Por amr al arte
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Súplica






Traedme los colores del crepúsculo,
las gotas de la mar, un haz de trigo
que devuelva la música a mis versos.
¿Acaso no me veis aquí plantada
como un árbol de llanto en medio de una acequia?

Encontrada y perdida,
todo un campo de minas por mi sangre
a la espera que estalle algún milagro
que encienda el pebetero de mi boca.

Traedme todo el tiempo
que tengo almacenado en mis desvanes,
el tiempo de creer
que puedo desandarme en la memoria.

Traedme
lo dulce de las lágrimas, el hambre por la lucha,
las tardes de domingo,
la alegría
de no sentir las horas,
la risa de los niños,
la palabra.

Hasta el odio traedme.

A ver si así es posible
que en los surcos que guardo tan adentro
un verso pueda abrirme las ventanas
y ver que sigo viva todavía.

Negra ciudad




Vengo de la ciudad y me he perdido 
por la autopista de los desarraigos,
el alma incinerada, el sentimiento
ennegrecido por hollines varios.
Pequeño el corazón grande la pena
con un puntal fallido en mis andamios
y en lesa oscuridad otro mar negro
que ha venido a llevarse todo el ánimo.

Aunque se hayan parado los relojes
en las ciudades de imposible tráfago
alguno queda aún como nosotros
capaces de entender que entre los álamos
se oculta el roble azul de la esperanza.

Aquí estoy yo ¿me ves?
Toma mi mano.









Paseo por Madrid




Pasea por Madrid, lleva tacones
que le hacen ver el mundo de otra forma,
vestido negro y rojo y en el bolso
un montón de poemas inconclusos.
Un hombre se le acerca
y la mira a los ojos fijamente;
quizás es que imagine que la estatua
de arenisca que lleva incorporada
es arte de vanguardia. Pero no.
Admira simplemente a una mujer
sin saber nada apenas de su carga.

Si supiera el misterio que contiene,
su experiencia vital, su inteligencia,
seguro que de acera se cambiaba.




Pandemonio


La vida desde que amanece hasta la hora del lobo es un intenso simulacro. Para habitar esa mentira y reconciliarme con la sombra, para armonizar todo lo que soy con todo lo que puedo llegar a ser, me refugio en la literatura.

Deseo que mi vida se rija por la creencia en un día a día tolemaico, en el Sol que cada mañana algo o alguien enciende milagrosamente. No siempre lo consigo.

En medio de mi propio pandemonio sigo latiendo.

Manostijera



Si por quererme a mí fue necesario
con tinta de cadáver dibujarme la piel,
si a tu lado mi vida fue un calvario
no podrás convertirme en mujer de papel.

Con cuánta oscuridad viví a diario
tejiendo poco a poco mi propio andarivel
por huir del afán autoritario
de tus manostijera amargas como hiel.

No has logrado mi muerte
ni borrarme la esencia femenina
que atabas con tu fúnebre dogal.

El juego del vivir –azar y suerte-
me ha otorgado el poder de la heroína.
Hoy me siento inmortal.

Mediodía


Estío torrencial
el alma arde.
I.R.


Mediodía en mi voz, aquí en el pulso
del paisaje encendido de mi sangre
se va extendiendo el sol  y entre mis manos,
 todo el mapa que nubla el pensamiento
de antiguas geografías recordadas.


Echo las vista atrás y se me muestran
recuerdos no vividos todavía
y tierra adentro voy por mi espesura
de par en par abierta.

Me  contemplo en la aurora que escribía
su ternura de luz entre mis sienes
 y el aluvión de barro por mis venas
 va aguardando la luna de su otoño.

Es mediodía ardiendo en mi garganta.

En mi niñez la lluvia era un anhelo
de inexistentes árboles marinos.
Mi vida se quemó y hasta calarse
los huesos de sus llamas, fue subiendo
las gradas imposibles del diluvio. 

Pero llegó un ocaso en que volvía
de antigüedad de lunas y un  relámpago
estalló en la mirada por sorpresa
y empezó  la poeta  a hacer paisaje.

Profundicé en las luces de las barcas 
peregriné por lagos y riberas;
cuidé mi soledad como un refugio,
los huesos por sembrar, y aún se escucha
la mujer en mi voz
encontrada y perdida al mismo tiempo.

Estoy aquí  en el sol  y rodeada
de valles de infinitas soledades,
subida a la escollera de mis años
sin saber si mis ojos son mentira
o si son verdaderos los arroyos
que salpican mis párpados de tierra.

Es mediodía.
No sé qué han de traerme los campos del poniente

Tu desafío


Te quedabas en medio del asombro callado.
Garfios íntimos fúnebres horadaban el pozo
de la luz. Un cervato hacia la aurora era
mi cara y qué hondos ventanales mis ojos,
casi de selva virgen, doble barca mis cejas,
dos ocasos que no acababan nunca.

Tú traías contigo un desafío,
celos del sol, del agua, de tormentas
soportando mis pies tan diminutos
y ese ritmo de quilla de mi encanto.

Te embriagaban mis labios, mi tobogán de fuego,
el puñado de islas de no sé qué archipiélagos
como si ya el futuro que aguardamos
descifrara la incógnita de esta muerte tan viva.
Daba miedo quererme faltando tantos árboles.

Naceremos de nuevo allí donde estuviera
casi eterna la vida.
Aún quedan bengalas que encender con las manos.

Regálame



Regálame otro juego de palabras
que están dichas las pocas que me quedan
y quiero renovar vocabularios
para poder gritar que nada soy.

En cambio mis silencios permanecen
y unas pocas memorias: mis raíces
unidas al latir del universo
van también enterrándose conmigo.

Hay algo que está indemne y no sé dónde,
que espero compartir, y no sé cómo
difundir desde el pozo de mí misma.

Yo quiero reescribirme en la esperanza
y ser el instrumento que difunda
la herida de la piedra cuando muera.

Jirones I


El viento se está llevando    
los jirones de mi alma
y la estela de sus humos
no me nublan la mirada.
Las semillas del amor
van sembrando la esperanza
cuando el grito de la carne
sigue alumbrando mis ansias.

El corazón se desboca
hacia tus mares de lava
mientras resurge la hembra
atrapada entre tus algas.
Te imagino entre mis brazos
y en el envés de mi almohada
reinventándote otra vez
con mosaicos de instantáneas.

Necesito un pedacito
de tu vida y esperanza,
que si tus labios se acercan
no me escuecen ni las alas.
Y si me dices te quiero
voy a enseñarte mis mapas
y un corazón que bombea
deshaciéndote la cama.

El viento ya se ha llevado
los jirones de mi alma.
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