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Súplica





Traedme los colores del crepúsculo,
las gotas de la mar, un haz de trigo
que devuelva la música a mis versos.
¿Acaso no me veis aquí plantada
como un árbol de llanto en medio de una acequia?

Encontrada y perdida,
todo un campo de minas por mi sangre
a la espera que estalle algún milagro
que encienda el pebetero de mi boca.

Traedme todo el tiempo
que tengo almacenado en mis desvanes,
el tiempo de creer
que puedo desandarme en la memoria.

Traedme
lo dulce de las lágrimas, el hambre por la lucha,
las tardes de domingo,
la alegría
de no sentir las horas,
la risa de los niños,
la palabra.

Hasta el odio traedme.

A ver si así es posible
que en los surcos que guardo tan adentro
un verso pueda abrirme las ventanas
y ver que sigo viva todavía.


La mirada de Valentín Martín

Es en la noche cuando los niños sueñan con el lobo y los solitarios se hacen más chicos porque el silencio les desmerece y la sombra de los desamores crece y se agiganta hasta fundir la escasa fe en el futuro que a uno le queda y es en la noche cuando los que han perdido toda esperanza suelen elegir el camino para irse del todo, la noche. La mujer del poema está en la noche, porque para una poeta que vive de su poesía el secarral es la noche, cuando se apagan todas las palabras, incluso los murmullos y los rastros de las lenguas que un día hablaron y dijeron está hermosa la mar o saben a gloria tus besos. Desde ese secarral llega el grito imperativo, no de súplica sino más bien de compañerismo exigente y humano, la orden de hermano a hermano, la voz de quien no quiere morir de inanición, el nombre de la que sigue queriendo tener nombre, la resistente a ser menos que un minuto desvaído, la que quiere vivir con rosas en el pelo todavía, la que quiere vivir.
Esta voz que se alza hoy ante mí me llena de una fe en el ser humano como pocas veces he sentido, cómo se me remueve la intimidad de marzo, qué bien le sienta a mi estructura de hombre a secas, cuánto vale la belleza cuando se tiene tanta hambre y el gramo escasea mucho más que el olvido, a quién debo darle las gracias por seguir tan vulnerable como un pájaro libre, qué ganas de pronunciarte I-sa-bel como se paladea el vino antiguo de misa o las sombras de las encinas en estíos jóvenes, poco valgo o te traigo un ramito de madrugadas con luz de bienvenidas para que acabe la noche y el secarral se vuelva de espaldas. Pronunciar I-sa-bel y ya está, surge la poesía como despiertan los volcanes y nos dicen que la tierra sigue viva. Porque viva estás, no has conseguido dormir tu voz, nadie te ha robado todo, sólo era el tiempo que se había quedado quieto, el riesgo de la nada ya no existe.
El poema es una vivencia, un itinerario hacia adentro donde habita la salvación, el culto personal por la poesía y la palabra, un ritmo nada dulzón sino exacto, la apología de la intemperie, la vivencia suave del fluir del verso, el resultado de una pasión, la extremaunción de la angustia, la exteriorización del frío, la plenitud de la mujer. El poema es mucho, pero sobre todo la obsesión de vivirse en los demás de nuevo, como un renacimiento imprescindible donde la propia personalidad se entrega sin reservas y con motivos.
Los nuestros: la inmensa alegría de saberte otra vez.







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