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Memorias de hospital



Qué se puede decir desde esta noche 
de guardia hospitalaria.
Puedo empezar hablando de ese aroma
de añejos cloroformos
o de una tinta aguada que parece
dibujar las escenas
igual que si la muerte tuviera todavía
un poco más de vida y la cuidara.

Si yo pudiera ahora
abrir de par en par el aire y aliviar
esa fatiga de respiraciones
que los pechos arrastran
y que se escuchan como aliento sólo,
herido, muy herido,
llenando los pasillos para elevarse a veces
y así pedir aquello que le niegan,
esa brizna de brisa, pero que vuelve a ser
el único sonido de su resignación.

Están ahí unidos a este mundo
por cables, tubos y algo que les cae
gota a gota en la sangre desde un frasco.
Es igual que si el tiempo les pesara
en el centro del aire, como piedra.

Qué se puede esperar si se ha parado el tiempo,
la mirada no ve,
si casi se ha olvidado el cuerpo de su forma
y un desierto les nace en la memoria
que se olvida a sí misma.

Sólo importa el dolor.
Veo esos cuerpos donde todo es frágil
y sus manos marchitas que no pueden
ni sostener la vida,
los gestos incapaces de expresar el asombro,
mientras pienso que sólo ya les queda
ese arraigo de tubos gota a gota.

He llegado a observar en uno de esos rostros
mojados de sudor como rocío
un lívido color y una sonrisa
fugaz, apenas nada,
en una lejanía ojos adentro.

Miradlos, son los míos.
Me consuela saber que en esos pechos
está el centro del mundo.
y en cada uno el mundo entero cabe.

Ha llegado la hora de marchar
terminada mi guardia.

Estoy junto a una cama y me despido
no sé si hasta otro día o para siempre.
Tal vez no me despida y sea una espera
el tocar todo el frío de esas manos
que ni siquiera pueden apretar las mías.


Cómo expresar lo sola que está la soledad.
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