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Qué voy a hacer

Qué voy a hacer
con todo lo que sobra,
las cosas que no me llevaré cuando llegue el momento.
Esta casa que cuido,
el cuadro a petit point sobre la chimenea,
el silencioso piano,
la lámpara art deco del comedor,
con ese espejo antiguo que en el hall os recibe.

Qué voy a hacer
con las cosas que voy reordenando,
los libros que me traje de lugares remotos,
las hojas que reviso cuando miro al futuro,
mi lista de tareas y recuerdos.

Quién me va a recordar si me encuentro tan sola
en esta casa grande rodeada de enseres olvidados.

Quién cuidará mi nombre
quién cuidará del vuestro o regará
la alegría infinita de mis nietos.

Qué voy a hacer
cuando todo termine,
los objetos hermosos sobre el arca,
el aplique que alumbra la noche de los pasos,
la foto de mi boda, mi retrato de niña,
de esa niña tan huérfana que jamás se atrevió
a mendigar un trozo de ilusión y que espera
atrapar con sus manos un instante de paz
sin llegar a encontrarla.

Lugar sin nadie




Ay este lugar sin nadie,
este lugar sin horas 
detenido
en su espejo de sal. Por sus junturas
resbala el sol su lento territorio
hasta el último silo de memoria.

Decidme quién podría
elevarlo de nuevo como un árbol,
como un río de amor que va apagándose.


De qué sirve
la alegría, la luz o el privilegio
del corazón que sube hacia el futuro,
si las manos no pueden alcanzar
aquéllos tiempos, éstos que han pasado
raudos como el amor y alzar la música
en el viento sereno de la tarde.

Cómo resuena
el universo íntimo de pie,
toda la anchura
de los tiempos pretéritos.

Mujer sola
ahora mismo sin horas, 
sin más luces
que una pavesa apenas del recuerdo.

Náufrago en tierra



 ¿Qué tiene dentro la paz de la palabra?
y muchas aguas
diluviaron encima de mis manos
sin dar con la respuesta.

Estoy muy sola
con unos cuantos nombres desnudando mis ojos.
Han huido de mí
dejándome en los dedos un perfume
de armas  y ceniza.

 Yo soy una mujer imposible de atar
que va dejando huellas por la arena,
un perdido perfil en un retrato
que no acierta la luz. 

Y quemé mis pestañas y mis dientes
en las hondas hogueras del ocaso
con la misma pregunta.
 ¿Acaso puedo cambiar de rumbo al mundo? 

Pero muchos maldicen mis palabras
se juntan en las tardes sin peldaños
conjuran al crepúsculo, se miran
buceando en los ojos y si oyen
un momento mi voz levantan árboles
y el mar ponen en pie. Ya no hay orillas
para mí que soy náufrago de tierra.

Ahora al mediodía de mis años
dejo que vengan otros a robarme
lo que yo nunca tuve , que me exilien
a una  tierra jamás pertenecida
y  no sean las sombras
quienes pongan mi grito en cuarentena.

Me he dado tanto
cuanto me fue posible, mas ignoro
si me queda en los huesos algún haz
de luz por entregar. Mientras,  persisto
luchando por un mundo más humano
con toda mi inocencia en carne viva.

Que nadie venga
ahora a apedrearme la mirada
pues me sobra el arrojo
para quebrar sus cántaros de sombra.





Parto del poema



 
Igual que una luna en llamas
que en metáforas se empoza
damos a luz la palabra
con cruces de la memoria.
Abrimos senderos íntimos
que dejan al mar sin olas
y la tinta sangra y sangra
por nuestro parque de sombras.

Pero ocurre algunas veces
que el sol se nos desmorona
y no podemos plasmar
el grito, el llanto, el aroma
del alma que va por libre
sobre el blanco de las hojas
y es cuando miro al reloj
despojado de sus horas
y en el mapa de mis ojos
se reflejan las palomas.

Cuando la música llega
a desaguar en mi boca,
la poesía me llama
con su voz arrulladora.
Entonces me arrugo en mí
igual que una caracola
y en introspección me escribo
y el poema se desborda.

Traedme el mar



Están repicando ocasos
entre mis ojos de lluvia
mientras abril se me ahoga
en los mapas de la angustia.
Quisiera transverberar
este alma que se mustia
en el mar que añoro tanto
y en él descargar mi furia.

Mi corazón es de adobe
naufragado en una zubia
y se deshace en pedazos
entre ansiedades y abulias.

Traedme el mar por favor
-que es parte de mi liturgia-
hasta el hueco de mis manos.

¿Por qué no escucho su música?

Romance de noviembre



Siempre me lanza noviembre
los puñales de sus hielos
y me atraviesan la piel
y se clavan muy adentro
en el corazón que late
con sístoles a destiempo.

Trae un cántaro de luto
con angostura, repleto,
que se derrama silente
por las lunas de mis pechos
y entre el vacío del aire
y el desconchón del silencio
con su voz deja grabados
como un tatuaje negro
los cánticos funerales
que musitan los espejos.

Yo no sé quién habré sido
ni hacia dónde va el revuelo
de la sombra de mis pasos
enlutados de silencio,
sólo sé que entre mis ojos
llevo el alma al descubierto
que huyendo de los otoños
se enamoró del invierno.

Llevo clavos en las manos
-crucificados mis sueños-
mientras la rosa de pólvora
que alguna vez fue mi cuerpo
se deshace en la derrota
de tanto morir por dentro.

Romance de septiembre




Quisiera matar los grises
y el ocre de mi lenguaje
con pinceles de alegría
que guardo entre mi equipaje.
Quisiera mostrar los tilos
del bosque de mi bagaje,
la primavera interior
que soporta mi andamiaje.

Hoy que septiembre azulea
me dicta, oscuro, un mensaje
en las esquinas del alma
y en mi íntimo paisaje.
Hoy que los vientos del sur
han oxidado el anclaje
que guarda mi mente a salvo
después de un amargo estiaje,
en agua me he convertido
y en verdín mi fuselaje.

Mi mente, siempre caótica
hace alarde de coraje
pero el corazón no sabe
de otoños con maquillaje.

Quisiera matar los ocres
de mi nostalgia salvaje.

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