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Mira que te están mirando


A la mujer que por aquí quiere ser diferente le persigue un redondel de ojos por doquier. Ojos pegadizos y lentos, ojos de animal profundo, ojos eternos. A las diferentes las envuelve el personal con su mirada, esparto que quema, o ascua cuya fiebre moja de sequía irremediable. Los ojos de este lado del mundo fijan en el aire, como alfileres, la diferencia. Como si de un ramalazo se tratase, los tantanes del alma se le suben a la retina y les pegan un calambrazo de órdago en los párpados; mujer no te sueltes la melena de pájaros sobre el roquedal de tu torso de playa inacabable que la ciudad se tambalea, se descorren a la vez todos los visillos, se des-pernian las córneas, se despatarran las cejas. El que muevas un poco el velamen de tu barco es un terremoto. Nos vas a echar a voleo los colores de la cara.

Por aquí está mandado no menear la sorpresa. Al contrario, hay que calarse la anguarina hasta el pensamiento, meterte en casa y atrancar la puerta: que nadie tenga que decir nada ni señalarte con el dedo. Le ven a una hablar con el hijo del boticario y ya le ha puesto los cuernos al frasco del bicarbonato, al estante de las aspirinas y al linimento Sloam. Si resguardándote un poco de la lluvia en los soportales de la Plaza Mayor lees a Miguel Hernández, o a la sombra de una coca cola repasas unas frases de María Zambrano, el redondel de ojos te va cercando como una tarde pegajosa, albardas de tinto y tierra, ojos animales, envidia y pura envidia. La cosa es archisabida: el mal primero está en la mirada.

Escuece como un golpe de ortiga el berbiquí de los ojos en la nuca: te vuelves y tienes todos los ojos encima dañándote la desnudez. Prohibido que se te note demasiado la ternura. Dónde vas tú, mujer, tan marcada a fuego, corneada por la diferencia.

Ojos, ojos, todos los ojos sobre ti. Ojos por los cruces de caminos, por las revueltas de las calles. Desde las torres, ojos. Sobre las veletas, en las azoteas, desde el pupitre del maestro, desde el comedor de casa… Mirada total, cejas como dos tardes largas. Y la mujer sola en el paisaje.

La ciudad llenando las calles, dándose codazos para enterarse del nombre de la hereje. Las miradas observan, con descaro, a la disidente porque molesta. La circunferencia completa del paisaje es una órbita inmensa que apenas pestañea. Te clava en la pared y detiene el horizonte.
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