todo un campo de minas por mi sangre
a la espera que estalle algún milagro
que encienda el pebetero de mi boca.

Traedme todo el tiempo
que tengo almacenado en mis desvanes,
el tiempo de creer
que puedo desandarme en la memoria.

Traedme
lo dulce de las lágrimas, el hambre por la lucha,
las tardes de domingo,
la alegría
de no sentir las horas,
la risa de los niños,
la palabra.

Hasta el odio traedme.

A ver si así es posible
que en los surcos que guardo tan adentro
un verso pueda abrirme las ventanas
y ver que sigo viva todavía.

Negra ciudad




Vengo de la ciudad y me he perdido 
por la autopista de los desarraigos,
el alma incinerada, el sentimiento
ennegrecido por hollines varios.
Pequeño el corazón grande la pena
con un puntal fallido en mis andamios
y en lesa oscuridad otro mar negro
que ha venido a llevarse todo el ánimo.

Aunque se hayan parado los relojes
en las ciudades de imposible tráfago
alguno queda aún como nosotros
capaces de entender que entre los álamos
se oculta el roble azul de la esperanza.

Aquí estoy yo ¿me ves?
Toma mi mano.









Paseo por Madrid




Pasea por Madrid, lleva tacones
que le hacen ver el mundo de otra forma,
vestido negro y rojo y en el bolso
un montón de poemas inconclusos.
Un hombre se le acerca
y la mira a los ojos fijamente;
quizás es que imagine que la estatua
de arenisca que lleva incorporada
es arte de vanguardia. Pero no.
Admira simplemente a una mujer
sin saber nada apenas de su carga.

Si supiera el misterio que contiene,
su experiencia vital, su inteligencia,
seguro que de acera se cambiaba.




Pandemonio


La vida desde que amanece hasta la hora del lobo es un intenso simulacro. Para habitar esa mentira y reconciliarme con la sombra, para armonizar todo lo que soy con todo lo que puedo llegar a ser, me refugio en la literatura.

Deseo que mi vida se rija por la creencia en un día a día tolemaico, en el Sol que cada mañana algo o alguien enciende milagrosamente. No siempre lo consigo.

En medio de mi propio pandemonio sigo latiendo.

Manostijera



Si por quererme a mí fue necesario
con tinta de cadáver dibujarme la piel,
si a tu lado mi vida fue un calvario
no podrás convertirme en mujer de papel.

Con cuánta oscuridad viví a diario
tejiendo poco a poco mi propio andarivel
por huir del afán autoritario
de tus manostijera amargas como hiel.

No has logrado mi muerte
ni borrarme la esencia femenina
que atabas con tu fúnebre dogal.

El juego del vivir –azar y suerte-
me ha otorgado el poder de la heroína.
Hoy me siento inmortal.

Mediodía


Estío torrencial
el alma arde.
I.R.


Mediodía en mi voz, aquí en el pulso
del paisaje encendido de mi sangre
se va extendiendo el sol  y entre mis manos,
 todo el mapa que nubla el pensamiento
de antiguas geografías recordadas.


Echo las vista atrás y se me muestran
recuerdos no vividos todavía
y tierra adentro voy por mi espesura
de par en par abierta.

Me  contemplo en la aurora que escribía
su ternura de luz entre mis sienes
 y el aluvión de barro por mis venas
 va aguardando la luna de su otoño.

Es mediodía ardiendo en mi garganta.

En mi niñez la lluvia era un anhelo
de inexistentes árboles marinos.
Mi vida se quemó y hasta calarse
los huesos de sus llamas, fue subiendo
las gradas imposibles del diluvio. 

Pero llegó un ocaso en que volvía
de antigüedad de lunas y un  relámpago
estalló en la mirada por sorpresa
y empezó  la poeta  a hacer paisaje.

Profundicé en las luces de las barcas 
peregriné por lagos y riberas;
cuidé mi soledad como un refugio,
los huesos por sembrar, y aún se escucha
la mujer en mi voz
encontrada y perdida al mismo tiempo.

Estoy aquí  en el sol  y rodeada
de valles de infinitas soledades,
subida a la escollera de mis años
sin saber si mis ojos son mentira
o si son verdaderos los arroyos
que salpican mis párpados de tierra.

Es mediodía.
No sé qué han de traerme los campos del poniente

Tu desafío


Te quedabas en medio del asombro callado.
Garfios íntimos fúnebres horadaban el pozo
de la luz. Un cervato hacia la aurora era
mi cara y qué hondos ventanales mis ojos,
casi de selva virgen, doble barca mis cejas,
dos ocasos que no acababan nunca.

Tú traías contigo un desafío,
celos del sol, del agua, de tormentas
soportando mis pies tan diminutos
y ese ritmo de quilla de mi encanto.

Te embriagaban mis labios, mi tobogán de fuego,
el puñado de islas de no sé qué archipiélagos
como si ya el futuro que aguardamos
descifrara la incógnita de esta muerte tan viva.
Daba miedo quererme faltando tantos árboles.

Naceremos de nuevo allí donde estuviera
casi eterna la vida.
Aún quedan bengalas que encender con las manos.

Regálame



Regálame otro juego de palabras
que están dichas las pocas que me quedan
y quiero renovar vocabularios
para poder gritar que nada soy.

En cambio mis silencios permanecen
y unas pocas memorias: mis raíces
unidas al latir del universo
van también enterrándose conmigo.

Hay algo que está indemne y no sé dónde,
que espero compartir, y no sé cómo
difundir desde el pozo de mí misma.

Yo quiero reescribirme en la esperanza
y ser el instrumento que difunda
la herida de la piedra cuando muera.

Jirones I


El viento se está llevando    
los jirones de mi alma
y la estela de sus humos
no me nublan la mirada.
Las semillas del amor
van sembrando la esperanza
cuando el grito de la carne
sigue alumbrando mis ansias.

El corazón se desboca
hacia tus mares de lava
mientras resurge la hembra
atrapada entre tus algas.
Te imagino entre mis brazos
y en el envés de mi almohada
reinventándote otra vez
con mosaicos de instantáneas.

Necesito un pedacito
de tu vida y esperanza,
que si tus labios se acercan
no me escuecen ni las alas.
Y si me dices te quiero
voy a enseñarte mis mapas
y un corazón que bombea
deshaciéndote la cama.

El viento ya se ha llevado
los jirones de mi alma.

Memorias de hospital



Qué se puede decir desde esta noche 
de guardia hospitalaria.
Puedo empezar hablando de ese aroma
de añejos cloroformos
o de una tinta aguada que parece
dibujar las escenas
igual que si la muerte tuviera todavía
un poco más de vida y la cuidara.

Si yo pudiera ahora
abrir de par en par el aire y aliviar
esa fatiga de respiraciones
que los pechos arrastran
y que se escuchan como aliento sólo,
herido, muy herido,
llenando los pasillos para elevarse a veces
y así pedir aquello que le niegan,
esa brizna de brisa, pero que vuelve a ser
el único sonido de su resignación.

Están ahí unidos a este mundo
por cables, tubos y algo que les cae
gota a gota en la sangre desde un frasco.
Es igual que si el tiempo les pesara
en el centro del aire, como piedra.

Qué se puede esperar si se ha parado el tiempo,
la mirada no ve,
si casi se ha olvidado el cuerpo de su forma
y un desierto les nace en la memoria
que se olvida a sí misma.

Sólo importa el dolor.
Veo esos cuerpos donde todo es frágil
y sus manos marchitas que no pueden
ni sostener la vida,
los gestos incapaces de expresar el asombro,
mientras pienso que sólo ya les queda
ese arraigo de tubos gota a gota.

He llegado a observar en uno de esos rostros
mojados de sudor como rocío
un lívido color y una sonrisa
fugaz, apenas nada,
en una lejanía ojos adentro.

Miradlos, son los míos.
Me consuela saber que en esos pechos
está el centro del mundo.
y en cada uno el mundo entero cabe.

Ha llegado la hora de marchar
terminada mi guardia.

Estoy junto a una cama y me despido
no sé si hasta otro día o para siempre.
Tal vez no me despida y sea una espera
el tocar todo el frío de esas manos
que ni siquiera pueden apretar las mías.


Cómo expresar lo sola que está la soledad.

Lazarillo




Te adentraste en mis bosques,
trajiste el paraíso y el autobús del día,
las lanchas de tus labios.

 Andas por mis pestañas sin exigirme nada.
Callo y anida el tiempo en mis ojos azules.

Tal vez no pueda nunca regresar al calor,
a la ribera suave de los pájaros
a la fruta de barro que taponó la aurora,
a esas iniciales grabadas en mis ojos.

Pero tú me escanciaste como un vaso de sol
y fuiste el primer árbol que se quebró en mi pecho.
Embalé mi destierro. Me lloraban las calles,
el camión con mis muebles traspasó la vendimia,
pero tú me conduces.

No me diste la luz.
Si la hubiese atrapado con mis manos
yo sé que en mis retinas vería mariposas
y un ancla bajo el agua de mi cuerpo.

¿Y por qué no encontrarnos de nuevo en las murallas
de la noche los dos
y ver si aún  podemos adelantar tormentas?

Por mi esperanza cruza tu recuerdo de música
al desvestirme selvas esenciales, y tengo
el dolor de la nieve, la madurez salobre
de quien atrapa barcos con sus manos de piedra.
Cuando pasen andenes te seguiré mirando.

Mi meridiano eres. Cuánta melancolía
se albergaba en mi acento castellano.
Fuimos desmenuzando las palabras.
Por entre el diccionario con mi paraguas rojo
impediré que caiga la nieve en tus pupilas.

Yo ciega voy de amor, sé tú mi lazarillo.

Dialecto



Yo era una palmera, una niña con traje
de domingo que abría las puertas de los cosmos,
un carcaj de gaviotas emulando azucenas
parecía mi cuerpo.

Revivo tu llegada y sueltas mi memoria.
Decías que yo era un ajimez que vuela
que en mi cara brillaban los prodigios.

Llenabas tus cuadernos con apuntes. Ibas
de un asombro a otro asombro hablando en dialecto,
en provenzal, en luto, en la jerga castiza
de Lavapiés. Copiabas mis poemas tan rápido
que hoy no sé muy bien si son tuyos o míos.

Tomaste mis palabras y mis manos,
luego las despediste una a una
y me ardieron las sílabas debajo de tu nombre.

El amor abre todos los dinteles
y cómo perenniza lo que sube y cincela
ese miedo del agua a quebrarse en los dientes.

Con los libros bajo el brazo




Llovía en el Retiro.
Recuerdo escalinatas y un poema embrujado.
Daba temor mirarme. También tengo yo ahora 
una sed infinita de que surja tu imagen.

Acaricias el frágil relente de mi pelo,
sabe a limón de mármol la añoranza.
No acierto a caminar. Me asusto.
Tus muros son muy altos. Quién me abrirá las puertas.

Casi apenas mujer
te soy una exiliada que llega a la ciudad
en esta noche espesa, ésta cerrada lluvia.
Me llamas desde hondos corredores sin aire.

Quién soy yo con los libros cogidos bajo el brazo,
estudiante en la “Complu”.
Me tomas de la mano y aquel parque disipa
su maleficio verde. Se han secado mis lágrimas
Nos vamos a encontrar.

Has llegado de lejos.
 El sol hace trasbordo por tu boca
y empiezo a renacer
Mi tesis doctoral la reescribo a dos velas.
Bebemos la tristeza solemnes
de esta ciudad a oscuras que mis ojos consienten.

Quién eres, quién soy yo. Dónde vamos tan tarde
a parar gaviotas si no queda ni un taxi
por el puerto nevado de los amaneceres.
Hoy
tengo enfrente ese parque de mi inútil tristeza.

Demasiados peldaños ascendiendo a mi frente.

Daría




Daría todo el mar, todos los témpanos
del agua de mis ojos, mi llanura 
con tanta sed de sal y tanto adviento.

Daría el sufrimiento, los senderos
de tu boca a la mía, tantas leguas
que median de mi beso hasta tu beso.

Daría el trigo verde y el silencio
de tu nombre crecido en los bancales
de la heredad de mi desasosiego.

Daría estarme siempre en este estero
de las barcas y el mar, y estar contigo
más allá de la muerte y del anhelo.

Daría todo ahora, cuanto tengo
de bello en torno mío: las palabras
y el aire delicioso en que te envuelvo.


Por saber qué nostalgia, qué misterio
hay más allá, amigo, hay más acá
de esta orilla en que vivo y no te encuentro.

Enigma de sal



"Y somos como el instante
que se nos vuelve a perder,
como el agua de los mares
saciados... pero con sed."



Soy el enigma de sal
en tus ojos de tormenta
tan lejano como el agua
tan duro como la piedra
y son los míos de cuarzo
quienes guían tus cometas

En procesiones nocturnas
rasgándose las arterias
veo pasar tus instintos
empapados de tristeza
mientras los míos cabalgan
sobre el lomo de una estrella.

Soy un eclipse de luna
vestida para una fiesta
con paciencia de nogal
y fardos de sed a cuestas
echándole un pulso siempre
a la vida y a su ciencia.


Dulce como el agua dulce
llevo angostura en la lengua
y tapizo los minutos
pensándome entre tus piernas.
Coagulada tengo el alma
de tanto soñarme entera.

Niño, siémbrame en tu puerto
dame un noray que me tenga
bien sujeta a los carbones
de tus pupilas sin tregua.
Dale forma a tu sonrisa
galopando en mis caderas.

Te convierto en metáfora



Me nublaron tus besos, oí toda tu hondura,
tus caricias relámpagos
esa patria de miel y de vino, el ocaso
de inicial alegría en que se ve el final,
el más allá de tanta desnudez,
tú caporal del sueño, yo, una siembra en el aire.

Al fin me desnudé ante ti sin pudor,
pretendí que pudieses mirarme fijamente.
Ya no labrará nadie esos surcos de sombra.

¿Qué haría con un hombre debajo de la piel,
acostado en la parva de mis eras nocturnas,
si al final, tú, amigo, no advirtieras mi boca
de tierra como soy de un aljibe en incendio?

Te retorno de lejos. Me cobijo en mí misma.
Te convierto en metáfora.

Mujer de viento




Qué verdad es verdad y qué mentira cierta
es este laberinto de esdrújulas de fuego
cuando puedo doblar el mar igual que un pliego
o resumirme en dédalo por mantenerte alerta.
Yo soy ese misterio, primavera en tu huerta,
de fuentes y azaleas y el vino no escanciado
en jícara de arcilla que se duerme a tu lado
jugando con el aire del filo de tu boca.
Soy la mujer de viento que al viento descoloca
y cometa en las manos de un hombre desnortado.

Fuego fatuo III


Era yo una mujer de cuerpo entero
que llevaba por carga en su mochila
las ascuas recogidas con badila
de un amor traicionero.

Tenía un corazón que era un peldaño
dejándose escalar por cada vida
que pasaba a su lado. Fui suicida
saltando al desengaño.

¿No será que quizás esté ya muerta?
¿O seré el fuego fatuo que yo veo
caminar a mi paso...?

Sólo soy soledad que va encubierta
de sombra fantasmal. Quizás un reo
que pena su fracaso.

Noviembre, siempre noviembre



Siempre me lanza noviembre
los puñales de sus hielos
y me atraviesan la piel
y se clavan muy adentro
en el corazón que late
con sístoles a destiempo.

Trae un cántaro de luto
con angostura, repleto,
que se derrama silente
por las lunas de mis pechos
y entre el vacío del aire
y el desconchón del silencio
con su voz deja grabados
como un tatuaje negro
los cánticos funerales
que musitan los espejos.

Yo no sé quién habré sido
ni hacia dónde va el revuelo
de la sombra de mis pasos
enlutados de recuerdos,
sólo sé que entre mis ojos
llevo el alma al descubierto
que huyendo de primaveras
se enamoró del invierno.

Llevo clavos en las manos
-crucificados mis sueños-
mientras la rosa de pólvora
que alguna vez fue mi cuerpo
se deshace en la derrota
de tanto morir por dentro.

Sagita(s)





No sé qué hacer contigo cuando se ha muerto el tiempo
y entre mis muslos crecen mil dardos sin futuro
ni sé qué hacer conmigo cuando al fin me aventuro
y en tus brazos adriáticos me entrego a contratiempo.

Después de tantos años de letargo consciente
cerrando a cal y canto el propio desconcierto
se han abierto en mi cuerpo las rosas de un desierto
y mi piel se vacía en la piel del presente.

Los días se disfrazan de oscuro calabozo
y en la ventana late la íntima frontera
de dos sagitarianos nacidos en verano.

Cuando llegue diciembre beberemos el gozo
en copas de Lalique después de tanta espera.
No sé qué hacer contigo y tu viento solano.

Paraguas rojo




Si diera vuelta el tiempo
jamás me hubiese ido de viaje a la niebla.
¿O acaso no te acuerdas que vengo de profundas
añoranzas? Qué tengo yo que ver con aquellas
claridades. Seguiría siendo igual,incólume
andando por las calles de Madrid asombrada.

Si no acabase nunca de nevar por diciembre
en mi paraguas rojo. Me llega tu perfume.
Mi sonrisa se vierte por tu abrigo.
Compramos pan y vino. Tienes todo el amor
para ponerme encima igual que una capucha.
¡Llevo tanta tristeza en la mirada!

Me llega una postal y regresan los años.

Has de volver conmigo a extender la mañana
de los recuerdos. Vamos lentamente bajando
por la memoria tantos peldaños, tanta noche,
con el pudor que tienen los suicidas.

Entre la aurora un río.
A contraluz la roca donde empino mis ojos.
No sirve esta tristeza que de pronto anochece.

Tiene el amor pináculos para admirar la vida
y en mis barcas espera tan dócil el crepúsculo
a que regrese espléndido  ese trazo
coloquial de tus cejas. 
Alza el cielo de entonces su costumbre. 
En el puerto nos hablan de ballenas heridas.
 Me quisiera morir.
Estás en el retrato subrayando los días
al ritmo de campana que tienen mis palabras.

Todo es cíclico y sé que los sueños se cumplen

Ven

Desamúeblame el frío de los ojos

con tus labios de cera derretida.
Ahuyéntame la noche de los huesos,
el relente que puebla mis pestañas
y esta nieve que pesa como un fardo
cuando voy hacia ti
por senderos carentes de sorpresas.

Desalójame el cierzo de la mente
que se me están helando los recuerdos

Ahuécame lo mismo que se ahueca
una caña de azúcar a ver si soy capaz
de abrazarte de nuevo en la mañana
y poder ver el sol entre los pájaros.


Introversiones



Vivo con avidez este presente
que sólo en mí se fragua, beso apenas
las huellas del pasado que en mis venas
transitan con su lengua irreverente.

Borro las cicatrices de mi frente
para no recordar y a duras penas
intento transcender en las arenas
del río del que soy eterno afluente.

Y me invento horizontes de esperanza
vistiéndome de roca en mi paisaje
de subterráneos pozos artesianos.

Y me bebo la vida por si alcanza
la intemperie que llevo de equipaje
a retener el tiempo entre mis manos.


Cuando tiembla el recuerdo




En un rincón del alma me falta tu presencia que el tiempo me robó.
Alberto Cortez



No caben más enseres
más besos ni más mar en estas manos.
El italiano
ya lo ves, mio ragazzo, se me olvida.
La copa en que bebimos era humilde
traída de Madrid hasta el Trastevere.

Mi chico era un médico en Palermo
Vía Maqueda 12
junto a un puesto de helados y sandías.

Nos fuimos
a un concierto de Karajan,
llovía tanto sobre Villa Borghese
que si le doy la vuelta a la memoria
me llega ese tramonto siciliano
de mi chico tan guapo y tan moderno
con pantalones Loys, y en un instante
se adorna mi cabeza con claveles
mi boca con helados,
todo un puesto de flores por los hombros.


No cabe en un poema tanta historia
tantas ciudades, tantas despedidas.
Me tiemblan los recuerdos del verano
en Orvieto ,en Assisi, l
a lluvia en Monreale,
me voy sintiendo más cansada y añadiendo
más enseres inútiles a esta memoria mía.


Me voy, he de marcharme de nuevo a ningún sitio
pero llevo conmigo tu recuerdo.
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