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Ejerciendo el oficio de sanar



Triste eclipse de luz, umbra inclemente,
hoguera ardida que al relente abrasas,
nocturno en Mi que ante mis ojos pasas
con tu verso alunado, suavemente.

El otoño en mi vida de repente
te renombra ciprés y me traspasas
la íntima tristeza con que arrasas
el hueco que en mi ser no da simiente.

Pronto tu nombre pedirá clemencia
pues la orfandad nacida de tu pecho
no encuentra cauce para tanta ausencia.

Apelmazada sombra, aún hay trecho
para gozar del don de la existencia:
voy a sanar tu corazón maltrecho.

Traedme




No me traigáis baúles ni los barcos
del puerto del Pireo ni tampoco
los bosques de Bolonia y acercadme
como un mundo dorado el universo.

Traedme el mar, un pliego de arboledas
y sostened mis manos cuando llueve
en el fondo del alma, y la memoria
no consigue evadirse de sus anclas.

Sostened en las manos el milagro
donde se mira el sol y decidiros
a prender candelabros en mis ojos.

No me habléis de pasiones si olvidé
el color de la luz. Y perdonad
si no doy tanto amor como recibo.

Re-nacer




Esta vez no me arrasa la tristeza
ni muero poco a poco en cada mata.
Soy la ternura que la mar desata
y una mujer de luz, pura entereza.

Cómo admiro la vida cuando empieza
irrumpiendo en sublime catarata,
lo duro que hay en mí se desbarata
y el alma de alegría se enjaeza.

Otoño está en mi boca y de repente
encuentro lo que tengo merecido
al ver el despertar de mi simiente.

Soy el tronco de un árbol encendido
por la antorcha que lleva mi apellido
y tú la claridad de mi poniente.

Arrebato


Soy la salinidad de la marea
que mueve lo profundo de tu acento,
el feedback necesario, el alimento
que a tu ser, cuando ausente, zarandea.

Mi boca, que a tu lado canturrea,
escribe por impulso de tu aliento;
si a tu lado me hierve el pensamiento
el otoño entre ambos azulea.

Acércame tu mano
no me dejes caer en las rutinas
porque sin ti seré paja sin grano

Porque tú me iluminas
acabo este poema y me revivo.
Ya estás. Ya soy. Te siento. Escribes. Vivo.

Supongo que de mí no quede nada


Supongo que de mí no quede nada
más que alguna ceniza, acaso el viento,
y un inventario de resentimiento
de antiguo vendaval y agua pasada.

La memoria, quizás descabalada,
se recubra de azules un momento
y recuerde tenaz el movimiento
de una mujer que siempre estuvo atada.

Hoy por hoy, sobrevivo sin careta
en un mundo que rompe el entramado
quimérico, irreal, desvanecido.

¿Perdurarán mis huellas de poeta
en la sangre del verbo derramado?
Entera me jugué. Y me he perdido.

Flor de arcilla





He dejado mis surcos abonados
con el fuego interior de mi linaje.
He sabido forjar el andamiaje
de los prodigios que me fueron dados.

Y aunque vientos quemantes y salados
pusieran boca abajo mi paisaje,
con mi pasión, mi fuerza y mi coraje
de mis adentros fueron expulsados.

Sentada en la maleza de las horas
soy caricia en la piel de tus quimeras
y la rama de un árbol prohibido.

He de romper las sombras que atesoras
y sofocar tus voces lastimeras
pues seré soledad… mas nunca olvido.

Abrázame

Préstame el viejo candil de los desvanes solitarios para poder subir la escalera de caracol que lleva a la azotea. Deseo contemplar la flor del agua antes de que llegue la noche de San Juan. Quiero ver despacio el mar y verme a mí misma temblando de emoción.

Abrázame cuando deje la luz tras de mi espalda y el universo se me escape de las manos. Qué es el abrazo, dime, sino un poco de miedo. Palpa cada uno de mis huesos y así podrás reconocerme en otra vida.

Permíteme que te pronuncie y sienta que está toda la tierra venteando.

Nombrarte es como cuando acaban de llover en la selva  tormentas de aguaceros.


No dejes que se quiebre ese misterio.

Tiempo onírico





te sueña el tiempo muerte
parques junta con niños y palomas
y  colores que opacan mis cristales.

Te sueña el agua besos
como escamas de peces inasibles

te sueña el aire aurora

sueña el tiempo tu impávida figura
clavándome los garfios de tu nombre
en las lunas menguantes de mis ojos
frente al cuarzo imposible de tu mente
tan rodeada siempre de tristeza

si acaso yo pudiera
descortezar tu ser de la ceniza
indescifrable y clara como un luto
tal vez oyeras
esta voz de mujer de yedra antigua
incapaz de encontrar algún camino
que te lleve al brocal de la alegría
despojándote
de la gris soledad en que te envuelves

hoy subo a la atalaya en que confluyen
sufrimiento y presagio
y mis manos no pueden
rescatar a  tus ojos del silencio
ni romper la negrura que te cubre

solamente los sueños
me salvan cada día

saciándome la sed de reencontrarte.
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