Por amr al arte
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Un mar entre tus manos


Vas a poner las manos bien abiertas.
Vas a hacerlo
obediente y feliz,
los ojos bien cerrados,  casi oyendo
un milagro llegar.


Vas a poner las manos como un campo
exento de ansiedad. No me preguntes
y escucha al corazón de quien te escribe.


Las manos extendidas solamente.
Porque yo estoy segura que en su cuenco
puede caber el mar y te lo vuelco.

Piedra



Piedra para el descanso, piedra,
para andar el camino y apoyarte,
para traerte el mar y luego abrirlo
como un verde abanico derramando
perfume alrededor.

Para crecerte, piedra; piedra, piedra,
mujer, para tu casa, las ventanas
de tu honda ternura; para el campo
de tus manos, tus pies, para ese mundo
aún desconocido,
donde cantan los miedos que te  cercan.

Es hermoso ser piedra. Nadie sabe
como  siento tu peso sobre el alma
toda raíz de piedra para alzarte.

Señora del cristal


Tú le quitas soberbia al horizonte
Señora del cristal y de las sales;
vences potente los acantilados
que miran con envidia tu bahía.

Con la palabra a cuestas, como un fardo,
así tu corazón, el nunca enfermo,
penetra en otras sendas, arribada
de quién sabe qué fiel melancolía.

En nupcias con tu alma
el tiempo del otoño se embriaga de tu nombre
alumbrando los rumbos
de aquellos que encontraron en tu gozo
el júbilo que inunda
la cárcava del pecho cuando siente
tu  voz innumerable, tu encontrada
primicia de alegría y voz amante.

Y tu huella en los otros
graba la claridad de tu misterio
que te busca sumiso en la palabra
abriéndose a los puntos cardinales.

Señora del cristal
el acre advenimiento de la niebla
no oculta tus perfiles aunque quiera
tejerte un atavío sin costura.

Carne de cristal


La palabra no dicha siempre queda 
en un misterio en medio de la duda
y por esa razón me vuelvo muda
ante el anhelo que a tu mente enreda.
Mi carne es de cristal, de adobe y greda
azulejada por la negra herida
que me infligió el estoque de la vida
en el plexo solar. Es imposible 
ser el remo de un náufrago invisible
que sueña una quimera consumida.

Sin perspectiva


Con el paso del tiempo se pierde perspectiva
como quien agua en unas redes lleva
las sombras nos abrazan y el azul no se eleva
mientras a tientas vamos con mirada furtiva.
Los ecos del pasado a la deriva
resuenan en los sauces y en la flor de avellano;
los posos de tristeza con filo cirujano
van tiñendo de negro presentes madrugadas.
Las músicas de ayer tornasoladas
hoy no suenan igual. Son un canto lejano.

De miedos y transparencias



Cuánta lluvia en tus ojos, cuánto miedo
en tus manos de tierra.
Cuánto cuenco tan frágil.
Pero el alma
qué fuerte y alta está, qué transparente.

Voy cuidando tu lluvia
como a una porcelana, como a un niño
que se hubiera perdido y encontrado.

De tormentas

Mis labios preconizan la tormenta
que sucede en el fondo de tus ojos
ahítos de atrapar los trampantojos
que te oferta la vida en compraventa.
Mi fuego es para ti la dulce absenta
y la rosa de pólvora en la roca
de tus manos de sal, que te provoca
un íntimo tsunami sin sonido
calmante del dolor de lo vivido.

Toma mi mano, ven. Guardo mi boca.

Dubitativa


¿Quién soy yo? ¿Dónde estoy?
¿Qué se  hizo del día
y los charcos del sol en las aceras?

Todo está terminando antes de hora.
Oigo de qué manera van quebrando los cántaros
tanta sed, tanta sed, tanta pena.
Un poquito de agua
bastaría en mis labios para aclarar la lluvia
que me tiembla en la boca.

¿Cómo voy a poder alzar mi mundo ?

Solamente el desánimo centra todo mi otoño.

Sin palabras




No me es fácil hablar. Nadie me deja
el silencio dispuesto y la palabra.
Me parece que estoy en otra orilla
de mí misma y no llego ni a escucharme.

Y sin embargo quiero contra todo
hablar a media voz, lo necesito,
mientras crece mi sombra y le pregunto
cuando escribe a mi lado, sin respuesta.

Sin palabras me encuentro, desolada,
falta de mi exigencia, de mis dedos,
y mis ojos no atisban el camino.

Elevo mi oración, me pongo en contra
de las miles de voces que entrecruzan

su ruido en mi silencio desgarrado

Gólgota



Como el recuerdo llaga en el estío
y al soplo del dolor, dolor respira,
tu viento abrasador tan sólo aspira
a desecar el cauce de mi río.

En mi boca tu voz y el desvarío
de un delirio dulcísimo que gira
en torno al corazón, vuelta de espira
a una nube quimérica en baldío.

Pasa las hojas pronto el calendario
y vierte en torno aromas de negrura
al soplo germinal de tus amores.

Hojas que dañan con su lumbre impura
y ponen nueva cruz en el calvario:
Gólgota singular de mis errores.

Cascada







La puerta se ha cerrado y comienza a bajar por la escalera. A veces los cauces secos pueden convertirse en cataratas. La escalera es uno de ellos. Un cauce con peldaños en el que ella es la cascada.

Descender es una forma de escalar hacia la libertad. Sin temor ni remordimiento haciéndole guiños a un sol cada vez más implacable.

Evoca los muros de piedra que amurallaron su corazón y se le acelera el pulso como en los tiempos en que las rosas formaron parte del paisaje de su mesa.

Ha olvidado la prisa. Antes, cuando el futuro parecía un largo camino, era como una dictadura: “vas a llegar tarde, apresúrate” Todo se disfrazaba de ella, todo atenazaba. Y el tiempo un ogro dispuesto a devorarlo todo. “No hay que jugar con el tiempo, lo que se debe hacer es dominarlo” le decían.

Ahora es lo que intenta : suprimirlo, borrar de un plumazo lo perdido.

Las decisiones importantes son capaces de vencer las leyes más firmes de la propia naturaleza -se repite-. Y pone un nuevo rumbo a sus latidos.

Tu nombre



Digo tú, digo amor
y estoy diciendo en voz baja tu nombre. 


Deletreo tu cuerpo
cuando pronuncio amor y entre mis muslos
se quema mi ansiedad
y el pozo de mi sed queda vacío.

Digo amor, digo tú,
y dejaría ahora que irrumpieras
hasta este cuerpo herido que he llevado
a horcajadas contigo en la memoria.

Dejaría
que pusieras tus labios en los míos
de pan  hecho en la lumbre
que estalla en resplandor entre mis dientes.

Ámame por lo claro y sin más luces,
que tu nombre y el mío entrelazados
encontrarán la música adecuada.

El pasado no importa 
y el cuchillo
de oscuridad que fuera
trozo a trozo cortando al bies la luz
se tornará estilete entre mi carne
hambreando la tuya.

Ámame interminable y suavemente
mientras los otros nombres
emigran a sus sombras o no existen.

Digo tú  y tu presencia
me quema como un fuego interminable,
el que guardo y que espera junto al frío
que me quema en los labios.

Despedida



En ese instante sólo se te tiznó la voz.


Tu voz, que el viento convertía en hielo,
con la que me surcabas como a la tierra yerma
y me hacías granar espigas rojas.

El tono del silencio
fue la daga brillante con la que aquélla tarde
supiste penetrarme y desangrarme.

Tu ausencia asonantaba
y yo me disolvía en la nada de tu adiós.


Así nos despedimos.

(2002)

Tatuados de ceniza



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