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A ti poeta I



Mira despacio todos tus enseres,
tus libros, tus apuntes,
ese duende que pasa por la página
para escribir un verso o dibujarte
una caricia apenas en el rostro
mientras mides las sílabas o lloras.

Contempla lentamente en soledad
el recuerdo que tienes de aquél árbol,
o cómo se asemejan las palomas
a unos labios que arden. Fíjate
en lo que nunca hiciste y todavía
no harás mientras esperan en suspenso
tus letras; todavía te es posible
enderezar un río.

Abre bien las compuertas
del corazón,  no pongas barricadas
por si la lluvia llega y tú no estás
disfrazado de mago o hechicero.

La vida nunca miente y tú lo sabes,
es más valiosa tu pasión que un bosque.
Detente a contemplar tu folio. Es una tarde
sin estrenar y aquello que te cunda
dará razón de toda la esperanza.

Sin esperanza nunca lograrías
que un beso fuese cierto o que la música
ensanchara el paisaje del verano.
Lo que imaginas tiene consistencia
sólo en verso.  Escribe. No te ocultes.

Sal a la vida y canta lo que quieras,
lo que te dicte ahora el desvarío
de esa locura dulce atormentada
que necesita el ser.

Mira las cosas, vuelve del revés
el diccionario y ponte frente al mundo
a explicar qué te ocurre, mientras tanto.

Frente al ocaso



Van resbalando lentas en la tarde
las cosas. Van perdiéndose a lo lejos
las horas transcurridas. Sólo tienes
apenas un recuerdo, alguna brizna
de música en el alma. Apoyas tu existencia
en las barandas últimas. Repasas
lo que nunca ocurrió. Ahora buscas
en paz tu identidad, qué va quedándote
del beso aquel: el día iba en su lluvia
guareciendo  en los quicios tu tristeza.
Más aguardas
y  tarda más el tiempo en conseguir
se cumplan tus deseos.

 Sólo es cierto el andar en la nostalgia
 remendando el ocaso, construyéndote
otra historia en el aire. Vienes, vas
encontrado y perdido por las calles.
Te paras un momento
a descifrar tu nombre y la rutina
que apenas si te fuese necesaria.

De qué sirve
ordenar tus archivos, revolver
los versos que has escrito y las sonrisas.
Todo, todo,
desciende a dónde. En dónde te has dejado
las llaves de tu casa, el portafolios
de la alegría. Dinos si el poniente
te vale para algo cuando miras
la distancia de antes. Los prodigios
son de después, al cabo del camino
de la melancolía y la ceniza
que rozas con tus dedos. La tarde va a su fin
y vas mucho más ciego todavía
para ver que no existe nada. O todo
le da vuelta a la llave de la luz.

Mas no desistas, sigue. El que se lanza
a la aventura sabe que el que avisa
no es ningún traidor. Si te has entregado
bebe de un trago  el vaso de la tarde y brinda fuerte
por la alegría, ahora que resbalan
lentamente las cosas. Es hermoso
contra toda esperanza
no vacilar jamás frente al ocaso.

A ti, poeta II



La voz nunca es exacta. Inventa, vuela.
Inventa, vuela o alza el pensamiento.
Imagina colores, va por libre,
como el aire que sopla donde quiere
y se cuela en legajos, pergaminos,
diccionarios y apuntes.

Todo va con su música desvistiendo palabras.
Ellas llegan hermosamente apócrifas,
echadas de los púlpitos y aulas, bibliotecas
o antiguas plazas verdes. No se ve
tu voz más que en los versos, le dan ritmo
haciéndola evidente y legendaria.

No te pido, poeta, que te expliques.
Desnúdate ante el folio y nunca dudes.
Besa a la noche en medio de la boca
saliendo al resplandor, agua en el agua,
y al perfil matizado de la luz.

Sigue inventando y miente verdadero.
Derrámate sin cánones, precisa
los contornos espléndidos del orbe
y canta a la costumbre
de que un día a otro día le transmita
esta ansiedad doliente de ser hombre.
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