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Eros



Mientras suena el Bolero de Ravel
con su tempo obsesivo y envolvente
se estremece mi carne al presentir
los ritos del placer con que me bebes

La  noche es un truhán que se me acerca
en  tus labios que llegan oferentes :
carne de fuego en luna consonante
quemando dos orillas. Ola y puente.

Recorres los bancales de mi piel
Te pierdes porlas dunas de mi vientre
-mar en llamas mis pechos, luminarias
de un deseo tan súbito que duele-.

En mis caderas cabe tanto mar
y en mi sexo tantísimo poniente
que mecida en la cuna de tu cuerpo
sólo espero la  lluvia en mis badenes.

Y una y otra vez el mismo clima
le da al cielo la vuelta y el sol hierve
al llegar a la cima borrascosa
del clímax y el delirio de la muerte.


Eros



Mientras suena el Bolero de Ravel
con su tempo obsesivo y envolvente
se estremece mi carne al presentir
los ritos del placer con que me bebes

La  noche es un truhán que se me acerca
en  tus labios que llegan oferentes :
carne de fuego en luna consonante
quemando dos orillas. Ola y puente.

Recorres los bancales de mi piel
Te pierdes porlas dunas de mi vientre
-mar en llamas mis pechos, luminarias
de un deseo tan súbito que duele-.

En mis caderas cabe tanto mar
y en mi sexo tantísimo poniente
que mecida en la cuna de tu cuerpo
sólo espero la  lluvia en mis badenes.

Y una y otra vez el mismo clima
le da al cielo la vuelta y el sol hierve
al llegar a la cima borrascosa
del clímax y el delirio de la muerte.


Autorretrato



Hacia qué soledades va viniendo
mi yo mediterráneo 
invadido de sol, tal vez ahora
que cumplo madurez y escepticismo.


Rodeada de tardas cristaleras
no sé si me entristece por el rostro
el mar que se dobló como un pañuelo
de inútil despedida o la paloma.


Ignoro si llamaron una tarde
las olas a mis manos. Fui la niña
que sigo siendo hoy cuando mis ojos
recuerdan que quedé vaciada en piedra.

Contemplo en el espejo de los años
un sonoro horizonte melancólico
detenido de súbito; diría
que tropezó el reloj en el azogue.

Miro hacia atrás, qué efímera y veloz
cruzó la transparencia en la mañana.
Quizás pasó la luz y ya no vuelvan
a anidar en mi lienzo los colores.

Decidme qué hago aquí, feliz al cabo,
detenida en la orilla de mí misma,
desbordando el perfil de la pintura,
aún adolescente la mirada.

No es éste mi retrato, no me encuentro
entera y niña en él tal como fuera
el corazón soñando suavemente
infancia adentro y sola en mis pinceles.

Me voy perdiendo en telas y crepúsculos
hasta el ayer amigo, compañero
de tiempo resbalado por ventanas,
hoy tapia desconchada, cal continua.

Pero mis ojos fuerzan tercamente
el marco, lo dislocan como un hueso
y llaman fuerte, tocan en mi puerta
vencejos a bandadas.

Aquí he de detener lenta la lluvia
dejarla suspendida sobre el aire
en la pura paleta del misterio:

Mujer que nada más está encontrándose.

Pan y manzana




Cuánto dolor hay dormido
en mis íntimos jardines
cuántas penas anidadas
dentro de mis arrecifes
tanto que tan solo puedo
regalarte versos tristes.

Si antiguamente fui roca
hoy solo polvo de sílice
sin poder volar muy lejos
porque me autoimpongo límites
aunque  me crezco a la sombra
de las voces infelices
que claman en sus poemas
por pieles inaccesibles.

Puedo despertar la mente
de los que sueñan añiles
y arreciar las emociones
del corazón y sus sístoles
para mandar al infierno
a soñadores de eclipses
porque entre tus pliegues, hombre,
voy sembrándome en jengibre.

Bajo la luz del crepúsculo
demostramos nuestra estirpe
tú con voz de adormidera
yo con mis ojos de esfinge
aves de paso los dos
lanzando versos misiles
y en nuestros ojos de lluvia
la amargura del almizcle.

Qué claridad, cuánto luto
va creciendo en tus perfiles.
Yo seré manzana y pan
para los versos que escribes.



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