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Oficio de poeta




Escribir es un acto prometeico y embriagador. La poesía, con mayúsculas, es ese misterio que nos arde en la inmensa soledad de nuestro desierto más profundo.


Habita en las ideas, pero sobrevuela más allá de ellas. Conduce a regiones en las que el hombre se descubre a sí mismo. Es una tierra que se resiste a ser surco baldío. Cuando es poesía-poesía, se nutre y desarrolla en el interior de la persona. Todo lo demás es solo una aproximación balbuciente.

Estrenamos el mundo todas las mañanas, y como la niebla tiene visos de no desaparecer, encendemos cada día nuestras antorchas. Uno se vuelve a mirar atrás, y ve las cosas con una luz y perspectiva completamente nuevas. Un mundo estaba ahí y por fin aflora. Cuánto necesitamos las antorchas, porque siempre que se ilumina bruscamente una palabra casi se empieza a ver la cara del misterio.

En el cuenco de la palabra están torrenciales todas las antiguas lluvias. Quien siente, escarba, se estremece, sufre y lucha por encontrar el pálpito, el latido del alma, el cabo de vela de la palabra, agónica y hasta lujuriosamente, con la vehemente concupiscencia que vivirse pueda, es el poeta. Poetizar es transformar los nombres hasta el sustrato primigenio del ser, desde lo uno hasta lo múltiple. El hombre, esto es lo que debemos buscar en nuestras almas decía Unamuno.

Del verdadero artífice de poesía se ha dicho que su oficio es nombrar las cosas. Dar nombre es engendrar y parir letra a letra el universo que el poeta descubre en torno suyo con los anteojos del alma, y entregar ese hallazgo cotidiano de diamantes o guijarros, vistiendo cada cosa con el traje del poema. Es el destino del auténtico poeta. 

Algún día nos daremos cuenta que lo místico es el futuro del hombre. Si la poesía consiente en dejar de ser celebrativa, ya me diréis qué ocurrirá. Porque probablemente es la única inclinación sobrecogedora que nos queda para adentrarnos en el misterio de ser hombre. No existe tarea más esencialmente humana que la mística. 

La cuestión es no dejarse aturdir. Con unos granitos de poesía nos bastaría para no dejarnos engañar. Los mercaderes de tres al cuarto lo pretenden pero no lo consentiremos.
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