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Otoñecida


No me quieras querer a puñetazos
sino de forma plácida y serena,
yo soy el eslabón de la cadena
que te impide el andar a batacazos.

Recoge de la mar esos pedazos
que hay de mí esparcidos por la arena
y resuélveme el puzzle que gangrena
la pasión de vivir a fogonazos.

Si de luz eres tú, yo soy de sombras
incapaz de querer de tanta herida
como dejó el amor sobre mi piel.

Mas si salvajemente tú me nombras
soy capaz de elevarme, otoñecida,
como una flor de carne en el papel.

_________________

Ardicia


Te sueño con el tiempo repartido
entre la sed y el hambre de la ardicia.
Soy amateur, me falta la pericia
para ganarle al miedo y al olvido.

Acércame  tu cuerpo de bandido
con algún simulacro de caricia;
quiero sentir que el corazón inicia
el más duro combate sostenido.

Prepara mi llegada
con la fiebre dispuesta para el goce
en los pliegues salinos de mi pozo.

Contágiame tu gozo,
porque fingiendo, nadie es más amada
que yo, la Cenicienta, al dar las doce.

Ante los periódicos




Oigo cláxones lejos.
En el parque cercano se oyen pájaros
y  la mañana, mientras, se abre lenta.
Encima de mi mesa los periódicos.
Cada día la duda se hace fuerte
y me pregunta  ¿es esto siempre así?

Busco un poco de calma en las noticias,
en éste mapamundi de los miedos
de la sorpresa fácil y el anuncio
y la desolación se instala en mis arterias.

Si algún día, temprano, a Dios le llegan
inesperadamente los diarios
¿le alcanzará mi duda?

Recién llegada y niña la mañana
sólo estreno conflictos, hambre y guerras
¿Podrá llegarse Dios hasta mi incertidumbre
construirme hoy un día de esperanzas
o sonreír quizás con mis preguntas
al abrir las ventanas del diario?

Estoy sola. Confieso que estoy sola,
Hace un minuto he desayunado y he oído
bajar por la escalera a mi vecino.
Es un tipo moreno
y sus pasos son música que rompen
éste vacío íntimo que llevo. 

Y estoy triste y pienso
y dudo mucho, os juro que lo hago,
junto a los tres periódicos distintos.

Yo sé perfectamente que esta tarde
u otro jueves cualquiera
las tevés y las radios tensarán
el tímido y doliente anochecer
con esta duda en vilo que me muerde.

Las noticias, mi pena, los quioscos,
¿no estremecen a Dios?
¿Tal vez no cruzan
como buques siniestros su mirada?

Se oyen cláxones lejos. Sigo triste
y sin calma, sin pájaros, sin árboles.
Me vuelve la pregunta : ¿ existe la esperanza?

Si no contestas, Dios, es que no existes.


La mirada de Valentín Martín


A mí me parece una bomba de relojería este poema escrito desde la soledad mesurada de un ser humano. Dios y la muerte. O Dios y la vida miserable de tantos de nosotros. No ha habido nadie, ni lo habrá, que no se pregunte por esta incongruencia con vocación de eternidad.

Los jesuitas belgas que dominaban la literatura de los sesenta decían que Dios hablará esta noche, aplazando así siempre su responsabilidad ante el crujir de dientes de un mundo que ya empezaba a desmoronarse. Yo creo que mentían, porque muchos nos hemos pasado media vida esperándole y la otra media en paz con nosotros mismos, cumplida ya la decepción de su eterna ausencia.
Hay catequistas que siguen adorándole y hay viejos decrépitos que hemos aprendido a vivir sin él, aunque la invocación de tu excelente poema nos lo resucite de nuevo.
Isabel: has escrito algo más que un poema, mientras te tomabas el café de la mañana y empezabas a digerir el destino de un día desolado como tantos otros. Dentro de la composición poética –de factura impecable- hay un grito tan humano como necesario. Es el grito de los otros indignados, los que pedimos cuentas, los que no nos conformamos con que Dios cene siempre a la mesa del señor, los que no queremos seguir abrasados por una leyenda, los últimos de la clase, los primeros en el hambre, los heridos por el labio crudo de la estafa.
Verás que así hago mío el poema, que te leo desde dentro y no es un sueño sino la heridora lucidez que nos hermana.
Tres días de ejercicios espirituales no me habrían hecho tanto bien como tú desde el galope de tus versos. Gracias.


La maldición de los bisiestos II



Me pesa el corazón igual que un ancla
me arrastra y me sujeta hacia a lo oscuro
me sangran los oídos  y mis ojos
no tienen la humedad que  necesitan.

Y me pueden las ganas de esconderme
de ese miedo cobarde de escuchar
 palabras que no quiero y que se clavan
como golpes de ortiga por mi pecho.

Me pregunto por qué tanto dolor
si liberé a los cuervos de tus oscuridades
si al río de tu vida lo estuché con mi carne
y te llené los ojos de allegros luminosos…

Y yo que siempre he estado acariciando heridas
restañando palabras
¿por qué no puedo ahora hacerlo con las tuyas
y a la calma llevarte?

Tu calma que alcanzara entre mis brazos
habitación y hondura
de nuevo otro bisiesto la ha deshecho en añicos.

Indago inútilmente en mis mares más íntimos
pobre buzo de mí
y un  grito clama al cielo de mi luna podrida
nuevamente en enero.
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