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La maldición de los bisiestos

.


Me pesa el corazón igual que un ancla,
me arrastra y me sujeta hacia a lo oscuro,
me sangran los oídos  y mis ojos
no tienen la humedad que  necesitan.

Y me pueden las ganas de esconderme
de ese miedo cobarde de escuchar
 palabras que no quiero y que se clavan
como golpes de ortiga por mi pecho.

Me pregunto por qué tanto dolor
si liberé a los cuervos de tus oscuridades,
si al río de tu vida lo estuché con mi carne
y te llené los ojos de allegros luminosos…

Y yo que siempre he estado acariciando heridas
restañando palabras
¿por qué no puedo ahora hacerlo con las tuyas
y a la calma llevarte?

Tu calma que alcanzó entre mis brazos
habitación y hondura
de nuevo otro bisiesto la ha deshecho en añicos.

Indago inútilmente en mis mares más íntimos
pobre buzo de mí
y un  grito clama al cielo de mi luna podrida
nuevamente en enero.

El fotógrafo





Solía venir días antes de las fiestas del barrio, cuando las tardes ya se acortan y baja el aire fresco de la sierra de Guadarrama. Montaba sus bártulos a la entrada de la feria: un mural grande en el que se veía el océano azul y unas montañas altas y rojas, muchos sombreros y un caballete de cartón. Todo un poquito teatral.

No me saque usted de alma entera señor fotógrafo. Luego mi mujer en menos de un diostesalvemaría ve lo que soy y lo que no. Se planta uno delante de ese cacharro y nos asusta usted con ese zas como de fuego vivo.

Es muy atrevido que te retraten. ¿Qué andas pensando tú cuando te quejas en el momento en que el fotógrafo esconde la cabeza detrás de esa tela tan rara colgada del trasto ese? ¿Querrá examinarte hasta el pensamiento?

La vida es un retrato: las cosas están puestas donde están y de pronto no se atina a saber lo que son, el meneo de los visillos de las ventanas, los ires y venires de la gente, lo que miras de reojo y lo que no. Después está la cara que pones delante del aparato, cómo y dónde colocas las manos. Te sacan un retrato de alma entera y luego lo revisan los hijos, la mujer, la cuñada, los suegros y hasta el querido de la vecina de enfrente. Venga hombre, retrataos vosotros.

Los vecinos caminan con mucho cuidado por las perspectivas de su paisaje. Saben que pisan la raya del horizonte y de ahí su preocupación por no escurrirse de la superficie de la bola del mundo.

Se lo repito, fotógrafo, sáqueme bien parecido. Después no habrá modo de agarrarme al cristal del horizonte.

Dejas que aprieten delante de ti el botón de la máquina diabólica y aparecen a todo color en el fondo de la cartulina los hombres que besaste en el puente de Segovia. Permitir que te retraten es un peligro: te observan de arriba a abajo los habituales del balcón del fisgoneo.

Lo que más preocupa por estos lugares son los espejos. Porque la tierra es un espejo circular que da vuelta a las cómodas dentro de casa, y fuera, a la luna de los escaparates. Todos cuantos van y vienen se paran para ver el alma y el espejo de los vecinos. Ésta es una galería de personas que son y no son lo que parecen. Sólo tramoya y cristalería: la boticaria, el pintor, el poeta y las antiguas alumnas de las franciscanas de Montpellier.

Así que cuidado con el retratista todos los años de la feria. Aunque no está tan mal eso de hacerse un retrato siempre que salgas igual que eres.

Las lindes

Hay en estas tierras una raya que ni dios se la salta. Él ahí y los demás a este lado, fisgones, en la frialdad y el desamparo del mirar; una raya, dos, siete, incontable cuadrícula la de este lugar. Si te parieron detrás de sus renglones estás ya sujeto a quedarte ahí, o márchate raudo de este lado del mundo. No te muevas siquiera y a callar: por aquí está todo definido y quien se traslade va listo. Nació al otro lado de la línea y ahí debe permanecer per in saecula saeculorum, qué se ha creído. En esta tierra, proa perenne a ningún puerto, mar de pie, el descastarse no tiene perdón .Te apedrearían en silencio, a espaldas del señorito, detrás del culo de la criada y en el parque bajo el frescor de los árboles.

En tierras como esta no ocurren los milagros, o tú, quinceañero de mis párpados, no intentes provocar ninguno que no te reconoce ni tu madre: tú eres lo que tus abuelos pudieron conseguir y no vas ahora a quitarle la cruz en el velatorio a nadie, por guapo que seas, aunque pobre.

Por acá los pobres son solo pobres, prohibido que ganes las oposiciones a veterinario, o tú, jovencita, taconees con toda la música de tu estatura de trigal macizo, niñamor, ahí naciste y ahí te vas a quedar. Entérate bien, la población continúa en sus esquinas.

En lugares como los de aquí todo es propiedad de los de este lado y ni el monaguillo consiente que le trasladen los retablos. Todo te lo consentimos, menos cruzar la linde. Pisar en estos sitios las del vecino no tiene perdón.

Asunto distinto sería que a la raya invisible le apeteciera descorrerse, ocurrió antes, y no molestes tú, coño, que no es lo mismo. Sigue todo igual. No se tambalea el paisaje por eso, las rayas son las rayas.

De ahí que en estas latitudes, tantas vacas tanto vales, que como estés ahora de pomares estarás perdido mañana.

Cuando tiembla el recuerdo





En un rincón del alma me falta tu presencia que el tiempo me robó.
Alberto Cortez



No caben más enseres
más besos ni más mar en estas manos.
El italiano
ya lo ves, mio ragazzo, se me olvida.
La copa en que bebimos era humilde
traída de Madrid hasta el Trastevere.

Mi chico era un médico en Palermo
Vía Maqueda 12
junto a un puesto de helados y sandías.

Nos fuimos
a un concierto de Karajan,
llovía tanto sobre Villa Borghese
que si le doy la vuelta a la memoria
me llega ese tramonto siciliano
de mi chico tan guapo y tan moderno
con pantalones Loys, y en un instante
se adorna mi cabeza con claveles
mi boca con helados,
todo un puesto de flores por los hombros.


No cabe en un poema tanta historia,
tantas ciudades, tantas despedidas.
Me tiemblan los recuerdos del verano
en Orvieto ,en Assisi, l
a lluvia en Monreale,
me voy sintiendo más cansada y añadiendo
más enseres inútiles a esta memoria mía.


Me voy, he de marcharme de nuevo a ningún sitio
pero llevo conmigo tu recuerdo.

Oficio de poeta




Escribir es un acto prometeico y embriagador. La poesía, con mayúsculas, es ese misterio que nos arde en la inmensa soledad de nuestro desierto más profundo.


Habita en las ideas, pero sobrevuela más allá de ellas. Conduce a regiones en las que el hombre se descubre a sí mismo. Es una tierra que se resiste a ser surco baldío. Cuando es poesía-poesía, se nutre y desarrolla en el interior de la persona. Todo lo demás es solo una aproximación balbuciente.

Estrenamos el mundo todas las mañanas, y como la niebla tiene visos de no desaparecer, encendemos cada día nuestras antorchas. Uno se vuelve a mirar atrás, y ve las cosas con una luz y perspectiva completamente nuevas. Un mundo estaba ahí y por fin aflora. Cuánto necesitamos las antorchas, porque siempre que se ilumina bruscamente una palabra casi se empieza a ver la cara del misterio.

En el cuenco de la palabra están torrenciales todas las antiguas lluvias. Quien siente, escarba, se estremece, sufre y lucha por encontrar el pálpito, el latido del alma, el cabo de vela de la palabra, agónica y hasta lujuriosamente, con la vehemente concupiscencia que vivirse pueda, es el poeta. Poetizar es transformar los nombres hasta el sustrato primigenio del ser, desde lo uno hasta lo múltiple. El hombre, esto es lo que debemos buscar en nuestras almas decía Unamuno.

Del verdadero artífice de poesía se ha dicho que su oficio es nombrar las cosas. Dar nombre es engendrar y parir letra a letra el universo que el poeta descubre en torno suyo con los anteojos del alma, y entregar ese hallazgo cotidiano de diamantes o guijarros, vistiendo cada cosa con el traje del poema. Es el destino del auténtico poeta. 

Algún día nos daremos cuenta que lo místico es el futuro del hombre. Si la poesía consiente en dejar de ser celebrativa, ya me diréis qué ocurrirá. Porque probablemente es la única inclinación sobrecogedora que nos queda para adentrarnos en el misterio de ser hombre. No existe tarea más esencialmente humana que la mística. 

La cuestión es no dejarse aturdir. Con unos granitos de poesía nos bastaría para no dejarnos engañar. Los mercaderes de tres al cuarto lo pretenden pero no lo consentiremos.

Mira que te están mirando


A la mujer que por aquí quiere ser diferente le persigue un redondel de ojos por doquier. Ojos pegadizos y lentos, ojos de animal profundo, ojos eternos. A las diferentes las envuelve el personal con su mirada, esparto que quema, o ascua cuya fiebre moja de sequía irremediable. Los ojos de este lado del mundo fijan en el aire, como alfileres, la diferencia. Como si de un ramalazo se tratase, los tantanes del alma se le suben a la retina y les pegan un calambrazo de órdago en los párpados; mujer no te sueltes la melena de pájaros sobre el roquedal de tu torso de playa inacabable que la ciudad se tambalea, se descorren a la vez todos los visillos, se des-pernian las córneas, se despatarran las cejas. El que muevas un poco el velamen de tu barco es un terremoto. Nos vas a echar a voleo los colores de la cara.

Por aquí está mandado no menear la sorpresa. Al contrario, hay que calarse la anguarina hasta el pensamiento, meterte en casa y atrancar la puerta: que nadie tenga que decir nada ni señalarte con el dedo. Le ven a una hablar con el hijo del boticario y ya le ha puesto los cuernos al frasco del bicarbonato, al estante de las aspirinas y al linimento Sloam. Si resguardándote un poco de la lluvia en los soportales de la Plaza Mayor lees a Miguel Hernández, o a la sombra de una coca cola repasas unas frases de María Zambrano, el redondel de ojos te va cercando como una tarde pegajosa, albardas de tinto y tierra, ojos animales, envidia y pura envidia. La cosa es archisabida: el mal primero está en la mirada.

Escuece como un golpe de ortiga el berbiquí de los ojos en la nuca: te vuelves y tienes todos los ojos encima dañándote la desnudez. Prohibido que se te note demasiado la ternura. Dónde vas tú, mujer, tan marcada a fuego, corneada por la diferencia.

Ojos, ojos, todos los ojos sobre ti. Ojos por los cruces de caminos, por las revueltas de las calles. Desde las torres, ojos. Sobre las veletas, en las azoteas, desde el pupitre del maestro, desde el comedor de casa… Mirada total, cejas como dos tardes largas. Y la mujer sola en el paisaje.

La ciudad llenando las calles, dándose codazos para enterarse del nombre de la hereje. Las miradas observan, con descaro, a la disidente porque molesta. La circunferencia completa del paisaje es una órbita inmensa que apenas pestañea. Te clava en la pared y detiene el horizonte.
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