Por amr al arte
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Dies irae



Porque nosotros dos, algunas veces,
descorrimos el velo del encanto,
porque nos fascinó su hechizo tanto
que consumimos nuestro amor con creces.

Porque hoy te parezco y me pareces
una imagen vulgar, un desencanto,
mirémonos, gritemos nuestro llanto,
bebámoslo también hasta las heces.

Abramos, sí, como quien abre un muro
de par en par las puertas del pasado
con el odio feroz con que nos mira.

Nosotros lo matamos: no hay futuro
pero es la herencia que nos ha quedado.
¡Conservemos intacta nuestra ira!


Cambios

(desde mi "piso gallego")

Iba metiendo libros en paquetes inútiles.
Los dedos me temblaban. Venían los amigos
a salpicar de firmas el salón de mi casa.
Si hubiéramos comprado una casa en Venecia,
afirmado columnas una tarde en Madrid
o si yo hubiese estado en mi piso gallego
cuando la lluvia rápida...

Pero metía libros
en el furgón. Temblaba mi cuerpo, mi esqueleto,
me crecían raíces debajo de la piel
pensando en aquel banco del Parque del Retiro.
Yo, una mujer más, con su miedo sin luna,
desmigando tu nombre lentamente.

Camino con mis pasos diminutos a dónde,
sólo sé que metía en estúpidas cajas
mi biblioteca, el árbol del bien y el mal, los ríos
del corazón, las rosas del desierto, los gallos
de Portugal, las fotos con tu perfil y oía
a mis libros cerrarse de un portazo.

Te siente mi memoria en un jardín de Siena.
Se suceden las horas en qué reloj sin tiempo.
Llueve en todas mis páginas
que es la única estatua que he salvado
de este enorme naufragio de poemas
corregidos a lápiz esperando el tranvía.

He de marcharme


Rodeada de cosas olvidadas
con tanto agobio encima de mis hombros
recojo libros, fotos, cuadros sin paisaje,
mucho papel en blanco
y mis pupilas
sin saber dónde ir, y cómo el alma
se acostumbró a la luz de atardecer.

Toda mi casa
va hoy a la deriva. Ya no encuentro
barqueros, lo esencial, en las carpetas
se perdieron retratos, versos míos
y aquéllas primaveras. Quién me aguarda,
me llama desde lejos, nada sirve
de mis maletas, folios, a esta hora
penúltima en que veo
como si ya estuviera sin disfraces
y fuese otra persona la que ocupa
mi corazón, mis huesos, sólo míos
los ojos esta tarde, circundada
de espejos del crepúsculo y cajas de cerillas
sin fósforos e inútiles postales sin paisajes,
de caminos que nunca he andado.

Ha llegado la hora de partir.
Ruedan los cláxones
en mi tranquilidad, en este miedo
a ir cerrando ventanas.

Me voy, he de marcharme
de nuevo a ningún sitio, el mar no aguarda
se mete en los dinteles, abre puertas
empuja, inunda el alma
y lanza mi existencia hacia las rocas.


¿Salvaréis mi equipaje de sus olas?

Mansedumbre

Estás en ese punto en que lo que pasó es mucho más que lo que se vislumbra. Ha sido largo y difícil, muy difícil, pero jamás intentaste acortarlo.
Has sido valiente para enfrentar la vida y leal con tus amigos, aunque algunos terminaran como despojos y te frustraran.
Tampoco te quejaste demasiado cuando alguien te consideró exclusivamente como una profesional útil y precisa.
En el fondo, reconócelo, siempre te satisfizo que te necesitaran.
No tuviste nunca grandes ambiciones ni se te ocurrió pensar que la humanidad estuviera en deuda contigo, así que tampoco esperaste grandes compensaciones, ni premios, ni regalos.
Buscabas la paz y es casi lo que tienes.
Buscaste amor y todavía te late el corazón para la entrega.
Al final, Isabel, naciste mansa y heredaste la tierra.

¿Se puede pedir más?

Escribirme

Si pudiera escribirme en diagonal
-sólo a mí se me ocurren estas cosas-
lograría escribir ese poema
que llevo tantos años esperando.

Si pudiera escribir saltando esquinas
entre los recovecos de mi alma
y esquivar los jirones del recuerdo
tal vez fuera capaz de reinventarme
sin repetir a diario cuatro veces:

No le des tantas vueltas Isabel
quizás lo de tu muerte tenga arreglo
lo de tu vida nunca.

Premonición


Una premonición de fuego me obsesiona,
me desencaja el alma, abierto horno,
frente al dolor que intuyo va acercándose
como un río de lava. 

Potro solar, la sangre se desboca
en piedras y sarmientos,
abismales caminos a la hoguera
de una mujer cegada al horizonte.

Me persigue el dolor como una sombra
ansiosa y temporal. Incontenible
limón para los ojos y los dientes.

Intento hundir los dedos
en la arena del tiempo. Me desgarro.

No escapa el mar de mí. Se me cobija
en ebria mansedumbre de amargura
húmedamente vidrio, rojo mimbre.


No existe el agua en vilo, ni desiertos
que me muestren sus dunas.
Solamente el dolor, la alborotada sangre
que se hace surtidor hacia el exilio
de un corazón de agosto desmembrado.

El instante ámbar



Duró solo un instante la potencia 
real y enajenada del sentido, 
el puro no ser más que el haber sido 
vivo deseo en plena transparencia. 

La fugaz explosión de una vivencia 
sin razón ni proyecto definido: 
algo que ya nació como extinguido 
en la anticipación de la conciencia. 

Pero cómo recuerdas el momento, 
cómo te duele su pequeña historia, 
sus otras más posibles y negadas. 

Con qué rigor dibuja el pensamiento 
el acto de guardar en la memoria 
geometrías de amor desesperadas. 

Caída libre

Trozos de nada
-una suma de mil silencios ciegos-
La llama del recuerdo que desata la lluvia
y unos ojos nadando en la tristeza.
El ala única e inversa.
C
a
e
r
al vacío de líneas invisibles.
Mapa de vértigo.
Tocar el fondo.
Trepar por la escómbrica escalera
(la carne más la herida,
aullidos copulando la palabra)
Salir al callejón de otro comienzo
tras las huellas de sangre,
el sueño en la diáspora de polvo
y la vida marcada por todos los olvidos.

Isabel



Una mujer me mira fijamente
con sus ojos pletóricos de sangre.
Su cuerpo sobresale entre las ruinas
que ha dejado el reloj por el camino.
Obscena me sonríe
y muestra poco a poco
el histérico blanco de su terca sonrisa. 
Me llama con las manos porque quiere tocarme.
Quiere hendirse en mi vientre,
escarba con las uñas
y me parte con una convulsión
que es náusea para el alma.

Yo que he visto de todo:
cuerpos descuartizados,
tragedias de cien guerras
y cadáveres rotos por el suelo,
no he podido mirar cuando me observa
la cara de una niña. 
Una niña que grita todavía.

Y se llama soledad



La soledad no se toca
pero tiene el aroma putrefacto
de la leche cortada,
la caricia punzante de la aguja.

Y por eso te busco
con la torpeza de los dedos ciegos
por todas las esquinas de mi cuerpo selvático
sobre el mapa de ausencias esperables.

La pared se me vuelve
un sendero infinito hacia la carne
y apenas se distinguen
cemento y piel marchita.

Las brújulas que habitan mi garganta
tiritan por los nortes ignorados,
me hablan con la lengua de las cosas.

Yo relleno con ellas mis bolsillos
tratando de arrancarle a la tierra invisible
algo que sea tuyo.




--------------------------------------------------

La soledad no anuncia que ha llegado
dando de aldabonazos en la puerta del alma.
Uno, la pisa un día o se la choca
o se cubre con ella como con un abrigo
que no atempera vientos.

Uno, se va poniendo solo, como una pared sola
roído por la sal y por la lágrima
mientras le crecen hierbas y le nacen pedruzcos
a los pies
y en las alas con que antes se iba lejos.

La soledad te roba la garganta
y se lleva a su lecho los fonemas que eran para los otros.
Todo se muda de color y espacio
gana en otras turgencias y otros grises
gana también en otros espejismos.

Ya sabes.
Yo ando así por el planeta
a veces de tu mano y tu caricia
a veces solo, como un animal viejo
al que lo han puesto chúcaro la vida
y el paisaje violento de los hombres.

Ando a tu lado a veces por la risa
por el miedo y el gozo, por la pena y la aurora
creyendo hacer posible lo imposible
con esta ignota fe que nos han dado
para creer y descreer del día.

Cuando me siento solo
inmensamente solo como un quimíl del tiempo
en la arena fugaz del Coliseo
yo conjuro tu nombre
y me hago pájaro.


Un beso, Isabelita Reyes.

Alejandro Salvador Sahoud

Solitudes

Estoy viendo la película
del pretérito vivido
y la nostalgia me duele
como el canto de los grillos
que resuenan desde el alma
hasta el brocal del abismo.
Mas mi voz de garabato
y carámbanos ardidos
acostumbra a proteger
mi intemperie desde siglos.

Siempre arreciada de soles
siempre a solas y conmigo
entre mis mares de piedra
y mi voz de doble filo
voy labrándome despacio
mi propio Huerto de Olivos.

Entre la sal de mis párpados
mis ojos son sólo añicos
que van vertiendo puñales
hacia el mar de los vencidos
-marea que se me sube
con saña de escalofrío-.

Dentro de mí guardo tanto
que es imposible el olvido.
Dentro de mí está la Vida
elevada al infinito.

Mater amantisima

Porque eres como un dique
que contiene mi lluvia y poderío.
Porque es tu voz la mía
y pones en mis huellas tus pisadas.
Por contener el aire en lo profundo
con tus manos de piedra y mirar a lo lejos
sin ningún parpadeo, taladrando
el paisaje callado,
 porque sé
que te llueven tormentas de ternura
y dentro de ti misma,
-como el agua de un cántaro sin barro-
estás casi rompiéndote de frágil.

Por eso y mucho más que tú conoces
yo no ceso hija mía
de abrirme vena a vena
   sobre las azucenas de tu vientre.

Guerras íntimas


Profunda bajamar varada en luna
clavándose a puñal en nuestras pieles
que se adhieren en medio de la incógnita
en un mítico hotel de cualquier parte
vencida yo al final de tanto anhelo.

Te adueñas de mi cuerpo como un abra
que de pronto entrevieras desde siglos
de superar viajes y naufragios.
Lo imposible
de este jarro de humo que es mi nombre
en tus manos se crece y se hace hembra.

Dime en qué cartapacios,
qué recuerdos, debajo de qué ríos,
en qué vieja tristeza guardo ahora
pretéritas imágenes
mi flequillo de fuente de Cibeles
y la luz de mi boca prohibida.

Inventaré mañanas
porque al menos me quede en la memoria
el vendaval que derribó los muros
tensados de mis párpados
y se llenen mis ojos con la imagen
de nuestras guerras íntimas.

Hypnos

Si soñé con dejarte, hoy he soñado
otra vez con pasión que te tenía,
eras de escarcha y bruma y parecía
que empapabas mi cuerpo desolado.

Si resolví negarte, hoy he negado
mi abdicación, mi lucha, mi agonía,
eras de arena y viento y se perdía
tu cuerpo en dunas de perfil dorado.

Debes saber que quise y que no pude
y qué difícil fue decir: no quiero,
si había que decir: es imposible.

Si he de perderte pues, vuélvete, acude,
ven por mi sueño como en un sendero
a tu morada cierta y accesible.

13 de enero


Niña sol, niña luna,
niña mar que amanece y se halla a sí misma…
I.R.

Me pesa el corazón igual que un ancla
me arrastra y me sujeta hacia a lo oscuro
me sangran los oídos  y mis ojos
no tienen la humedad que  necesitan.

Y me pueden las ganas de esconderme
de ese miedo cobarde de escuchar
 palabras que no quiero y que se clavan
como golpes de ortiga por mi pecho

Me pregunto por qué tanto dolor
si liberé a los cuervos de tus oscuridades
si al río de tu vida lo estuché con mi carne
y te llené los ojos de allegros luminosos…

Y yo que siempre he estado acariciando heridas
restañando palabras
¿por qué no puedo ahora hacerlo con las tuyas
y a la calma llevarte?

Tu calma que alcanzó entre mis brazos
habitación y hondura
de nuevo otro bisiesto la ha deshecho en añicos.

Indago inútilmente en mis mares más íntimos
pobre buzo de mí
y un  grito clama al cielo de mi luna podrida
nuevamente en enero.

Vanitas

Hoy siento que es el tiempo
de abrir la vanidad y preguntarme
¿Y el collar de diamantes, para qué,
si no es para ocultar la cicatriz
de la traqueotomía?
¿Y el vestido de fiesta en el armario
si no me quedan fiestas?
¿Y para qué mi piano en el salón
condenado al adorno, a silenciar
las notas del gozoso bolero de Ravel?
Hoy es tiempo, lo sé, de abrir la herida
allí donde se oculta la pregunta;
el día de dejar éste vivir caótico
de las cosas que crecen y decrecen,
que son mías y nunca han sido mías.
Pues hoy, aquel que marca los designios,
puede marcar el triunfo
del ácido carbónico si hay déficit de O2
(símbolo del oxígeno como ustedes ya saben)

Bipolaridad

Otro ser
 abrió los ojos en mis ojos.
No sé qué sucedió, cómo ni cuándo.
Mi cerebro de súbito
era nido de otros pensamientos,
el aire era su aire y nunca supe
el exacto momento metamórfico
que dejaron mis manos de ser manos,
mientras yo me escondía en un rincón
con los párpados húmedos
igual que se guarecen los objetos pequeños
en los grandes bolsillos
muy por debajo de lo cotidiano.

Era un extraño yo que se llamaba
como me llamo yo.
Quedó en el horizonte
suspendido en las huellas de la bruma.
Éste que está escribiendo 
 es otro que no encuentra

  su nombre y toma el mío
y roba las palabras pensadas por aquél
enhebrando la pluma con sus dedos,
para cuervo volverse
sobre la única palabra útil
y de forma mezquina se la traga
con un revoloteo de letras y caricias.
Sin ella no es nadie pero ahora…
ahora soy yo misma por entero.

Soy yo y son mis manos, mis pies, mis pensamientos
Son mis ojos abiertos sobre ojos ajenos.

Honrar la vida



La vida va creciendo en tu dulce paisaje
como una enredadera de roja encarnadura
y en tu carne marítima nace la singladura
de su primer viaje.

Mujer astral sedienta de caricias y besos,
vientre donde maduran las voces germinales,
noria que riega siempre mis viñas y trigales
sorbiéndome los huesos.

Manantial de mi sangre y de mi pensamiento
arcilla de mis versos que nacen como brasa,
cumbre de la memoria donde tiene su casa
mi molino y tu viento.

Altamar de mis puras travesías de ensueño,
barca delgada y núbil de mi melancolía,
musa llevando siempre mi ardiente poesía
en tu vientre pequeño.

No puedes desdecirte de mi perfil altivo
ni negar que mi greda ha labrado tu vaso.
Yo te parí a la vida violentamente al raso
carnal y sensitivo.

Tienes mi mismo andar, mi color y mi frente,
mi pedernal nostalgia crucifica tu pecho.
De par en par abierto tienes todo el barbecho
buscando mi relente.

Nidal de filigranas y azul cristalería,
árbol de mis raíces y savias terrenales
quiero que abreves siempre mis puntos cardinales
si llega la sequía.

Y quiero que tu cuerpo de salobre corteza
reciba la ternura que disloca mi entraña.
Quiero acabar mi vida –cosiéndome en tu laña-
donde la vida empieza.

Daría



Daría todo el mar, todos los cántaros 
del agua de mis ojos, mi llanura 
con tanta sed de sal y tanto llanto. 

Daría el sufrimiento, los senderos 
de tu boca a la mía, tantas leguas 
que median de mi abrazo hasta tu cuerpo. 

Daría el trigo verde y el silencio 
de tu nombre crecido en los bancales 
de mi heredad estéril tanto tiempo. 

Daría estarme siempre en este albergue 
de las barcas y el mar, y estar contigo 
más allá de los campos y la muerte. 

Daría todo ahora, cuanto tengo 
de bello en torno mío: las palabras 
y el viento delicioso en que te envuelvo

por saber qué nostalgia, qué misterio 
hay más allá, amigo, hay más acá 
de la orilla en que vivo y no te encuentro.

En la playa



Sentada frente al mar bajo la calma
de las olas rompiendo
con sus voces de piedra,
es muy fácil pensar que el mundo es bello.

Mientras mis hijas juegan en el agua
la espuma de algún dios de pacotilla
posa suave en mis ojos
el extraño sabor de la armonía.

Esta brisa, esta luz, este poema
aquel barco pesquero que regresa
perseguido por miles de gaviotas…

Sentada frente al mar sería fácil
volar también con ellas y subirse
al alto del paisaje, pensar a voz en grito
que la paz es posible.

El mundo se desangra en mi mirada
por un cuerpo de niña de Basora
y es difícil sentarse frente al mar
sin separar el agua de las lágrimas.

Puedo oír las sirenas
convertidas de pronto en ambulancias
aparcando el horror frente a la entrada
de una escuela hospital, aquí tan cerca.

Ese cuerpo me sigue a todas lados
cojea en mi retina, en mi cabeza
en la terca cojera de mis manos
arrastrando palabras, sin saber bien del todo,
si este frío en la punta de los labios
es la pierna amputada de una niña
o la sangre de alguna de mis hijas
alcanzadas de pronto por las balas.

(Esta vieja obsesión que me persigue
de sufrir por los hijos que no sufren,
de llorar de repente en cualquier parte…)

Pero el mar sigue ahí, y ellas persisten
levantando castillos en la arena
y es difícil negarles si me miran
la sonrisa más cálida.


Esta brisa, esta luz, este poema
aquel barco pesquero regresando
perseguido por miles de gaviotas...

Esta mujer que ríe amargamente
porque el mar sigue ahí... también sus olas.

Tal vez debiera hablaros


Tal vez debiera amigos hoy hablaros

no de puestas de sol ni de veredas,
no de la barca aquella junto al puerto
ni del vaso de vino que se quiebra
cuando vas a beberlo.

Tal vez debiera hablaros de los cielos
que le ocultan el sol a ésta mi tierra
de piedra y antracita y marineros
claveteada aquí como una herida
justo aquí, en mis ojos ya resecos.

Y hablaros de mí misma
que arraigada en la anchura de este aire,
quemada de dolor y ebria de versos
me arranqué una mañana de mi carne,
atravesé los límites del cuerpo
y anduve sobre el mar con mis cenizas.

El alarido

Venía de regreso
con un papel pequeño entre las manos
y la indefensión más absoluta.

El viaje era de asfalto
y no jugaban niños en la acera.

Sólo en mi mano aquel papel sudado,
un recado pequeño,
con esa letra horrible que adoptan los doctores
para diagnosticar ese suceso
que no quiere saberse por temido.
De pronto ese vacío,
ese momento en que se siente tanto
que no se siente nada...
Indiferente el sol
al verde de mi tierra tan hermoso
sangraba con el rojo del ocaso.

Y después
rompiendo el universo de mi cuerpo,
un exabrupto ronco,
un gemido más hondo,
un profundo alarido de dolor
y todas las palabras saliendo de mi pena.

Sólo pedí que nada
retirara las huellas de mi almohada.

Sábado de ceniza



Se enceniza mi voz
al paso de las horas de un sábado lluvioso.
Quisiera que mis manos fueran pájaros
para ganar altura. Pero tengo ceniza,
tengo polvo en las sílabas del alma,
en cada pliegue
del frío que los dedos acarician
y no puedo siquiera alzar el vuelo.

Es sábado sin árboles, sin luna
cayendo hacia la noche sus relámpagos.

La vida lentamente me entreabre
su flor seca, raíces, polen mustio
como maná de campos abrasados
que se aferra a mis huellas, que otras veces
jugaron con la arena y las palomas
a la orilla del mar. Hoy todo es sábado
con ceniza en mi entorno
que se agrieta, marchita, llueve y vuelca
su íntimo diluvio
como una muerte cósmica en mi cuerpo. 

Es sábado continuo y melancólico
fraguándose en mi centro, en esta inerme
ruina de mis cosas. Qué remedio
si al fin y al cabo todo se destruye.

Bailando con olas

Mis pechos bailan valses con las olas
al margen de pecados capitales
y no sé de virtudes teologales
cuando me enfrento con el folio a solas.
Se forman en mi carne fumarolas
-con la celeridad del estallido-
desde el cráter lunar de lo perdido
hasta la ambigüedad de lo futuro.
Como pide la luz el tiempo oscuro
yo pido recordar lo que he vivido.

Rosa de pólvora


Fui la rosa de pólvora gastada
en derribar las presas de los ríos,
gasté balas de fe en mis estíos
y por cosecha nunca obtuve nada.
No sé por qué nací tan bien armada
si no tuve enemigos a mi altura
para matar a medias la ternura
y hacer menos feroz el desconcierto.
Hoy sólo soy la rosa de un desierto
y un oasis al sol de la locura.

Mujer de roca

Aureola su piel, mujer de roca
fugitiva del pozo en que se abisma;
pura serenidad de la marisma
y un milagro de música su boca.
¿Qué deseo ancestral te descoloca
la visión del presente yuxtapuesto
a la litografía de su gesto,
e imán para tu lluvia inagotable?
¿Puede ser el olvido inalcanzable?
Sueños y amor se mueren:

vive el resto.

Quimera


Para ti solo fui una quimera
un perfume olvidado bajo tu almohada, 
un talado recuerdo de madrugada
en tu carne extenuada de tanta espera.
Si tu boca en mi boca fue traicionera
mi despecho moneda con que pagarte,
dos carbones mis ojos para abrasarte
con cenizas de olvido. Restablecida
no te guardo rencor. Vuelvo a la vida
haciendo del ayer punto y aparte.

Pregunta en la tarde


He dejado mi casa con los libros abiertos.
Me fui por la acuarela de la tarde
a mirar el Cantábrico.

Estoy tan distraída con cada cormorán
-el cielo malva y rosa por la luz del poniente-
que el verso se resbala por los labios del alma.

Ya no digo palabras, pero sé que la tarde
es hermosa y es mía
y sé que el mar se peina los lomos de entusiasmo
mientras sueño poemas admirando el paisaje
por detrás de la curva de las aves marinas.

En tardes como ésta se sabe la importancia
de tener en las olas un rosario de sendas,
unos versos de yodo mezclados con las algas
y el soportar la espera en el astro más íntimo.

Desteñidas canciones
de remos y de brea me ponen tensa el alma
como un arco de júbilo
y mi verso nervioso empina arboladuras
quedando inaccesibles los ojos del remero.

¿Sentirán las arenas las huellas de mis pies?

Bolero de Ravel



Mientras suena el Bolero de Ravel
con su tempo obsesivo y envolvente
se estremece mi carne al presentir
los ritos del placer con que me bebes.

La noche es un truhán que se me acerca
en tus labios que llegan oferentes:
carne de fuego en luna consonante
quemando dos orillas. Ola y puente.

Recorres los bancales de mi piel
te pierdes por las dunas de mi vientre
-mar en llamas mis pechos, luminarias
de un deseo tan súbito que duele-.

En mis caderas cabe tanto mar
y en mi sexo tantísimo poniente
que mecida en la cuna de tu cuerpo
sólo espero la lluvia en mis badenes. 

Y una y otra vez el mismo clima
le da la vuelta al sol y el cielo hierve
al llegar a la cúspide azarosa
del clímax y el delirio de la muerte.

Supongo que de mí no quede nada



Supongo que de mí no quede nada
más que alguna ceniza, acaso el viento,
y un inventario de resentimiento
de antiguo vendaval y agua pasada.

La memoria, quizás descabalada,
se recubra de azules un momento
y recuerde tenaz el movimiento
de una mujer que siempre estuvo atada.

Hoy por hoy, sobrevivo sin careta
en un mundo que rompe el entramado
quimérico, irreal, desvanecido.

¿Perdurarán mis huellas de poeta
en la sangre del verbo derramado?
Entera me jugué. Y me he perdido.

Cilicio



Dime qué maldición, qué maleficio
me envolvió en el turbión de este fracaso
del tránsito vital, y dime acaso
si no fue todo él un desperdicio.

Si el amor que te di no fue ficticio,
si sentir supe siempre al cielo raso,
por qué tuviste que marcar el paso
hacia tu ausencia plena y mi cilicio.

Beso tu nombre en nuestras tres chiquillas
cuando pregunto y nadie me contesta
y muy a mi pesar no encuentro el centro.

Mis palabras, normalmente sencillas,
intentan evitarles la respuesta
y el intenso dolor que llevo dentro.

Me pregunto en silencio de qué jirón de aurora
el eco de mi voz se ha construido,
qué mórbida pasión, qué arrítmico latido
me condujo hasta el dédalo del ojo de Pandora.

Qué impertérrito sueño me sorprendió a deshora
saltando a trompicones guarnecido
de brutal sinrazón, negándome el olvido
de residual memoria con su sed invasora. 

Hoy deseo romper el poema conmigo
pues muero en una celda donde sueño despierta
que me quema en su fuego.

Qué terrible castigo
es este sinvivir que me mantiene alerta
buscando la palabra que me infunda sosiego.

Memoria desgarrada



A veces le recuerda igual que una canción
oída en un viaje sin destino.

La noche y su fatiga
se vierten en la arena de una playa
manchada de residuos
y una frialdad de luna le atraviesa
igual que un iceberg desarraigado.

El viento habla de él.
No hay nada más igual a un lecho mortuorio,
que ese largo recuerdo que se anuncia
traído por el viento del olvido.
No hay silencio más frío que el ayer de su boca.

Le recuerda flotante
igual que esa balada que no se aprende nunca
al límite del sueño
y entre conversaciones comenzadas.
Se asoma entre las horas
y al girarse desgarra su memoria.

Salid en silencio

Cuando todo es de hierro
y la sombra persiste en envolver
la luz y las palabras
y salen de estampida las ideas
bajo el cielo de escombros;
cuando los anchos túneles devoran
los gritos, los alientos y las lágrimas,
entonces me suspendo
como una mansa gota de tiniebla.

Y no quiero que nadie, -digo nadie-
se acerque a mi brocal, ni que me toque
ese viejo compás en semifusas.

Así que por favor,
damas y caballeros de la sala,
háganme la merced de salir en silencio.

De lluvia





Tienen mis manos lluvia y lo agradezco.
Es agua y es amor, claro regalo
del tiempo de equinoccio en el que vivo,
pero es también limpieza
para cuidar, sembrar, regar los árboles
de la mitad del alma.

Llueve tanto en mi tarde que me sirve
para que todo quede barnizado,
transparente, irreal,
concreto y puro.


La lluvia es agua y sed.
Siempre que llueve en mí, todo comienza.
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